Por Rubén Pagliotto (*)

 

Después de leer y releer el plan lanzado hace días por Sergio Massa, titulado estridentemente   “Bases para una gran coalición opositora, plural y amplia para poner de pie a la Argentina”, no encontré una sola frase de ocasión siquiera destinada a tratar la forma de combatir el flagelo de la corrupción y la impunidad en nuestro país. Ni tangencialmente aparece esa palabra en ninguna de las páginas de la aludida proclama política.

Es cierto que nadie en su sano juicio podría dejar de coincidir con la mayoría de los postulados consignados en esa suerte de programa lanzado en ocasión del retorno del tigrense al ruedo kirchnerista, por más que trate –como es su costumbre- de edulcorarlo y suavizarlo con recursos lingüísticos y gestos patrióticos de renunciamiento y pacificación nacionales.

Es una realidad incontrastable que este gobierno exhibe día a día el rostro más icónico del fracaso político y de gestión, pero no acuerdo con el hijo pródigo (emulando a aquel que vuelve después de años a la casa de sus padres), que los males de Argentina sean sólo imputables al deficiente gobierno del PRO que lidera, por ahora, Mauricio Macri. Nadie con cierta cuota de probidad política y honestidad intelectual, puede darle la derecha al cada vez más coucheado Sergio Massa, en cargar toda la responsabilidad de los desaciertos, sobre todo económicos y sociales, en el actual gobierno. Me parece que olvida, supinamente claro, los doce del gobierno K que lo precedieron, con todos los lastres y desaguisados que tanto él como Alberto Fernández se han encargado de desparramar, con furia y sin medias tintas, por todas partes. Y lo dicho, mal o bien, dicho está.

Argentina, desde hace ya muchos años viene acumulando, con sentido creciente, frustraciones y desaciertos en medidas de gobierno, por doquier. El último intento serio, genuino y lúcido de acuerdo nacional aconteció en la época en que gobernaba Raúl Ricardo Alfonsíny luego, varios años después, como consecuencia del rotundo fracaso del gobierno de la Alianza –que voté- hubo un intento que quedó inconcluso, durante el corto período en que gobernó –sin ser elegido en comicios a través de los cuales se expresa la voluntad popular-el Dr. Eduardo Duhalde, hasta completar el mandato que dejó inconcluso Fernando “el breve”.-

La verdad sea dicha sin ambages: reconozcamos pues que debe ser faena casi imposible además de  asaz incómoda para Massa integrar una alianza con Cristina Fernández y lanzar desde allí, “urbi et orbi”, invectivas contra corruptos y corrupciones de toda laya, a favor de la transparencia y la decencia republicanas, sin sonrojarse ni sentir en el ardor de las orejas, que se están acordando con mucha ira de su madre, abuela y choznos, millones de ciudadanos de a pie, cansados y hastiados hasta el empalagamiento de que saqueen fondos públicos en sus narices y que muchas de esas corruptelas produzcan muertes evitables, como aconteció en la tragedia ferroviaria de Once.

Como que también resulta difícil y complejo de explicar, desde la coherencia y cierto piso ético, cómo se puede conformar una fórmula con alguien que hasta no hace más de veinte días, representaba en el manejo de la cosa pública, un peligro igual o peor que el que se le asignaría a Drácula si se le encomendase administrar un banco de sangre. Me imagino la sudoración (i.e. sofocación) y la “vergüencita” con ruborización incluida que debe haber pasado en más de un reportaje –en los últimos días- el Dr. Alberto Fernández, como candidato a Presidente de la Nación Argentina por Unidad Ciudadana, elegido y ungido sólo por el consenso unánime y sorpresivo de Cristina y su ego desesperado por sumar referentes a lo que dé lugar.-

Es lamentable, diría casi frustrante, que Argentina siga engrietada y errando el camino a recorrer para llegar a un mejor destino. Es agobiante y de una mediocridad insusceptible de empeorar que se gobierne mirando para atrás y siempre con referencia a lo que hizo o dejó de hacer Cristina y su entorno. Esa “grieta” es la trampa mortal. Superarla es el desafío.

Dirigentes de un lado y del otro de la grieta han caído en la pantanosa medianía de una guerra intelectual de paupérrima factura intelectual y de una rusticidad desopilante, arrastrando en esa corriente vacua y estéril a millones de argentinos, tirándose frases como “la yegua” y “Macri gato”, de una grosería extrema, pero con aspiraciones erráticas de confundir vulgares slogan con categorías históricas.

