Estaciono el auto en calle Buenos Aires, dejo las balizas encendidas y estoy por bajar para cruzar la calle y en cinco o a lo sumo siete minutos resolver el pago de la cuota de la Biblioteca Popular. Hay por lo menos cinco coches más detenidos por Buenos Aires así que estimo que, con un poco de viento a favor, no va a suceder que justo en el momento que estiro la plata y firmo el recibo se apersone un inspector o, peor, la mismísima grúa, a poner orden a la incorrección que integro en fila en este momento aunque solo por cinco minutos.

Al mismo tiempo que pienso más o menos así las cosas, escucho una entrevista en la radio que me interesa. Entonces no me decido a bajar. Tengo la puerta abierta, un pie ya apoyado sobre el asfalto, pero estoy como suspendido entre mis dos propósitos: ir a pagar la cuota de la Biblioteca y escuchar la entrevista de la radio. En ese instante de irresolución veo que dos chicas entran al edificio histórico. Lo que me llama la atención es una distinción pueblerina en mi mirada que podría ser, creo, compartida por un gran número de paranaenses. Quiero decir, me doy cuenta de inmediato que las dos chicas que suben las escalinatas de mármol no son de Paraná. No son, podría arriesgar, de Entre Ríos. Es una cuestión de look que no viene al caso explicar ahora. Lo cierto es que frente a una tercera escisión en mi conciencia, finalmente decido ordenarme y si bien no cierro la puerta del auto, me entrego a la escucha de la entrevista. Eso hago. Sin embargo, ante una pregunta tonta del periodista -¿tonta o desubicada?; creo que tonta más que nada- siento esa incomodidad que se podría comparar a una ligera descarga eléctrica ya no pensada a modo de un artefacto que te da corriente, sino a esa electricidad que genera el propio cuerpo ante, por ejemplo, una sensación de vergüenza. Por qué avergüenza lo que pregunta otro.

Al final apago la radio y estaciono en la playa que está ahí nomás a media cuadra. No vaya a ser… Adentro de la Biblioteca hace frío. Pienso eso: qué frío hace adentro de la Biblioteca, pero al mismo tiempo ya me voy imaginando parado al borde de las mesas de novedades y curioseando los libros nuevos. Porque sé que hace poco, en al Feria del Libro, la Biblioteca compró unos 1.500 ejemplares. Eso es mucha literatura. Así que, pienso, debe haber un montón de cosas para ver. Con esa anticipación de cierto regocijo por decirlo así, me olvido del frío, hasta que vislumbro a través de la cancel, que da a la sala de lectura, otra novedad: cambiaron de lugar las mesas, que antes estaban perpendicular a la puerta de entrada y ahora se ven en paralelo. Qué ganas de cambiar los muebles de lugar ¿no? Muebles viejos, pesados. Cuánta energía hace falta para eso. Algo así se me cruza por la cabeza, sin ninguna interpretación ni juicio sobre si es bueno o no el cambio de muebles, pero todo en menos de dos segundos. Estoy por abrir la puerta cuando por mi flanco derecho escucho algo y observo hacia la escalera de servicio que conduce al segundo piso del edificio, donde se pueden encontrar, primero, los camarines y luego la parte secreta del escenario del auditorio inhabilitado hace ocho años por derrumbes de mampostería, filtraciones varias y otras tantas etcéteras.

Canoso de cabello y canoso de barba, con una de esas camperas de moda desde hace un par de años que en nuestra niñez hubiésemos llamado inflables, pero ahora no se llaman así, lo veo. Este señor se parece, sí, se recontra parece, más que eso, es, se ve que es, sí sí.

-Cómo le va señor Mir-, digo ceremonioso, no sé a cuento de qué y le extiendo la mano. Mir saluda afable. Detrás de él viene Belén Perezlindo, de la Biblioteca, y las dos chicas que vi entrar hace un rato y que efectivamente no son de Paraná. Entramos a la sala de lectura. Me doy cuenta en pocos instantes de dos cosas luego de preguntar, de modo muy pueblerino, incluso distinguiendo una tonada entrerriana que habitualmente no funciona en mí, creo “¿Y qué anda haciendo por acá?”

-De paseó, dice Mir y observa en redondo la sala de lectura. Belén Perezlindo me presenta, dice mi nombre y remarca “periodista”.

De lo que me doy cuenta, decía, es de dos cosas: 1) el tipo no quiere que le rompan mucho las pelotas (o será que yo pienso que le estoy rompiendo las pelotas); 2) que no tengo batería suficiente en el celular para sacar foto. Este segundo pensamiento, particularmente, me distrae porque me crece un enojo –imperceptible al exterior y quejoso hacia dentro- contra mi persona.

Trato de avanzar sin molestar. “¿Qué le pareció lo que vio arriba?”

-Increíble- dice Mir, que sigue mirando en redondo e incluso creo que saca una foto. Yo me doy vuelta para pedir a las voluntarias de la biblioteca que por favor, tengan a bien, sacarle una foto y en eso escucho que Mir le dice a Perezlindo “¿y la conocen a Maju?”. “Claro”, dice Belén, estirando la “a”, y se ríe. Todo el tiempo se ríe, emocionada por la visita. Encuentro en eso un tema de conversación. “Ahh, tiene que ir acá al negocio de la madre de Maju –como si conociera a Maju de la vida-, es Botolín, y está acá nomás”.

Mir se interesa en eso. “Ah, qué bueno, decime cómo llego”. Le explico que tiene que hacer dos cuadras y doblar a la izquierda. Mir entonces agradece sonriendo, creo que saca una foto más y se retira en silencio, con sus hijas.

Se me ocurre esta frase: la noticia me persigue. Se me ocurre además que a veces tengo cierta habilidad para dejar que pase de largo también. Las chicas de la Biblioteca sí le sacaron fotos. Perfecto. Mir les contó que estaba de paseo, que seguía de viaje para Corrientes. Me cuentan, también, que cuando subió al auditorio se vio impresionado en serio, que sacó fotos hasta en los baños pintados con motivos y diseños formidables, hermosos. Me pasan la foto por whatsapp y me quedó pensando si no tendría que haber aprovechado ese momento: “Lo acompaño a Botolín si le parece, Mir”. Y ahí, de camino, zaz, charla para nota y la mañana salvada. Ya es tarde para eso, pero bueno, recibo la foto por whatsapp y está bien. Le escribo a un amigo: recién me lo encontré a la Lalo Mir en la Biblioteca. Me parece un título curioso. Pienso que yo leería una nota de un medio local que se titulara así: “Me encontré con Lalo Mir en la Biblioteca”.

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora