Por Yohana Fucks (*)

No tendría que fundamentar los motivos sobrados para estar apoyando las medidas de fuerza. Creo que toda la sociedad argentina sabe y reconoce el enorme sostén y sacrificio que aportamos los maestros en cada escuela. Saben de los tantos roles que ejercemos más allá del de enseñar. Saben que limpiamos mocos, compramos tizas, arreglamos vidrios y hacemos dedo. Saben que los medios mienten, que los políticos roban y que las escuelas se caen a pedazos. Saben de las irregularidades en el sistema, de los abusos de autoridad, de los descuentos ilegales que nos aplica el estado. Saben de la corrupción en la justicia, de los funcionarios con procesamientos y de los ignorantes de traje y corbata. Saben de los que toman la escuela como guardería y de los que jamás se comprometen ni para asistir a una reunión. Saben de los arrebatos, de las calles intransitables, de los alumnos adictos, de los casquillos de balas en los patios de algunos establecimientos. Saben que no hacemos las medidas en homenaje a ningún sindicalista burócrata ni con camisetas partidarias. Todo se sabe. Pero es preferible hacernos los desentendidos que encontrarse con los fundamentos sólidos que nos harían quedar como indiferentes ante la educación de las próximas generaciones.

Así que solo voy a dejar hoy documentado en mi diario, que si alguien necesita razones para justificar los paros de los maestros, se dé una vuelta por la escuela más cercana y pregunte sobre lo que se necesita, consulte sobre las historias de vida de los chicos que llegan a esas escuelas esperando todo de sus docentes porque no lo encuentran en otro lado, se interiorice del dinero que maneja la escuela para darle tres comidas a los gurises y también sobre lo que recibe la directora para mantener limpio el edificio todo el mes. Y si no le alcanza, pida un recibo de sueldo de algún colega. Pero fíjese bien. No mire solo el monto. Mire los años de estudio previos a ese recibo. Mire los códigos y asesórese cuántos de ellos son en blanco y cuántos no. Mire cuánto le quitan de aportes a la obra social que nunca funciona o para la jubilación que después se tienen que mendigar ingresos. Mire cuánto le abonan para viajar todos los días de una ciudad a la otra o para ingresar al medio de un campo por camino de tierra. Mire cuántos años lleva ejerciendo y con cuánto dinero se premia esa entrega. Mire. Observe. Pregunte. Póngase a disposición de esa institución sin paga alguna como cada vez que hace un maestro cuando ejerce una tarea que no le corresponde y por la cual nadie le remunera. Hable, dialogue, evada dudas, y luego sí, critique lo que considere válido. Estoy segura que saldrá de allí a elaborar un cartel, buscar a su familia para asistir a una marcha o a cortar una calle para pedir urgente aumento salarial para esos de guardapolvo blanco que lo ayudan en la educación de sus hijos de manera extraordinaria y haciendo todo con casi nada. Reflexione si estaría leyendo esto o discutiendo sobre el sueldo de un maestro o el estado de esa escuela, si no estaríamos en anuncio de un nuevo paro docente.

Tome nota de lo que brinda un educador y de lo que brindan los políticos y compare los sueldos. Entenderá de mi indignación y de mis derechos. Y sino puede hacer todo eso al menos una vez al año, no juzgue desde la absoluta ignorancia, porque desconoce la vida de un maestro con pobreza inmerecida y enorme vocación. En cada jornada nos enfrentamos a un sinfín de obstáculos, angustias, esfuerzos. Nos tapamos los miedos con una sonrisa y encaramos con total valentía una de las tareas más complejas que existen. Usted parece conocer de memoria nuestros tantos errores cometidos pero minimiza la noble entrega que damos durante toda nuestra vida a la educación del futuro, que será el presente de sus hijos, nietos y bisnietos. Cada sueño que uno de ellos alcance, llevará impresa la huella de lo que le enseñaron en la escuela sus maestros. No sé qué pretende en ese aprendizaje para los suyos, pero yo estoy orgullosa de inculcarle desde mi ejemplo el luchar por lo que merecen. Y no me mande a elegir otro trabajo por considerar que mi profesión vale más que lo indican mis haberes. No confunda al enemigo, el que toma a los chicos como rehenes es el Estado en todos sus ámbitos y su desidia a la educación pública.

Nos entretienen, cada comienzo de año, discutiendo salarios de los trabajadores entre trabajadores, mientras los de arriba aumentan sus dietas sin culpas ni fundamentos. ¿Se ha preguntado qué clase de sociedad pretende para el futuro? ¿Podrá lograr soñarla al menos, sin contar con docentes con salarios justos y escuelas en condiciones dignas?

Hay miles de maestros, -infinidad de veces mejor que la que escribe este diario-, en tantos establecimientos del país. Uno de ellos seguro está frente a su hijo todos los días. Por favor, merece su respeto. Valórelo. La Patria que deseamos, depende en enorme medida de eso.

 

Docente.  Publicado en el blog El diario de una maestra.