Natalia hace pan. En realidad hace panes. Dulces, de semillas y también de queso y cebolla.  Y algunos de otros sabores más en ocasiones especiales y fiestas de guardar. Uno puede retirar el pan en su domicilio de origen, por calle Liniers, pasando el gomero enorme después de Prefectura, en la entrada donde también vive Carlos Asiaín. Por ahí.

Es una zona con notas singulares, por la vecindad con el puerto y los galpones herrumbrados, como una piecita del fondo que la ciudad tiene allí, desordenada de pasado y sin acomodar, ni resolver. Pero de frente al río que pasa. ¡Y cómo se ve el Puerto desde el río!

También están los vecinos, los que vivieron en otra época de Paraná y todavía andan, viven y se sienten parte de ese lugar. Deudos de una historia que se fue entre puntos suspensivos.

Por ahí. Entre la belleza de las cosas indefinidas y también rotas, como lastimadas, frente a la presencia del río que pasa, por ahí hace el pan Natalia. Es un pan que los clientes buscan miércoles y sábados, como una atención especial para la picada o un sabor delicado para el mate de la tarde.

Natalia amasa, hornea y prepara todos los detalles que lleva su pan. Hace poco descubrió -o bien cosió algunas de las historias de tantas direcciones internas- que el deleite de hundir las manos en la masa y pensar en lo que pasa, proviene de las abuelas.

“Una de mis abuelas era armenia y se ponía a amasar a cualquier hora. Era de madrugada y estaba amasando. Y mi otra abuela trabajó cocinando toda la vida, era jefa de cocina en hoteles. Me vengo a dar cuenta ahora que tiene mucho que ver. Que este es el sentido”, dice Natalia, en el patio de su casa, a menos de media cuadra del puerto.

Hay otras herencias que siguen su curso poderoso en ella y a través de ella. Y más allá de Natalia también. Ella canta y toca el tambor, saca fotos y escribe. Sobre todo escribe. Desde siempre. No hay libros publicados porque no decidió aún que exista ese apuro a imprimir, pero si, entre muchos cuadernos repletos, brilla un hermoso testimonio hecho canción, nada menos que por Carlos Aguirre. Es una zamba que ganó un premio alguna vez y que en su origen tenía melodía pero no letra hasta que Natalia la escribió. Se llama “Estampa de río crecido” y está en el disco Rojo del Carlos Aguirre Grupo.

Justamente, a través del Negro Aguirre llegó a Paraná, a este lugar que para ella entonces contenía “otro tiempo”. Un tiempo pausado y amable. Un tiempo creativo y leve. Es que Natalia vivía en Buenos Aires y estudiaba canto con la reconocida Silvia Iriondo, cuando Silvia Iriondo tocaba seguido con Carlos Aguirre.

Natalia había estudiado guitarra y también danza durante unos ocho años. Ella venía en realidad de Mar del Plata, el origen de su papá, trompetista de jazz y dueño de un negocio en pleno centro, a dos cuadras de la Bristol, donde vendía  sifones Drago, matafuegos y un plus de basar que ayudaba mucho en temporada alta.

A los 12 años se fue con su mamá y su hermano a Buenos Aires, para volver a Mar del Plata apenas en los veranos a buscar en bandadas de pibes las playas más alejadas, por los acantilados, pero también a ayudar en el negocio y sentarse en una mesa de algún bar, a la noche, a ver tocar a su papá con la Mar del Plata Jazz Ensamble.

De su madre podía venir la idea de buscar sentido en la palabra. Horas en una biblioteca popular, entre los libros, mirando y leyendo, mientras su mamá hacía lo suyo, brindaba lo suyo y también daba a conocer lo que había escrito.

Buenos Aires le había resultado algo complicado, pero en ese tiempo de Paraná que ella nombra, rozando los 90´, encontró algo que la hizo quedarse. Algo como los compañeros de música, como la facilidad de andar y compartir la sombra, el camino y también el canto.

Trabajó en una agencia de publicidad, se inscribió para estudiar letras, pero al poco tiempo comenzó como correctora en el diario Hora Cero. Aprendió el oficio entre una veintena de periodistas de su edad, que apenas pasaban los 20 y vivían la redacción como un viaje perfecto, entre la fascinación y el desconcierto.

Se quedó con la música y participó de proyectos aquí y allá: con Carlos Aguirre, Gary Di Pietro, Luceraboy, la Yaguarona y, desde hace ya diez años, con Samba Na Esquina. Es una de las cantantes del grupo que comenzó a reunirse para las fiestas de fin de año a tocar, entre amigos, repertorios eternos de música brasileña y que en su última función de primero de año reunió a más de 3000 personas.

Natalia hace pan y también, a veces, producción de espectáculos. Y escribe. La idea es poder vivir de lo que amasa. La escritura es otra cosa, un flujo vital, algo que sucede con la naturalidad de la respiración, aunque a veces se corte y recomience. Tiene un hijo mayor que canta en una banda y uno pequeño que va a segundo grado. Milton y Silvestre.

“Hay momentos en que se va gestando algo pero no sale, ese vinculo se va gestando, por ahí sale, por ahí queda adentro, está ahí, sabiendo que en algún momento va a aparecer la palabra. Pero no desespero, siento que está ahí. Ahora me ha dado por sacar fotos, me gusta sacar fotos en mi jardín que es un lugar que me encanta. Encontré una ramificación de la poesía en la imagen de lo pequeño, al ras de la tierra, ahí veo bichos y flores. Eso me gusta tomar. Hay épocas más profusas y otras no tanto, pero está ahí, la poesía está ahí”.

La hora de amasar tiene eso necesidad de energía y de paciencia. Y la posibilidad de estar y pensar con las manos también.

Y del pan puede venir la poesía, del pan puede nacer la poesía.

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora