Hace dos años participa de la gestación de una biblioteca popular en barrio El Sol. También impulsa la creación de una casa refugio para travestis, transgénero y transexuales y acaba de filmar una película. Es árbitro de box, maestro de música, luthier y artista plástico. La usina de ideas que genera Esteban “Pepo” Amatti, en la lógica del boxeador, artista y militante.

 

Anda con una bolsita de nylon colgada al antebrazo, de gafas oscuras y una remera negra con una imagen poderosa sobre el anuncio de una pelea que ya fue: Floyd Mayweather vs Marcos Maidana. Tiene, todavía, una mano de sueño que le pega en la cara más fuerte que el sol de media mañana. Esteban Amatti funciona ahora en modo manso: enciende un cigarrillo, se inclina hacia adelante, cuenta con la voz un poco raspada sus nuevas propuestas.

Boxeo, luthería, cine, artes  plásticas, rock, militancia social, la ciudad que conoce de punta a punta a través de la experiencia, la que se ve más fácil, en la superficie y la otra también. Amatti puede comenzar por cualquier parte, porque transitó cada una de esas instancias y las anda todavía en un camino que lo lleva desde su lugar de origen, a media cuadra del Club Paraná, hasta Barrio El Sol, donde se emplaza la biblioteca que fundó junto a Nora Aracil en tres locales abandonados.

Pero la especialidad de “Pepo” Amatti -en algún momento Metralleta, más conocido aún en el ring como “La ira de Dios”- no es hablar. La especialidad de Amatti es la acción. “Pepo” Amatti piensa y ya está ejecutando, tal vez porque, como dice él, “me criaron para boxeador”. Y los boxeadores, necesariamente, piensan y ejecutan al mismo tiempo. En una avance torrencial de trompadas previamente imaginadas. Pensar y no pegar, pegar y no pensar, es un  camino doloroso para apoyar los labios en la lona.

A los 13 años, el hijo del pugilista, entrenador y promotor Luciano Amatti, ya se subía al ring para dar sus peleas. Otra vez sobre el suelo y sin la amenaza de una piña, “Pepo” dibujaba comics y competía con uno de sus hermanos para ver a quién le salía mejor. Le gustaba el Nippur, D´Artagnan, El Tony, Fierro, más adelante. Y entre las historias de Marvel se quedaba con Batman y el Hombre Araña. De chico se imaginaba una mixtura entre los dos: el rico que hacía su traje y sus armas para luchar por el bien y el reportero modesto con un poder inoculado que saltaba entre los edificios. Una síntesis era la opción de “Pepo”.

Para dar una mano en una época de crisis y para colmo con su padre enfermo, ya en la fase más cruda del menemismo por 1997, “Pepo” arrancó un emprendimiento que seguía la línea familiar, pero un poco cambiada.

“Mi viejo hacía bailes de cumbia (además del histórico negocio de pirotecnia), se había enfermado y  había que pagar unas cuentas, la casa estaba hipotecada. Un amigo me dijo por qué no hacía recitales, con bandas locales. Siempre el rock estuvo difícil en Paraná, así que empezamos a armar todos los viernes del Club Paraná, nosotros hacíamos la difusión y la cantina”, dice Amatti.

La cosa funcionó por unos diez meses, pero de modo muy intenso. Todos los viernes de rock en Paraná tenían sorpresas fuertes. Tocaron Todos tus muertos, 2 Minutos, Ataque 77, los Caballeros de la Quema, Fun People. No era el plan y “Pepo” aclara que él no trajo a nadie, pero la historia de desencadenó a raíz de una actitud suya y una escena familiar.

Las bandas querían venir a tocar.

Sucedió que en los comienzos, la banda Cabezones de Santa Fe pidió una fecha para actuar uno de esos viernes de Paraná. En el camino, incorporó a A.N.I.M.A.L a la idea, un grupo de Buenos Aires en pleno auge. El día del concierto, un viernes congelado de agosto, los músicos de A.N.I.M.A.L y su manager se quedaron en la calle. La organización corría por cuenta de Cabezones y había resultado peor que deficiente, irresponsable y los artistas estaban en la vereda sin saber qué hacer ni para adonde ir. “Pepo”, que organizaba seguridad y cantina, los invitó a su casa, ahí nomás, a media cuadra del club.