Soy de los que sostienen que hay que generar -sin perder más tiempo ni producir más desesperanza en la ciudadanía- una alternativa de gobierno real, concreta y válida que supere definitivamente, con sentido estratégico y de largo plazo, la  destructiva y deletérea antinomia Macri – Cristina y viceversa. Uno y otra, en mi criterio y a su modo, fracasaron.

Los resultados del fracaso de ambos se exhiben ostensiblemente con ejemplos concretos en la cotidiana realidad, porque este destino incierto y las perplejidades que a diario enfrentamos los ciudadanos, son el producto de yerros y pillerías de la era K y del actual gobierno del PRO. Y en algún punto, ambos se parecen y por eso mismo, se necesitan, apelando para ello, a una esquizofrénica dinámica de metamorfosis permanente, donde las dos facciones apuestan a la existencia y la confrontación del y con el otro.

Nunca creí en Massa y me distancié del GEN y de Margarita Stolbizer (a quien mucho admiro y respeto) cuando decidieron caminar juntos en una suerte de alianza política; y hoy tengo claro que no me equivoqué. Como que también me di cuenta – asumo el error sin beneficio de inventario, de haberme alejado por años del partido- que los pedacitos de UCR que deambulan por el espacio político bajo la forma de C.C., GEN, Independientes, entre otros, están condenados al fracaso y a no ser más que experiencias testimoniales, cargadas de buenas y sanas intenciones, pero sin posibilidad real alguna de incidir con peso en la agenda pública ni de llegar al poder y gobierno para transformar la realidad.

Por eso volví al radicalismo, partido en el que milité gran parte de mi vida, desde el año 1980 en clandestinidad y al que me afilié en 1983 cuando la dictadura levantó las prohibiciones sobre los partidos políticos, producidas durante la cruenta y genocida dictadura cívico- religioso- militar, instalada en el país desde el 24 de marzo de 1976.

Sostengo con pruebas al canto, que Cambiemos ha sido, en el mejor de los casos, una alianza electoral y no más que eso. Jamás hubo intenciones de que esa alianza se convirtiera luego en una coalición de gobierno, al estilo del Frente Amplio uruguayo o la Concertación en Chile, por dar sólo dos ejemplos de países hermanos.

Es evidente que Cambiemos y fundamentalmente el PRO, no quiso, no supo o no pudo administrar con sentido estratégico, la transición de la crisis, como sí lo hicieron otros países en situaciones similares. Una crisis, claro está, en el más polisémico sentido Gramsciano en “que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”. Para ser más claro aún y siguiendo los lineamientos del pensador italiano, el concepto de crisis define, en efecto, aquello que habitualmente se denomina “período de transición”, es decir un proceso crucial en el cual se manifiestan las contradicciones entre la racionalidad histórico-política dominante y el surgimiento de nuevos sujetos históricos portadores de inéditos comportamientos colectivos.

Transición es todo intervalo temporal que se extiende entre un régimen y otro, es decir, todo el periodo que incluye diversas fases; preparación, instauración e inicios de la consolidación. En este lapso las reglas del juego político no están bien definidas, de ahí los ajustes/acomodos mutuos entre los actores y sus respectivas estrategias. Y todo esto, ni más ni menos, fue lo que se debió enfrentar –como transición- desde una experiencia de gobierno de coalición, en el que se priorizara un proyecto común, sin pretensiones de supremacía dentro de la misma y siendo el proyecto consensuado – en sentido holístico- más importante que las fuerzas que la componen.

Macri lo expuso horas después de jurar como Presidente, que no iba a co-gobernar. Y dijo la verdad, en ese aspecto y tempranamente. Este es un gobierno del PRO, un joven partido, que aún no tiene historia,  de centro derecha y con una propensión natural a llevar a sus filas a antiguos militantes y dirigentes justicialistas, que ha decidido – a diferencia de la UCR- coaligarse e identificarse con la Internacional Liberal y con mayoritaria presencia en lugares clave del gobierno de ejecutivos de compañías nacionales o extranjeras y bancos, sin experiencia política y con una sui géneris concepción de que lo público estatal puede manejarse exactamente igual que una empresa privada y bajo esos mismos valores.

