Por Julián Stoppello 

 

Flavio tenía una perra Suerte. La había encontrado de casualidad. Malherida, hambrienta y sucia, gimoteando en una esquina.

Entonces se la llevó a su casa, allá lejos, la curó, le dio de comer y la atendió con manos de algodón durante varios días, hasta que su perra Suerte se puso más o menos en condiciones, siempre más o menos, porque ella tenía en los ojos y en el hocico un aura de extravío y de miedo. Como si la hubieran pateado fieramente durante días y días.

Le puso Suerte porque ella había tenido suerte de encontrarlo, suerte de sobrevivir, pero supongo que también porque su suerte, hasta ese momento, había sido pariente del destino de abandono de la perra. De la perra Suerte.

Algunos meses antes Flavio había salido de una prolongada internación en un psiquiátrico, era una persona extremadamente sensible y un auténtico erudito. Lo conocí porque trabajaba de cadete en una revista y una radio donde yo también trabajaba. Andaba siempre con su novia, como le decía a una bicicleta antiquísima y arruinada y, a veces, con su perra Suerte.

A veces andaba solo nomás.

Un día Flavio me dijo que le quedaban 54 días de vida y cuando le pregunté por qué, justo entraba el jefe y Flavio le pidió que le publicara un aviso. Qué aviso, preguntó el jefe.

Flavio abrió comillas en el aire: “Busco urgente hospedaje para mí, mi perra suerte, mi bicicleta y 1500 libros”. Flavio cerró comillas. De verdad tenía 1500 libros, una bicicleta que cuidaba como a una novia y su perra Suerte. De verdad aunque pareciera salido de una novela.

El jefe lo miró, hizo un gesto de desconcierto y siguió de largo.

En 54 días, me dijo Flavio después, tenía que abandonar el departamento donde estaba. Y eso, no explicaba por qué, era el final.

No supe nada de él por un tiempo, hasta que pasó por la radio donde trabajaba yo y otros conocidos de él. Quería pasar su aviso. Entró al estudio y se puso a contar algo sobre su drama sin advertir que la luz roja se había encendido. Uno de los periodistas, de violencia contenida, le hizo un gesto de silencio. Nunca vi en la cara de un hombre semejante gesto de terror frente a un reto. Parecía un chico acostumbrado a un rigor bestial.

Ese día, dijo, le quedaban 34 días.

Flavio no consiguió hospedaje para él, su bicicleta, sus 1500 libros y su perra Suerte. De más está decir el final de la historia. Se qué los 1500 libros fueron legados por él a una asociación de derechos humanos, sospecho que la bicicleta se la habrá quedado alguno de los policías que lo encontró detrás de la puerta rasgada por sus propias uñas, en el último reflejo de supervivencia. Ignoro, aunque lo presumo, el final de su perra Suerte.