Google Street View me permite ver desde el monitor de la computadora cómo está ahora la escuela en la que cursé primer grado. Es un edificio desangelado, que balconea al sector más pobre de la ciudad: allá atrás están el Volcadero, los anegadizos y un puñado de barrios, Mosconi, San Martín, Antártida Argentina.

Cuando yo me senté en un banco de primer grado y la señorita Coca -delantal blanco, aros celestes, carmín en los labios, tacones discretos- se paseaba en los recreos, la Escuela Bazán y Bustos era un lugar con olor a tiza y pizarrón, en los bordes de la ciudad. Cerca vivía un señor que criaba un par de vacas y que vendía leche recién ordeñada en botellones de vidrio. La escuela tenía un patio breve, y pupitres de madera noble, y las paredes quizá pintadas de colores bonitos.

A un costado del patio, una torre que a mí me resultaba enorme: el tanque de agua. Allí adentro, se tejían las más escabrosas historias. Yo me paraba de frente a esa torre y la veía infinita, y jamás me atreví siquiera a acercarme a la puerta: ahí adentro habitaba el terror.

La señorita Coca habrá tenido cincuenta pero no sé por qué todos utilizábamos ese mismo vocativo para llamar su atención: “señorita”. Los alumnos le llevábamos flores a la señorita. A mí me tocó una vez: pero en vez de mantener inmaculado el primor del ramo de flores de jardín, ajusté el paquete y lo puse adentro de mi portafolios de cuero marrón. Ahí estuvo hasta que tocó la campaña del primer recreo. Entonces, abrí mi maletín, saqué el ramo y lo puse arriba de su escritorio, junto a una ventana. Nunca supo, creo, quién le dejó ese ramo.

La señorita Coca era muy coqueta.

Cuando volví a esa escuela ya no estaba la señorita Coca. Tampoco estaba la escuela como yo la dejé: como yo la recordaba. Volví muchas veces. Cada vez la veía más triste, más pobre. En el invierno de 2011, “bajé” al patio trasero de la escuela. Fue cuando conocí la historia de Bernarda.

Ahora releo lo que escribí aquella vez.

***

“Bernarda puso los pies en el piso al alba. La mañana era una cerrazón helada y hostil, y el sol, una promesa futura de tibieza incierta.

No lo sabía Bernarda pero a esa hora, las 4 de la mañana, el frío dolía en los nudillos de los dedos, punzaba la cara, un poco más de un grado de sensación térmica.

Lo zamarreó a Santiago, dos años y medio, y le dijo vamos, levantate, que nos vamos al hospital. Santiago dio un sobresalto: Bernarda entonces pensó que estaba soñando algo malo, un mal sueño, algo que lo puso mal.

Eso pensó Bernarda mientras le decía vamos, que nos vamos al hospital y el colectivo no espera. Pero Santiago no despertó: más bien balbuceó, envuelto en su propio espasmo.

El nene se ahogaba, no respiraba, y ese círculo no le permitía volver a la vigilia.

Bernarda se impacientó y no supo qué hacer. El miedo era entonces una sensación oscura.

No amanecía. El frío afuera era un zarpazo que se abalanzaba sobre los cuerpos.

Bernarda intentó conseguir una ambulancia y salir rápido, pero la espera fue vana. Entonces hizo lo que pudo: envolvió a Santiago en unas frazadas, y salió a pie rumbo al Centro de Salud Ramón Carillo, varias cuadras por delante.

Salir a pie del barrio San Martín, adonde viven, en el sur profundo del Volcadero, es toda una odisea. Primero desandaron la cuesta empinada que los dejó en calle Ameghino, y después, sí, terreno firme y recto, más cuadras a pie. Pero Santiago no soportó el viaje: llegó sin vida.

Bernarda había amanecido como tantas otras veces, dispuesta a salir rumbo al Hospital San Roque: la pediatra le había descubierto un soplo en el corazón a Santiago, y le había pedido que le practicara un electrocardiograma.

Para llegar a tiempo, y conseguir un turno, la mamá había planeado una salida bien al amanecer. Pero el destino le hizo trizas esos planes, y la puso adonde está ahora, velando el cuerpo de su hijo, preguntándose por qué”.

***

Alrededor de la Escuela Bazán y Bustos fui encontrándome muchas otras Bernardas. Ninguna Señorita Coca. Los maestros que llegaron después  calzan zapatillas y hacen dedo, batallan en el comedor, se descubren plantándose frente al hambre de sus alumnos, amanecen con casos de violencia, enfrentan el fantasma de los abusos. Y también dan clase.

Eso, acá, en la Escuela Bazán y Bustos, y en otras escuelas también. La escuela como refugio y límite.

Ahora me entero que la Escuela Bazán y Bustos no va a existir más tal y como la conocí, en esa esquina del barrio La Floresta, en el límite con el Volcadero.

Habrá un nuevo edificio, una nueva escuela. Otro lugar.

El presupuesto oficial es de $70.513.583  y el plazo de obra es de 720 días corridos.

La construcción del edificio obedece a la necesidad de sustituir la sede actual ubicada en un predio lindero que se destinará a la planta de reciclaje de residuos orgánicos de la ciudad. El terreno en el que se emplazará el nuevo edificio se encuentra en el mismo barrio, entre las calles República del Líbano, El Resero, Clark y Burmeister.

El edificio de calle República de Siria y Ameghino pronto será historia. Y será otra cosa.

“Los chicos se merecen esta obra”, dice Patricia Almada, directora de la Escuela Bazán y Bustos.

Pronto la escuela que yo dejé dejará de existir. Como hace rato ya no existe la señorita Coca.

 

 

 

Ricardo Leguizamón

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.