Casi nada en común tiene la UCR con el PRO y en muchos temas sostenemos posturas y concepciones antitéticas. Acaso y apenas, la aspiración de ser República con todo lo que ello implica, sea un valor compartido entre un partido y el otro. No estoy hablando de quién es mejor o peor, para nada. Sólo estoy describiendo rasgos diferenciales objetivos, sin ninguna carga valorativa.

Hoy, en perspectiva, estoy persuadido que se cometió un gravísimo error al desarticular el espacio UNEN, experiencia socialdemócrata que muy ligera y tempranamente se abortó, acaso por problemas de egos y personalismos de sus dirigentes, diferencias menores entre los variopintos espacios políticos que lo integraron y un gran espanto que sobrevino  tiempo después ante la posibilidad de que se perpetuara el kirchnerismo en el poder.

Definitivamente como ya he dicho y reitero ahora, la UCR debe reconstituirse y  ponerse de pie, comenzar a caminar por todo el país, rincón por rincón, visitar a cada correligionario que se fue y replegó en la intimidad de su hogar, agobiado de tantas frustraciones y desmanejos bochornosos de la gran mayoría de sus dirigentes y de esa manera, recuperar las mejores tradiciones y prácticas políticas y sociales, que han sido desde siempre, su sello distintivo, su ADN político e ideológico. Y, desde allí,  volver a reconciliarse con la ciudadanía toda, auspiciando el debate abierto, franco, apasionado y enriquecedor, dándole cabida de verdad y sinceramente a la juventud y bregar porque la UCR vuelva a ser la fragua de ideas y de formación de cuadros políticos, formados para gobernar e insistir nuevamente y como una exigencia insoslayable, con el piso ético que no se puede perforar y con principios fundacionales innegociables, aunque adaptados a los nuevos tiempos, con lucidez, creatividad y audacia innovadoras.

Recuperar las convicciones por sobre las conveniencias en la construcción política y en la lucha por el poder, teniendo siempre como faros referenciales a nuestros grandes próceres, desde Alem hasta Alfonsín, haciéndonos eco a modo de rezo laico de aquella frase que con proverbial lucidez lanzó a la UCR, como consigna para todos los tiempos, el correligionario Moisés Lebensohn: “Doctrina para que nos entiendan y conducta para que nos crean”.

Exaspera hasta el paroxismo la prosternación de la UCR ante el PRO dentro de la Alianza Cambiemos, principalmente de su dirigencia, aunque riguroso es decirlo, toda la base radical como colectivo partidario queda envuelta en esa inercial procrastinación, a la espera, quizás, y ante tamaño grado de confusión y anarquía estratégica generalizadas, que algunos de sus cuadros más lúcidos y responsables, desde una posición de alacridad clara y contundente, quiebre este estado de “sopor” partidario, sacuda conciencias e interpele los espíritus indómitos e iconoclastas de muchos afiliados y muy especialmente de la Juventud Radical, huérfana de ejemplos de sus mayores y abandonada al garete de las turbulencias de la política de vuelo corto y baja intensidad.

En definitiva, mal que nos pese, si bien la experiencia electoral de 2015 y 2017 fue exitosa, la política y de gobierno dentro de Cambiemos ha fracasado rotundamente y su agotamiento ya enciende una luz amarilla de alerta que, más temprano que tarde, nos debe convocar a la necesaria e ineludible reflexión, acerca de cómo seguimos haciendo política y qué hacemos con el partido como institución fundamental y connatural de la república y el estado de derecho.

Hay que destacar otro error enorme que ha jugado negativa y determinantemente en Cambiemos, conspirando contra el éxito del mismo, como es el hecho de haber delegado las estrategias políticas, electorales y  de gobierno en Marcos Peña y Duran Barba, siendo ambos las expresiones más prototípicas de la anti política y que se han empeñado, por formación y convicción opuestas a las nuestras, en mutar la práctica social de la militancia y la  discusión política partidaria por las alquimias de laboratorio y los experimentos humanos a través de los focus group.

Ha sido, sin lugar a dudas, una muestra cabal de debilidad, desesperación electoral y oportunismo político ramplón y berreta, el destemplado y exasperado intento por retener a cualquier precio al impostado y líquido Sergio Massa (tanto o más líquido y maleable que Alberto Fernández), aunque por suerte, muy rápidamente desnudó su auténtica y genuina naturaleza y, en perspectiva histórica, de verdad y esencialmente, nos hizo un favor.

