El 5 de julio último, los jueces DaríoErnesto Crespo, Javier Cadenas y Alejandra Gómez, integrantes del Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguay, condenaron a la monja Luisa Ester Toledo, expriora del convento carmelita de Nogoyá, a la pena de 3 años de cárcel al hallarla culpable del delito de privación ilegítima de la libertad agravado. En 2016, dos exreligiosas, Silvia Albarenque y Roxana Peña, denunciaron los apremios a los que las sometía y los castigos que le infringían, y de qué modo, quebrándoles la voluntad mediante el uso de la violencia, las retuvo dentro de la casa religiosa en contra de su  voluntad.

Esas conductas reprochables que juzgó el tribuna, dice el adelanto de sentencia,  “en modo alguno implican enjuiciar a la Iglesia Católica, ni enfrentar a la fe con la razón, sino lisa y llanamente juzgar criminalmente a quien aparece de modo indubitable ya a esta altura como única y exclusiva responsable de conductas que tipifica y reprime nuestro Código Penal, las cuales de ninguna manera pueden confundirse o quedar desplazadas por la normativa canónica invocada por la defensa, que en modo alguno ampara y/o protege las conductas encuestión tal como ha podido advertirse luego del desarrollo del debate, los que nos permite concluir en consonancia con la postura acusatoria, que aquellas encuadran efectivamente en el delito de privación ilegítima de la libertad que se le adjudicó a la imputada, agravado en ambos casos por sus medios comisivos mediante violencias y amenazas, como también por su duración”.

“Dentro del profuso cuadro probatorio colectado y desplegado en el plenario, sin perjuicio de su merituación integral al momento de dar a conocerlos fundamentos del acto sentencial, cuyo veredicto aquí se adelanta, merecen reseñarse en primer lugar las elocuentes, sentidas y convincentes testimoniales prestadas por las víctimas Albarenque y Peña, quienes han relatado casi de un modo catártico los pesares vividos con suficientes detalles,coherencia, univocidad y correspondencia con el resto del plexo colectado, que las erige como pilares fundamentales del sustento convictivo al que se ha arribado, sin resquicio alguno ni fisura en cuanto a su credibilidad, algo que hasta inclusive la propia defensa técnica reconoció en sus alegatos de cierre”, dijo el tribunal, y merituó además el testimonio clave de María Elena Villalba de Miño, madre de la actual priora del convento carmelita, Itatí Miño, que en 2015 ya había alertado al arzobispo Juan Alberto Puiggari de todo cuanto ocurrió con Toledo. 

El adelanto de sentencia nada dice de Puiggari -en los fundamentos se espera que haya alguna alusión al jefe de la Iglesia local- aunque en su declaración mencionó a Villalba de Miño. “Me reuní con la señora María Elena Villalba viuda de Miño dos veces en el Arzobispado y una vez estuvo un momento en su casa. No recuerdo bien lo conversado, son muchas audiencias que tengo por día. Lo que recuerdo es que la primera vez vino a traerme sus quejas por el cambio de actitud que había tenido la Hermana Isabel con ella y lo que ella consideraba un trato inadecuado con el Párroco de ese momento. La segunda vez, el 5 de mayo de 2016, vino acompañada con el nuevo párroco, Pbro. Jorge Bonin, y manifestó su preocupación por el mal clima que ella entendía que había en el convento; no recuerdo que me haya manifestado lo de la salud de su hija. En la carta que me entregó, fechada el 5 de mayo de 2016, explicita lo que le preocupaba: el abandono de la Hna. Rosa, la actitud de la Priora hacia el Pbro. Bonin, la complicidad de la Hna. Lucía con la Priora, y que percibía que en su hija una actitud de miedo e inseguridad”, testimonió Puiggari en el juicio a Toledo.

La madre de la actual priora del convento carmelita habló con Entre Ríos Ahora y dijo no tener una buena impresión de Puiggari. “Lo de Puiggari es muy simple: se lavó las manos”, contó.

Está conforme con el desarrollo del juicio, considera como buena la condena, se sintió bien tratada por el tribunal cuando tuvo que declarar, siente cierta tranquilidad por lo que ocurrió en el convento carmelita: “Se fue la oscuridad y llegó la luz”, describe.

“Nunca me sentí acompañada por Puiggari, sí por el párroco (de la Basílica del Carmen, Jorge) Bonin. Nos apoyó un montón. Realmente por él me sentí acompañada. Pero Puiggari se lavó las manos”, insiste.

De Luisa Toledo conserva un recuerdo aciago.

Dardo Rubén Miño, su esposo, murió de cáncer en 2000, y en su agonía había pedido una última voluntad: poder ver a su hija, religiosa carmelita descalza. Toledo le impidió salir. Cuando su padre estaba siendo velado, Itatí Miño, la ahora priora, ya no quiso ir a verlo. Quiso quedarse con el recuerdo de su padre vivo.

“Mucho no quiero recordar -admite-. Ya pasó. Ya fue el juicio. Estoy conforme con la Justicia, porque me escucharon, me atendieron bien. Estoy agradecida. Eso sí: esperaba que de este juicio saliera una advertencia, algo hacia Puiggari. Yo no lo conozco mucho. Sólo de las veces que me reuní con él. Una de esas veces que nos encontramos, Puiggari me puso a prueba. Cuando le pedí su intervención, me dijo que mucho no podía hacer, porque era jurisdicción de Roma. Y después me preguntó: ´¿Usted quiere que yo vaya y hable con la priora y le dé su nombre, que usted vino a verme y a hablar’´. Sí, le dije. Después, recuerdo su visita de 2016, cuando fue el allanamiento al convento. Me dijo que era algo mediático y político. Y dijo: ´Pobres hermanas, mire lo que les están haciendo´. Yo le dije: qué pobres, si no tienen nada que ocultar, por qué no abrieron la puerta a la Justicia. esa vez me prometió que se iba a reunir con los padres de las monjas. Todavía estoy esperando esa reunión”.

Después, trae al recuerdo a una amiga, “Coca” Cavallo, madre de una carmelita. “Ella hablaba conmigo y me decía que soñaba que a su hija la maltrataban en el convento. Ella falleció en junio de 2016, antes del allanamiento, que fue en agosto. Me ayudó mucho desde el cielo -detalla-. Antes de morir, y estando grave, le pidieron a Puiggari si podía interceder ante Toledo para que permitiera a la chica salir y estar con su madre. Toledo les respondió: ´Puiggari manda afuera; acá, mando yo´. No dejó que la hija viera a su madre”.

-¿Cree que Puiggari debe pedirles perdón?

-A Dios se le pide perdón. A mí no me interesa que él me pida perdón. Hay un Dios que todo lo ve.

 

 

 

 

Foto: Arzobispado de Paraná

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.