Luciano Amatti, “Tarango” Rodríguez y otros personajes jugaban a la loba en el comedor de la casa, mientras la madre de “Pepo” preparaba un guiso, cuando los músicos llegaron huyendo del frío. La escena familiar, los invitados, el gesto, la amabilidad. Algo de eso, o todo junto, los dejó fascinados. “Yo voy a decir que acá hay una punta, que en Paraná hay un lugar, lo que hiciste vos ya no existe”, le dijo el representante de A.N.I.M.A.L. Y el representante no era cualquiera, aunque “Pepo” no tenía la más pálida idea: Alejandro Taranto, para algunos, es “la bestia del rock argentino”, un manager con una trayectoria que incluye Pappo´s Blues, Riff, Los Abuelos, Los Violadores, Massacre, Los Twist y Los Fabulosos Cadillacs, entre otros.

Al lunes siguiente estaba llamando a su casa el representante de Todos tus muertos y después el resto de los que siguieron. En diez meses, “Pepo” había logrado instalar, sin proponérselo, un espacio vital para el rock en Paraná. Fugaz, pero inolvidable. Eso sin haber terminado aún la escuela secundaria.

Sus padres lo mandaron a Concordia al año siguiente temiendo que el ámbito en que “Pepo” había logrado capear la crisis familiar y conseguir los recursos para saldar la hipoteca, resultara una mala influencia o un ingreso precipitado a los excesos. Lejos de casa, se dedicó al box y entrenó con los hermanos Jaurena, especialmente con Diego, uno de los mejores boxeadores entrerrianos de entonces.

De vuelta en su ciudad, estudió en la Escuela de Música y completó el nivel medio, también se dedicó a la escultura, a la luthería y al box, por supuesto. No había forma de esquivar la tradición familiar, sus primeros recuerdos están asociados al gimnasio, a llevar vendas, balde o agua a la orilla del ring.

Ante ser “La Ira de Dios”, “Pepo” fue “Metralleta”, pero los boxeadores, me explica, pierden su apodo cuando pierden un combate, “como los caciques indios”, dice. Después de su primera derrota se transformó en “La Ira”. En total, combatió 128 veces, perdió dos, tuvo 14 empates y todas las otras las ganó, 26 veces por nocaut. Cuando el box se terminó para él, no se bajó del ring, simplemente dejó los guantes y siguió como árbitro. Aún hoy arbitra.

La acción tiene pauses breves para un boxeador. “Pepo” asoma, cada dos por tres, a los medios de comunicación con una iniciativa distinta. Con ideas que concreta o con otras que se quedan de camino, pero no sí antes haber dado tope contra una pared muy alta, una oposición infranqueable o una idea superadora.

En 2010 pasó cuatro meses trabajando en la plaza 1º de Mayo, con el artesano José Pastore, para crear de un cedro caído el Monumento “Memoria y Convergencia” en alusión al Bicentenario de la Patria. Después pasó otros tantos meses más tratando de que se le dé un lugar al obsequio que los dos artistas le habían realizado a la Comuna, pero el monumento sigue recostado en un rincón olvidado del Juanele Ortiz.

Desde hace ya dos años, “Pepo” trabaja en una nueva causa, que conjuga militante social y cultural, en general el nido de sus intereses. Junto a su pareja Nora Aracil, avanzaron sobre tres locales abandonados en el Barrio El Sol y fundaron la Biblioteca Pedro Lemebel, en homenaje a un escritor chileno fallecido casi al mismo tiempo del inicio de  actividades de la biblioteca.

Comenzaron con 200 libros y la colaboración de la Comisión Vecinal,  ahora ya tienen unos 7.000 libros, clases escolares de apoyo para los niños del barrio, talleres de expresión artística y el propósito de gestionar la personaría jurídica para obtener los beneficios y las posibilidades que les asisten a las bibliotecas populares.

Además, desde la biblioteca trabajan en la asistencia y ayuda del colectivo LGTBI. “Estamos por armar una casa refugio para transexuales, tránsgenero y travesitis, son personas que sufren mucho en la calle, sobre todo cuando empieza el frío y no tienen adonde ir”, dice “Pepo”.

Inspirado en la figura de Lemebel y con una idea de identidad y militancia barrial, Amatti es una usina de ideas que entran en acción. Sin ir más lejos, está por finalizar una película. Se llama Magalí y cuenta la historia de una chica que de algún modo intenta esconder su identidad sexual. “Es una historia real”, dice y promete enviar un adelanto. Después me cuenta de la vez que se atrincheró en el Independiente Bochas Club y una andanza de bombas de estruendo en el reclamo de la Uader, allá por 2007, pero ya nos quedamos sin minutos, porque es así, se termina el descanso, se siente la campana y hay que volver al ring.

 

 

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.