La actitud mendicante, deslucida y mediocre de la dirigencia del PRO y de algunos radicales que se prendieron en el convite al volátil Sergio Massa, por suerte fracasó. Su incorporación, incluso vía colectora al espacio cada vez más raquítico, desorientado y desordenado de Cambiemos, hubiera sido un factor de enorme confusión y hubiese alimentado expectativas falsas que, más temprano que tarde se hubieran diluido, generando aún más desconcierto y frustración en los seguidores de Cambiemos.

Hoy, a poco tiempo de las elecciones a nivel nacional y sufrida ya una  contundente derrota ante el PJ entrerriano, existen dos espacios fuertes y muy polarizados que disputarán la presidencia de la Nación y bancas en sendas cámaras del Congreso y para Diputados del deslucido y simbólico Parlasur. Y ambos grupos o alianzas electorales son, en rigor, un amontonamiento de dirigentes que, en muchos casos, no tienen siquiera algo en común, salvo el de ganar las elecciones o no desaparecer de la faz del universo político tan prontamente.

La UCR, rápidamente, debe salir de esta encerrona tramposa y deslegitimada y  poner todo el énfasis en la necesaria e ineludible reconstrucción partidaria, hacer un gran y profundo acto de introspección desde el que se deberá pensar y definir nuestro destino como partido en función, por sobre todas las cosas, de los superiores intereses de la Nación y de nuestros conciudadanos, responsabilidad histórica e indelegable de nuestro partido, a punto ya de cumplir los 128 años de existencia el día 26 de junio próximo.

Si el radicalismo pudo conducir los destinos de la República después de siete años de la más cruenta dictadura militar, cómo no podrá volver a intentarlo ahora, donde ya no existen más los sectores uniformados acechando a un gobierno civil para usurpar el poder, junto con una Iglesia reaccionaria y un enorme arco de la sociedad civil, acompañando aventuras golpistas.-

Se trata, como indiqué días pasados, de política y no de cargos. Una coalición de gobierno no se forja a través de la distribución matemática de cargos en lugares del gobierno a modo de un “toma y daca”, sino en la discusión y elaboración conjunta de medidas y estrategias de gobierno, sobre un modelo y proyecto de Nación compartido, lo que se llaman políticas de consenso. Y a juzgar por los resultados, la UCR ha sido una convidada de piedra en todas y cada una de las medidas de gobierno adoptadas por la gestión del Presidente Mauricio Macri. La mayoría de las veces, los dirigentes radicales se anoticiaban por los medios de determinadas medidas, como por ejemplo, cuando el gobierno decidió volver al FMI.

La UCR, sin jactancia ni pretensión hegemónica alguna, está definitivamente llamada a ser la fuerza organizadora de una gran coalición política  que aspire a ser gobierno en el futuro, constituida por otras expresiones del pensamiento político, social y sindical de nuestro país que con enorme entrega y en forma sinérgica, se pongan de acuerdo sobre cuatro o cinco ideas fuerza que funjan de ordenadoras y orientadoras de políticas de estado de largo plazo y que sirvan como base de lanzamiento de acciones concretas de cada uno de los sectores del quehacer nacional.

La Unión Cívica Radical debe dejar de hacer seguidismo vergonzante del PRO, deponiendo definitivamente y por dignidad partidaria, esa actitud mendicante,  de sumisión y servilismo patético y denigrante hacia señores que de vez en cuando bajan desde Nación, con la prepotencia de la lapicera y billetera disciplinadoras, a impartir directivas de lo que se debe hacer y quiénes son los elegidos para gobernar o representar a E. Ríos.- Esa es una actitud antifederal y que atenta alevemente contra la autonomía y autodeterminación partidaria.

Debemos asumir, definitivamente y desde el progresismo, un rol protagónico, sin egoísmos ni vocación de supremacía o predominio sobre las otras fuerzas, con apertura, pluralismo, amplitud, tolerancia, respeto, honestidad y decencia cívicas, con un claro objetivo que será el de reconstruir ética, social, económica y culturalmente la República Argentina.-Ni más, ni menos . Y antes de que sea demasiado tarde.

Radicales a las cosas. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo!!!.

 

(*) Rubén Pagliotto es abogado y afiliado a la Unión Cívica Radical (UCR).