Me lo cuenta un amigo que es de su zona, del mismo pueblo. Se lo recuerda de pibito, cuando con otros vecinos  vendían pomos de espuma en el carnaval de Santa Elena, sin mucho éxito. Por eso el patrón del negocio decidió cambiar las tapas de los pomos, variar los colores, por una cuestión de marteking. Así decía él: “Esto es marteking”. Willy andaba por ahí, también, quería entrar en el juego del negocio con los más grandes.

No pasó demasiado, hasta que Jorge Griffa se dio una vuelta por Entre Ríos, detectando talentos. Del pueblo salía un equipo de viaje para el norte de la provincia a participar de uno de esos encuentros al que asistiría el entrenador. A último momento, no va que el arquero no pudo subir al colectivo porque había perdido el documento. Entonces le tocaron la puerta. Otros pibes, un padre, el destino: “Che Willy, vos no quisieras ir a atajar”. Y Willy fue.

Griffa se dio cuenta enseguida de lo que no se habían dado cuenta antes y lo llevó a Boca.

Fernando se acuerda de todo eso, porque Willy era vecino y porque fue uno de sus primeros entrevistados, cuando el arquero regresaba al pueblo con el título mundial juvenil en 2001.  Ahora Willy es un blanco gigante, un apellido maldito, un río ancho y marrón -como el que pasa por el pueblo- donde tirar la basura.

“La toca más Caballero que Messi”, comentó alguien en la mesa, promediando el primer tiempo del partido con Croacia. Había sido igual con Islandia. Y era raro, pero sucedía. Los defensores volvían tocando con el arquero y Willy salía suave para empujar el ataque de Argentina desde el fondo. Un ataque que, después de todo, no le hacía mal a nadie.

Un día en Santa Elena, a raíz de un imprevisto, la suerte le tocó la puerta a Wilfredo Caballero y él salió a jugar. Todo lo demás fue mérito suyo.

El jueves pasado, aquel pibito que dijo que sí, salió a picarla en el área y se dio cuenta un segundo después –tal vez menos- que había pifiado. Y que lo que venía después de eso, era el desastre y una ola inmensa de desprecio.

Es muy difícil, al menos siendo argentino, pensar en otra suerte que nos sea en la de él. Incluso un croata, que a primera instancia celebró el obsequio, un segundo después, estoy seguro, también tuvo en los huesos la desazón de Caballero.

Los que silbaron al arquero no fueron motivados por el odio o una reacción comprensible frente a un estímulo tan obvio. Los que silban, putean, castigan a Caballero, no hacen otra cosa que negar. Apretar los puños, los dientes y resistir la corriente furiosa que navega adentro y te solidariza con el dolor del que está ahí, parapetado, clavado en la angustia que bien podría ser -fue o será- la tuya.

Las circunstancias, como el mundo atento, los cuatro años de espera, la oportunidad perdida, el olor de una tragedia donde nadie muere ni nadie pasa hambre, nada de eso tiene comparación al más humano de todos los sentidos: pifiar. Amar y pifiar, si querés.

Willy pifió y yo creo que todos sentimos esa angustia, porque en la pifia estamos mucho más identificados que en esa genialidad que no le salió a Messi. Por eso Messi es de otro planeta y Maradona baila entre barriletes cósmicos. Igual, erran penales. Pero nosotros pifiamos. La tiramos afuera, se nos escapa la pelota, erramos, dejamos mal parado a todo el equipo y alguna vez, por más maquinal y rutinaria que sea nuestra tarea, metimos mal el dedo. O, peor que eso, metimos mal la lengua y dijimos una barbaridad del tamaño de una montaña.

Pifiamos, vamos a pifiar o ya pifiamos. Con vergüenza o desvergonzadamente. Como le pasó a Caballero en uno de los peores días de su vida. No hay que tener ninguna sensibilidad especial para compadecerse ante lo que vivió y seguramente vive el arquero. No me vengan a sacar cuentas del dinero que gana un futbolista, de que justo en ese momento no le puede ocurrir, que la responsabilidad….Sí, justo en ese momento ¿y qué? ¿Nunca pifiaste? Mirate al espejo y preguntatelo en serio. Lo del cálculo de la guita, mejor guardarlo como argumento para los que no levantan las piernas, ahorran energía o juegan pensando en la acumulación de lo que fuera.  Ese no es el caso de Caballero.

Un abrazo inmenso le tendríamos que ofrecer a Willy y la chance de pasar a otra cosa. Aunque quién sabe si lo necesita, sobre todo él que sufrió el peor de los acechos cuando supo que su hijita de 4 años tenía cáncer de retina y largó todo para dedicarse a ella. Por eso tiene a Santa Lucía tatuada en el brazo y por eso sabe dónde está eso que a veces no sabemos encontrar y mucho menos en el medio de un Mundial, lo que nos hace humanos: lo importante.

Amar y pifiar, de eso se trata, que lo demás es puro cuento.

 

Julián Stoppello de la Redacción de Entre Ríos Ahora