Primero fue un mensaje de audio de whatsapp.

“Ahora nos estamos animando a sacar todo lo que teníamos adentro”, dijo.

Manuel Piemontesi habla ahora con la certeza de que contar el horror es una forma de exorcizar el horror.

Es docente, tiene esposa, hijas, y una historia durísima que le sucedió en la casa de Dios, con un hombre de Dios.

Manuel Piemontesi fue testigo en el juicio al cura Marcelino Ricardo Moya y no fue sino hasta que declaró en los Tribunales de Concepción del Uruguay, una semana atrás, que pudo contarle a su esposa qué fue lo que vivió aquel día en la habitación de la casa parroquial de Santa Rosa de Lima, en Villaguay.

Manuel era un puber agobiado por una situación familiar que lo angustiaba y había encontrado contención en la Iglesia, junto al cura Moya, que llegó como vicario a Villaguay en 1992 y allá se quedó hasta 1997.

-Éramos un grupo muy allegado al cura. Arrancamos como alumnos de catecismo de él, y en la iglesia formamos parte de Acción Católica. Un grupo más chico éramos los monaguillos, que lo acompañábamos en las misas, lo ayudábamos en su programa radio, organizábamos los partidos de fútbol. Nosotros éramos muy amigos del cura. Éramos prácticamente la mano derecha. Teníamos acceso a la pieza del cura.

Un día, Moya lo invitó a charlar a solas en la pieza de la casa parroquial. Lo sentó junto a él en la cama. Charlaron. Manuel habló de lo que ocurría en su casa -padres con problemas de alcoholismo que estaban en un proceso de recuperación-, Moya lo escuchaba y fingía  contención. Lo abrazó, lo rozó con su mano, le tocó la pierna y avanzó buscando su sexo.

Manuel supo que la situación era incómoda, invasiva, oprobiosa. Que nada de todo eso estaba bien. Pero entonces -no lo sabía- no pensó que todo eso que ocurría en la pieza del cura podría llamarse abuso: corrupción d menores.

Un día, después de un accidente, se reencuentra con un compañero de la secundaria en el Colegio La Inmaculada, Silvio Sosa, convertido su excompañero de colegio en kinesiólogo. Manuel había sufrido un accidente y necesitaba terapia de rehabilitación. Fue con Silvio. Charlaron, recordaron los días junto a Moya, se contaron las vivencias de cada uno: hablaron de cómo el cura había pasado de la amistad al intento de abuso.

-Ahí uno  empieza a tomar dimensión de lo que fue, de lo que vivimos en esa época. Éramos chicos de 13, 13, 14 años. Un día, hablando con Silvio, Silvio me contó, y yo le conté lo que me había pasado. Cuando sucedió conmigo, me sentí incómodo, no lo aparté como hizo Ernesto (Frutos). Pero me sentí incómodo con la situación. A partir de ese momento, me sentí incómodo, a tal punto que yo me empecé a alejar de la iglesia, y al final dejé de ir.

-¿Supiste enseguida que era una situación de abuso?

-Yo, desde el primer momento que me sucedió lo que me sucedió, sabía que era algo que no estaba bien. Yo venía con muchos problemas en casa, y me refugié en la iglesia, en el cura. Llegó un día: voy a la habitación con él. Pasó de la charla a otra cosa. Empezó a decirme cosas, y en ese momento de debilidad, de sensibilidad, no sé cómo se dio, pasó a las caricias, y a mí me incomodó. Estábamos sentados en la cama. Quedé helado. No tuve la reacción de Ernesto. No llegó a tocarme los genitales. Me tocó bien arriba de la pierna. Y me dí cuenta que algo no estaba bien.

No contó nada. Ni a propios ni a ajenos.

-Tengo que ser sincero: cuando me pasó esto y todo lo que me pasó, no lo conté a nadie. Lo tenía guardado para mí. Consideraba que lo tenía superado, hasta que uno se da cuenta que le empieza a afectar de otra manera. Cuando se despertó esto, cuando lo hablé con Silvio, y Silvio me contó lo de él, a mí me dio coraje. Y cuando hablé con Pablo (Huck), más aún. Pablo me dio ánimo. Ahí me di cuenta que no era yo el que estaba equivocado, no fui yo el que hice las cosas mal.  Y eso fue un alivio.

 

 

 

 

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.