Por Raymundo Kisser (*)

 

Es evidente que el sistema democrático y republicano en el ámbito provincial, en esta semana que pasó, se ha visto no solo empañado, sino torturado y hasta su máxima expresión, y sin que ninguna voz institucional vinculada con el Derecho y la política se hicieran escuchar. Una vez más, el tango “Cambalache”, de Enrique Santos Discépulo, tuvo vigencia práctica en esta Provincia, y, si se quiere, hasta se lo festejó:  “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. Todo es igual; nada es mejor; lo mismo un burro que un gran profesor…”

Resulta que el lunes 26 de febrero, a las 7, el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Urribarri, pudo hacerse acreedor de un privilegio, al que no puede, ni debe, acceder ninguna otra persona, como es que un juez autorice el desplazamiento de todo un equipo Criminalística hasta su despacho para “pintarles los dedos”, porque está involucrado en un proceso penal, donde se investiga un grave hecho criminal, y que lo tiene, tan luego, como imputado. Lo ocurrido, hasta causa vergüenza ajena. Como profesional del Derecho, y senador provincial, no le puedo dar explicaciones a nadie, de los tantos que me preguntan, y hasta increpan, por semejante atropello.

Después de mucho pensar, y tratar de encontrar una respuesta, y, esencialmente, considerando que estamos viviendo en un sistema republicano, donde rige la división de poderes, y ella debería ser una realidad palpable, no puedo encontrar otra respuesta que no sea el hecho de que, por un lado, hay “personajes” que tienen privilegios inaceptables, que chocan con el sentido común, y con el propio sistema democrático republicano; y que, por otro lado, para que esto ocurra, hay una Justicia complaciente con estos privilegios, e incluso, como en este caso, los otorga, y no se sabe en base a qué argumentos. Qué le puede haber llevado, y para que entienda la gente común de la calle, al juez conceder semejante privilegio. Pero ello no se agota ahí: estamos en una cadena de privilegios, y no ante un hecho aislado, y ello es así, porque este “personaje”, que evidentemente esta en conflicto con la ley, porque por algo “le pintan los dedos”, va a Tribunales cuando debe prestar declaración el día y a la hora que se le ocurre, cosa que no puede hacer otra persona estando en la misma situación de él. Nadie puede negar que se está en presencia de un privilegio aberrante, que daña enormemente el sistema republicano, pero también al político.

Quienes ejercemos funciones políticas no estamos para hacernos merecedores de estos privilegios, que no tiene el resto de la sociedad. Estamos para servir a la sociedad, como un ciudadano más, y lo debemos hacer por un tiempo acotado, porque la periodicidad en los mandatos por algo existe. En ningún lugar del mucho civilizado, serio, creíble, y con democracias reales, la política es una profesión. Aquí parecería que sí, donde también estaría permitir cometer ilícitos en beneficio propio, y tan luego con privilegios aberrantes, como el que hemos tenido que asistir y soportar en estos días.

Lamentablemente, en más de 30 años de Democracia aún no hemos podido terminar de consolidar, salvo algunas excepciones, una Justicia independiente, con coraje para actuar contra quienes cometieron delitos desde el ejercicio de la función pública, pero también mientras se está ejerciendo la misma. En Brasil, y aún cuando a alguien no le pueda gustar, la Justicia no esperó que los funcionarios dejaran el cargo para investigarlos, e incluso encarcelarlos. Ahí, la Justicia actúo como corresponde en cualquier país serio, democrático, con la división de poderes vigente. Es de esperar que ello también llegue con fuerza a nuestro país, sin dejar de reconocer que algo de ello, en forma muy tenue, está comenzando a ocurrir.

Es de desear que lo que hemos vivido y soportado por estos días, sea el final, y que privilegios de esta naturaleza no vuelvan ocurrir, porque solo así salvaremos a la República.

 

 

(*) Senador provincial por Cambiemos.