Por Ricardo Leguízamo (*)

Hay hechos que deberían ser noticia y sin embargo casi no existen.

Esta es una historia simple y con final feliz, una historia que solo ocurre en las películas yanquis, la diferencia es que la anécdota, aunque parezca un cuento, es real, acontece en Argentina, en el interior profundo, donde todo es más caro y difícil, y en un pueblo con muchas carencias. Como decía Pedro Calderón de la Barca, “toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

En una sociedad con tantas divisiones y proyectos frustrados, que se cumpla un sueño debería ser ¡una gran noticia!

El hecho ocurre en un club de nuestra ciudad, con más de 100 años de historia, el Paraná Rowing Club.

Sabido es que los chicos que juegan al básquet en divisiones inferiores lo hacen por amor a la camiseta, al deporte, por sociabilizar, etc., pero jamás pensando en el dinero que puedan obtener.  Al encarar el tablero, ellos sueñan con hacer una volcada como LeBron James, con meter un tiro desde la mitad de la cancha como Stephen Curry y, lo que es más, gambetear como el eterno Ginobili, pasar como el viento entre gigantes de más de dos metros, para hacer el “euro step”, una singular gambeta que Manu realiza de vez en cuando, dejando en ridículo al más experimentado.

Ellos, nuestros gurises, se juntan a ver los partidos de la NBA, discuten estrategias, movimientos y tiros, que después imitan, corrigen o mejoran en la cancha. Cada jugada y festejo de esas estrellas pertenecen a una constelación muy lejana, que habita a miles y miles de kilómetros de nuestro pueblo.

Todo comenzó hace un año y medio como un sueño. Un padre que ve a su hijo y a sus amigos de 15 años frente al televisor, hablando con pasión de la NBA y el juego de las estrellas. Ese padre, que por pudor no quiere ni ser nombrado, tuvo una ocurrencia por demás impertinente, intentar el sueño, ir con la U15 y la U17 del Paraná Rowing Club, a ver a esos gigantes del básquet, pero… ¡en vivo y en directo!

Ni él estaba convencido de semejante locura y fue testeando de a poco padre por padre hasta plantearlo a todos ellos.

¿Cómo conseguir el dinero para que veintiún jugadores adolescentes, más algunos tutores viajen a la meca del básquet mundial? Estamos hablando de padres de clase media, para quienes ya es un sacrificio pagar la cuota del club, vestir a sus hijos de basquetbolistas y acompañarlos cada fin de semana.

El sueño se presentaba como imposible y el sacrificio… ¡enorme!

Parecía ridículo que, vendiendo empanadas, alfajorcitos de maicena, pastas, helados, juntando toneladas de cartones y haciendo rifas con premios insólitos, se pudieran juntar los dólares necesarios para que viajen dos equipos de básquet completos, a ver in situ, la magia que solo podemos ver por televisión.

Creo que es importante aclarar que el sueño les quedaba muy lejos, a más de 9.000 Km de distancia y con un dólar que no deja de subir. También es importante decir que nunca hasta aquí ningún equipo de básquet del club había intentado ese sueño y que muchos de esos gurises que querían volar hacia las estrellas, jamás habían subido a un avión.

El 5 de febrero de 2018 a las 06:30hs., en el vuelo 964 de Avianca, parten rumbo a los E.E.U.U. un puñado de chicos del básquet que, junto a sus padres, hicieron posible esta locura.

No recibieron subsidio alguno, ni plata del Estado, ni del club.

Ellos van por su propio y exclusivo esfuerzo, por el sacrificio de madres y abuelas cocinando, de padres juntando cartones en sus vehículos para vender a la papelera, de tíos y tías comprando pastelitos y alfajores de maicena sin mucho dulce de leche, ellos van por hermanos que wasapean frases como: “¡el sábado sorteamos canasta navideña con Coca y Fernet, pro viaje a las estrellas”.

Escribo estas líneas convencido que hay hechos que deberían ser noticia. No me refiero al viaje en sí mismo, sino al esfuerzo, al orgullo que sienten los pibes y familiares de lo que han logrado.

¡Están ansiosos, felices, ilusionados!

Escucho que uno se ríe diciéndole a otro por celular: “¡el 6 de febrero no me llames, estoy ocupado viendo Orlando Magic vs. Cleveland Cavaliers!” “¡Sí sí, ahí juega LeBron James!” “¡Y el 10 estoy viendo a los Milwaukee Bucks” “¡Sí, sí!!… ya tenemos los tickets para ver partidos de la NBA y, además, logramos jugar unos partidos amistosos en el IMG Academy- Basketball Program de Florida” …

No les importa si en los encuentros con las universidades, les llenan la canasta de triples, ellos lograron la utopía y aunque no quieran, merecen ser nombrados:

BARIDON BARBAGELATA, Eliseo

BERNABE PEREZ, Julián

BONETTI, Octavio Miguel

CASTIGLIONIS, Patricio

COMAS, Pablo Lucas

GIRAUDO, Manuel

LENCINA, Nicolás

LONDERO MALNA, Lautaro Alexis

MONTES, Felipe

MORAHAN, Francisco Hernán Miguel

REULA, Bautista

SAN MARTIN, Franco

SAN MARTIN, Ramiro

SARNO, Lucca Sebastián

SOLARI, Fermín Manuel

SOLARI, Francisco Rodolfo

STAMATTI, Nicolás

STOPPELLO, Ignacio Jorge

VARELA VILLALBA, Lautaro Ezequiel

VARRONE, Tomás

VIGNOLO, Leandro Agustín

 

Ojalá los protagonistas de esta historia comprendan la verdadera dimensión del hecho, y sirva de ejemplo para que motorice a los padres y pibes que están en el semillero del básquet y todos los demás deportes.

Escribo estas líneas porque los diarios no hablan de ellos y me pidieron que los ayude a escribir un especial agradecimiento a cada familia que hizo realidad la fantasía, a los amigos del club, del básquet, a la gente de “Haimovich” y “La Bianca” por haberlos ayudado, a todos los que, en mayor o menor medida, los empujaron a volar hacia las estrellas.

Estos pibes nos han demostrado que lo sueños son posibles, solo hace falta encontrarnos… y esto, debería ser noticia.

¡Estamos orgullosos de ustedes! Buen viaje y manden selfies.

 

(*) el autor es actor, humorista, músico y director.