Hace unos pocos días, antes de que finalice la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires, Infobae publicó una nota que se detenía en un aspecto que muchas veces pasa de largo en el extenso territorio editorial: las tapas.

El planteo devenía, claro, de un recorrido curioso por las propuestas  en ese sentido. Lo más destacado. Lo que desde su portada expresa una idea, un concepto, una determinada sensibilidad para presentar la obra. En ese paseo, la cronista tomó nota de las publicaciones de la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos e inscribió la colección “En el país del sauce” entre sus pepitas de oro. La histórica feria de Buenos Aires, tal vez está de más decirlo, contienen gran parte del universo editorial. Casi que podría emular a un mundial. Bueno, en ese mundial, Eduner(Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos) y Manuel Siri clasificaron a las finales, sin gritar.

Ahí va el mérito extra: los libros de la Eduner no chillan en su portada. No están a los codazos de colores para que el público los vea, pero el público los ve por imposición de la elegancia y el detalle. Tiene, lo que a veces se escucha por ahí como un halago extemporáneo: garbo.

Manuel Siri es culpable de eso, junto, por supuesto, al equipo editorial del sello de UNER. Pero quien se hace cargo del diseño es él.

Hace un par de años atrás, en una Feria del Libro de Paraná, uno de los principales responsables de Eduner, Gustavo Martínez, si uno se quedaba más de tres minutos en el stand del sello, intentaba hacer ver, si es que uno no se había percatado, el nivel de detalle y prestancia de sus tapas. Señalaba, recuerdo, una de reciente aparición: “El junto y la corriente” de Juan L. Ortiz. En la portada se dibuja una letra i, en una combinación de contrastes entre la luna y el río, con un nivel de delicadeza que sí o sí detiene la mirada. Es una obra que antecede la gran obra del poeta. A los costados de la franja de río iluminado, unas pequeñas olitas plateadas fulguran en la oscuridad de la noche que ni siquiera necesita del negro ni del azul para ser noche. Eso es obra de Manuel.

Manuel Siri tiene 39 años y es de Villaguay. Vino a estudiar Comunicación Social a Paraná en el año 97. Vivía en un dúplex interno y helado, en un pasaje silencioso que desemboca en calle Ramírez. En esa casa ya se podía observar una sensibilidad particular por ordenar esto y aquello, por no poner nada de más e inventar un espacio con destellos de calidez que no buscaba disimular la austeridad, sino alumbrarla.

La crisis de 2001 lo devolvió a su ciudad. Se dedicó un tiempo a la artesanía, trabajó en un banco, atendió un quiosco familiar. Un plan de sobrevivencia parecido a otros y a la vez singular como cada uno, en medio de un desconcierto unánime, multiplicado por una razón generacional: a los 20 años la incertidumbre viene con el desayuno.

Cuando escampó un poco el cielo, Manuel volvió a la zona, en este caso junto a su hermana menor que venía a Santa Fe a estudiar diseño gráfico. Tenía pendiente pasantía y tesis de su carrera de grado y arrancó por lo primero. En el área de diseño editorial de la Facultad de Trabajo Social encontró el sentido. Una flecha.

“Me cae la ficha de que me gustaba el diseño editorial. Me metí a explorar bien qué era eso. Había una revista además en la facultad y empecé a trabajar en el diseño de esa revista”.

También tomó la ocasión de añadir a su especialización de Redacción en Comunicación otra más a fin a su fascinación nueva  y estudió gráfica. Al poco tiempo fue ayudante alumno, aunque la docencia no le resultó un camino. Ya tenía una dirección elegida.

“Empecé a zambullirme en el mundo editorial. A estudiar y aprender. Es un área muy compleja, súper refinada en algunos lugares y tenés que dedicarle tiempo para dominar bien las herramientas”, dice Manuel. Y dice también que “empecé a mezclar la comunicación y lo artesanal, esa combinación al final te ofrece un objeto que de alguna forma creaste vos”.

Habla del libro como objeto Manuel, pero no como mero objeto sino como el cuerpo de una obra que a la vez es parte del asunto creativo, aunque los universos de los que creadores solo se toquen a través de la admiración y la sensibilidad de modo unilateral. Manuel nació décadas después de la muerte de Amaro Villanueva, pero absorbió el sentido. Lo que Stephan King diría telepatía.

Al poco tiempo empezó a trabajar en Eduner.

“Acá no hay compartimentos estancos, participamos todos en el procesos, aunque cada uno tenga una especificidad. Entonces yo llego a hacer la tapa de un texto con un conocimiento del material. Estás tan sumergido en el tema, que es más fácil entenderle el clima a la obra”.

Eso se revela en cada tapa que hace Siri. Se mencionaba la i de la luna y el río, pero en cada una de las portadas de una las colecciones estrella de la editorial “En el país del sauce”, hay un detalle que ilumina la totalidad. No es un grito. Es un susurro, nada meloso. Tal vez la palabra justa, que en este caso no es palabra sino dibujo digital.

La primera tapa de Manuel es “Viaje a Misiones” de Eduardo Holmberg. Buscaban una identidad. La propuesta debía ser, como la famosa librería de Buenos Aires, clásica y moderna.

“La forma de armar eso fue, por un lado, la disposición de los elementos en tapa, con ciertos ejes. Lo contemporáneo sería cómo se ilustra, lo que se suma a esa tapa. Le encontramos esa vuelta. Entonces me puse a ilustrar,  gustó y en adelante ilustré todas las tapas”, simplifica.

En la primera experiencia fue el detalle del ciempiés; después vino un gallo con un sol de fondo en la obra poética de Daniel Elías; la i de río y luna con Juanele; una persiana entornada, que puede ser también una pantalla de cine con interferencias, en el libro del cineasta Beceyro. Así, tantas otras.

La cocina de la ilustración, Manuel se la llevó a su casa. Para bocetar primero y dibujar en digital después. Eso, que parece práctico y sencillo, no lo es en absoluto, menos aún con una mirada por encima de la mano que trabaja y aún de la mente que imagina, observando, en comparación, el proyecto y el resultado, con ese matiz de la obsesión por los detalles.

“Me gustan los dibujos sintéticos. Lo más minimalista, ahí está lo contemporáneo en ese diseño de tapa. Me gusta cómo se puede expresar esa idea con la menor cantidad de información posible”, describe.

Eduner, en su faceta literaria, tiene otras colecciones: “Tierra de letras” –dedicada a obras completas de autores entrerrianos-, “Cuadernos de la orilla” –con trabajos más breves- y ahora se suma “Aura”, especialmente para contemporáneos.

Manuel diseña tapa y maqueta el interior de esos libros. Pero también ha incursionado en otros territorios, en proyectos que lo buscan para lograr una ganancia desde la tapa, sin gritar, pero con alguna sensación ajustada que invite a entrar a la obra.

“El diseño editorial es tan específico y es una rama que no hace mucha gente acá. Me llegaban demandas para hacer libros y  me formé haciendo libros. Sigo aprendiendo y estudiando, porque en cada aspecto en que te metés a investigar es un mundo súper complejo”.

En ese mundo está Manuel, en la creación de algo que antes no existía. La invención de un cuerpo donde quepa, sin traumas y holgadamente, el alma de una historia. Vaya tarea para un diseñador, que además se lleva a casa la imagen que pueda dar luz al cartel de la entrada. Y hacerlo sin hacer gestos ampulosos, ni hilos a la vista, sino en profunda sintonía con el paisaje interior. En eso, decía, está Manuel Siri.

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora