El arzobispo de Paraná, Juan Alberto Puiggari, presidió este domingo una multitudinaria celebración frente a la Iglesia Catedral por el día de la patrona, la Virgen del Rosario, y en la oportunidad habló de la santidad de los sacerdotes.

“La santidad no es una obra del hombre, no podemos con nuestra fuerza -dijo-.Tenemos que alejarnos de la tentación del pelagianismo (una doctrina que niega la transmisión del pecado original de Adán, NdelR). Nada podemos sin la gracia de Dios, por eso el Señor ha elegido a algunos hombres, sacados entre los hombres y puesto al servicio de ellos, para ser  instrumentos de la Palabra, de la gracia y de la caridad. Somos los sacerdotes, que sin mérito de nuestra parte, hemos sido elegidos para hacer presente en el tiempo y espacio la misión de Jesús”.

Y en tren de hablar de santidad, Puiggari pidió  que “recen por nosotros, para que seamos santos, como nos quiere Él, que nos eligió, y recen por el aumento de las vocaciones sacerdotales y consagradas. Pidamos con confianza y sin cansarnos por María: para que el Señor envíe servidores para tu pueblo”.

En una Iglesia como la de Paraná sacudida por los escándalos de abusos y pedofilia por parte del clero y un laico condenado a 14 años de prisión, el arzobispo eligió hablar de un catecismo alejado completamente del revisionismo.

“Para entrar en esta corriente de santidad personal y comunitaria y en este momento difícil de la Iglesia, como nos lo ha pedido el Papa, los invito  a todos a que no abandonemos o retomemos el rezo del santo Rosario, para que, en la Escuela de María, aprendamos a ser discípulos-misioneros de Jesús”, planteó.

Raro: la insistencia en el mensaje de santidad contrasta con la realidad de la Iglesia de Paraná, que tiene a dos de sus miembros condenados a  25 años de prisión por abuso y corrupción de menores -Juan Diego Escobar Gaviria y Justo José Ilarraz-, a otros dos sometidos a una investigación penal preparatoria en los Tribunales, Marcelino Ricardo Moya y Hubeimar Alberto Rúa Alzate. Y que sumó el viernes la condena a 14 años de prisión por corrupción de menores y producción de imagenes pornográficas al exjefe del grupo scout San Cipriano, de Diamante, Juan Alberto Forcher.

Forcher es hombre de Iglesia: actuó al servicio de la parroquia San Cipriano de Diamante, donde reunía a sus víctimas, y la Iglesia eludió todo comentario sobre la condena. El silencio no parece ser la mejor respuesta en estos casos.

Ajeno a todo eso, Puiggari planteó hoy otro camino ante los feligreses que acudieron al festejo patronal en la Catedral: “Despierta en Nuestra Iglesia un deseo de renovación, misión y santidad que nos permita restaurar todo en Cristo para gloria de Dios y el bien de cada uno de nuestros hermanos. Que así sea.”

 

Acá, el discurso  completo:

Queridos Hermanos:

            El papa Francisco, en su Exhortación Evangelii gaudium, señala fundamentalmente dos aspectos de la Virgen: acompaña a sus hijos en el caminar como pueblo y  comparte su historia,  formando parte de su identidad.

          Estas dos dimensiones las vemos claramente reflejada en nuestra querida Madre, bajo esta advocación de Nuestra Señora del Rosario.

         Desde el comienzo de su historia, el primer grupo de pobladores se nuclea en torno de una humilde capilla dedicada a esta advocación y ubicada en un lugar llamado “Baxada del Paraná”, a orillas del río. En 1730 se crea allí una parroquia. El amor a la Virgen es el lazo de unidad y factor de progreso.

        Por eso con gratitud y justicia la reconocemos como fundadora y Patrona de nuestra ciudad.

        No podemos olvidar la importancia de Su presencia en nuestra historia. Ella fue el elemento aglutinante y de poderosa presencia, que con su fina maternidad cobijó a sus hijos en su crecimiento. Junto a Ella nació Paraná; por eso nació cristiana,  hija de Dios.  Es el alma viviente de nuestro pueblo.  De los brotes de su estirpe surgieron hombres y mujeres  de vigor audaz y de temple heroico quienes dijeron Sí a Dios  y con Él a las exigencias de los hombres y del tiempo; santidad oculta, silenciosa que fue entretejiendo nuestra historia.( Consagración)

       Y si  recordamos la  historia más cercana, cómo olvidar que ante su venerada imagen rezó un santo, el querido San Pablo II, el 9 de abril de 1987 , el cual nos animaba a comprometernos en una nueva evangelización, tarea que con esfuerzo estamos intentando realizar con la implementación de las Conclusiones del III Sínodo Arquidiocesano, con el deseo que nuestras Parroquias tengan un renovado impulso misionero, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida  al servicio de una Vida plena para todos.

        Por eso, en esta tarde, nos reúnen sentimientos de gratitud, de devoción filial y de amor inmenso  a Nuestra Madre, la Santísima Virgen del Rosario.

       Hoy queremos darles gracias, en primer lugar a Dios, fuente de toda bendición y a  María, por su protección maternal a lo largo de nuestra historia, a la vez que le pedimos por todas nuestras necesidades materiales y espirituales de nuestro pueblo.

        A lo largo de todo el año, nuestra pastoral ha estado marcada por dos temas, que nos han hecho vivir en sintonía con  las preocupaciones del Santo Padre Francisco. VOCACIÓN y SANTIDAD.

         La figura de nuestra Madre nos ilumina. En dónde está  su grandeza?. Jesús nos lo dice: “¿Quién es mi madre y mis hermanos? … pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (cf. Mt.12, 48-50).

         Gabriel le dijo a María: “Has hallado gracias delante de Dios, Él te eligió desde toda la eternidad para ser madre de Su Hijo”. No estaba en los planes de ella, pero no dudó: “que se haga en mí, según tu palabra, soy la servidora del Señor”.

         María aceptó, con humildad y confianza, el plan de Dios, el Señor hizo maravillas y nosotros la proclamamos “Bienaventurada”, “Bendita”.

       Hermanos, el Señor tiene para cada uno de nosotros un plan. A todos, sin excluir a nadie, Dios lo llamó  a la vida (vocación), le dio este don magnífico  para cumplir una misión determinada para la gloria de Dios, para la redención en Jesucristo y para la construcción de este mundo.

Qué nadie crea que su vida no vale, que no tiene sentido,  que no puede aportar nada. La vida del niño por nacer, la vida de los ancianitos, de los enfermos, de los excluidos por la sociedad, de todos, sin excepción de nadie, es un don de Dios y está llamado a cumplir una misión, todas necesarias.

         Hay que pedirle a la virgen que nos ayude como ella, a decirle siempre “si” a Dios, a sus planes, no a los nuestros, tantas veces marcados por el egoísmo,  la pereza y la indiferencia.          Tenemos que sentirnos llamados,  y como María, cada día decirle “Fiat”e involucrarnos en la evangelización y en la construcción de la sociedad

      Pero este llamado de Dios  supone un compromiso que tiene que dirigir toda la vida cristiana: « Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación » (1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: « Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor ». ( Novo Millenio Ineunte”)

       En la presentación de las Conclusiones del Sínodo decíamos que queremos, con la gracia de Dios, ser una Iglesia santa, y esto es más que nunca una urgencia pastoral, como nos acaba de recordar Francisco

      Poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios, por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu. Por eso sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Querer ser santo es recorrer  el camino del Sermón de la Montaña: « Sed perfectos como es perfecto mi Padre celestial » (Mt 5,48).

       Francisco, en su Exhortación Apostólica “Gaudete et Exsultate” nos decía que su objetivo es hacer resonar una vez más el llamado a la santidad procurando encarnarlo en el contexto actual con sus riesgos, desafíos y oportunidades.

        Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada para pocos…” No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales” ( G.E. n.14).

      “En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor la ha llenado de dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de sus santos…(Is 61,10)” (G.E, n.16)

       Nuestro querido Papa Emérito, Benedicto, nos decía: “la santidad no consiste en no equivocarse o no pecar nunca. La santidad crece con la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad para volver a comenzar”.

       La santidad no es una obra del hombre, no podemos con nuestra fuerza…Tenemos que alejarnos de la tentación del pelagianismo. Nada podemos sin la gracia de Dios, por eso el Señor ha elegido a algunos hombres, sacados entre los hombres y puesto al servicio de ellos, para ser  instrumentos de la Palabra, de la gracia y de la caridad. Somos los sacerdotes, que sin mérito de nuestra parte, hemos sido elegidos para hacer presente en el tiempo y espacio la misión de Jesús.

       Por eso, mis hermanos, les pido que recen por nosotros, para que seamos santos, como nos quiere Él, que nos eligió, y recen por el aumento de las vocaciones sacerdotales y consagradas. Pidamos con confianza y sin cansarnos por María: para que el Señor envíe servidores para tu pueblo.

      Una vez más se impone “contemplar a María“ porque ella vivió como nadie las bienaventuranzas de Jesús. Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos.

                Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…». (E.G. n.176)

       Para entrar en esta corriente de santidad personal y comunitaria y en este momento difícil de la Iglesia, como nos lo ha pedido el Papa, los invito  a todos a que no abandonemos o retomemos el rezo del santo Rosario, para que, en la Escuela de María, aprendamos a ser discípulos-misioneros de Jesús.

       No hay santidad sin oración.  ¡El Rosario es una escuela de oración! ¡El Rosario es una escuela de fe!

      Por medio del Rosario  queremos descubrir a nuestra generación — perpleja y destrozada — por un mundo contradictorio, que hay un oasis siempre a mano  para restaurar el alma  y retomar el camino de las Cumbres.  Este oasis es la oración. —Queremos aprender a orar y enseñar a orar.  Será nuestro mejor aporte a la salvación del mundo y a la solución de tantos problemas que afectan a la Iglesia y a nuestra sociedad.

Madre querida: cuida a tus hijos, te pedimos hoy especialmente por los que más sufren como consecuencia de las dificultades del momento. Te pedimos que defiendas toda vida y la educación de nuestros niños y jóvenes.

Despierta en Nuestra Iglesia un deseo de renovación, misión y santidad que nos permita restaurar todo en Cristo para gloria de Dios y el bien de cada uno de nuestros hermanos. Que así sea.