Por Julián Stoppello
“Hombre de afuera, sin hogar maduro,
voy frecuentando el alma de tus calles.”
Amaro Villanueva
“Vivo en la más humilde, más serena y más íntima:/la breve calle de ninguna parte,/la poco conocida por su nombre,/que es el Pasaje Baucis:”, escribió Amaro Villanueva en Urbanidades, una extensa poesía dedicada a las calles de Paraná. Hay, todavía, algunos paisajes de adoquines: “la breve calle de ninguna parte” que nombró el poeta, un tramo de Racedo -desde Pascual Palma a 9 de Julio- y también Bajada de los Vascos, claro.

Racedo se ensancha y a veces se rompe, pero le cambia el ritmo a los que bajan y a los que pasan. Los adoquines están cerca de la estación de trenes y desembocan en el Juanele Ortiz, un poco antes de las pérgolas que persisten y de las veredas anchas y arboladas.

Diferente es el caso de la calle que comentó Amaro Villanueva, escondida entre La Paz y Colón, al borde de la sombra, con ánimo de bohemia que no se ve, casi sin autos que atormenten, ni voces que le canten. Una visión fugaz del pasado que ya no se reanima con el tun tun del Contrafestejo, desde su mudanza reciente a la peatonal nueva.

Es más señorial y distinguida Bajada de los Vascos, tanto que hasta tiene unas ruinas de historia callada que uno imagina sin saber hacia donde va. Es arriba una cosa la bajada y otra diferente en su principio. Desde allá se ve casi todo el Parque y el Puerto, desde acá nada más que los caminos, para el norte y el oeste. Desde allá se ve el crepúsculo y desde acá se oye el arroyo. Desde allá se toman las fotos y por acá andan los vecinos.

De vez en cuando ocurre: se desgaja el asfalto por un arreglo y se vislumbran los adoquines por debajo, historia vieja, tapada a cal y canto. Güemes se bajó de la lista después de la tormenta que la dejó en ruinas, el 4 de marzo de 2009.

Quedan tres, tres calles demoradas en otros tiempos, que si uno las encuentra caminando y sin querer, acompañan mejor que ninguna el andar manso y las ideas sueltas que buscan algún destino.
Quedan tres calles demoradas en otros tiempos, que si uno las encuentra en auto, las debe pisar despacito y sin saltar, para salir tranquilo de esa amable digresión de la ciudad hacia su pasado, a través de las calles diferentes, con paisajes de adoquines.