Más de 2.000 personas van a guardar el registro: empezaron las primeras horas de 2017 bailando en la calle, más precisamente en la última cuadra de la peatonal, entre La Paz y Colón. Van a recordar la escena muy bien, además, porque no se parece a nada en la habitualidad de la ciudad.

No es una fiesta donde alguien pasa música, tampoco es un concierto en que los artistas se plantan y tocan dos horas frente al público que escucha, salta, grita o, nada más, mira. A lo sumo puede guardar relación con experiencias de otra generación: cuentos de parientes sobre fiestas que ofrecían orquesta en vivo en décadas pasadas. Algo así, pero diferente.

Acá la gente baila alrededor de un escenario que se dispone, entre los músicos, como un semicírculo o una ronda, de ritmo cadencioso y dulce. Las sensaciones dan vuelta, también, alrededor del lugar y el público se mueve en esa vibración. “Samba na esquina” toca una hora, toca dos, toca tres, toca cuatro horas seguidas y puede seguir así, parece, indefinidamente.

La historia empezó hace diez años en la esquina de San Martín y Victoria, en la puerta de la casa de la familia Guastavino. Ahí vivían y salían a la puerta a tocar en la madrugada del 1° de cada año los tres hermanos varones: Mauricio, Pedro y Pablo. Se sumaba la familia, hermanas, novias, parientes y amigos. Ese es el origen de “Samba na esquina”, la agrupación que el 1° de año de 2017 convocó a más de 2.000 personas y cada año configura un modo de festejo distinto, que le ofrece a la ciudad un matiz original.

BRASIL.

Carlos “El Negro” Aguirre diría que el Litoral musical que lo integra y lo influye, como a tantos artistas, va mucho más allá de la geografía que se enseña en la escuela y avanza en realidad hacia el Uruguay y trepa cómodo hasta el Amazonas. Algo de eso flota en el aire, también ahora, que conversamos en el comedor de la casa materna junto a Mauricio y Pedro. Además, claro, hay otras historias particulares y una razón estética y placentera que se enreda entre el choro, la samba y las músicas de Brasil.

Mauricio Guastavino tiene 32 años, es músico, guitarrista y participa de un gran número de proyectos. Toca con amigos, colegas, grupos afines. En particular, hoy, integra Proyecto Yacaré y conforma el trío La Grela que acompaña a la cantante de tangos y milongas Angela Herrera. También da clases.

Pedro Guastavino, 37 años, es músico y compositor, toca en el proyecto Libertanga junto a Javier Solari, pero se empeña en ampliar la base de su paleta creativa: quiere hacer y cantar sus canciones. A eso se dedica.

El menor de los Guastavino tiene un recorrido académico y un vínculo directo con Brasil; el mayor de los dos es, en esencia, un autodidacta, aunque hizo estudios de música en Buenos Aires. Empezaron casi juntos, de gurises, pero cada uno por su lado. En la historia familiar, de fuerte contenido político –dos hermanos de su padre fueron asesinados durante la dictadura militar y otro de los tíos es el senador nacional Pedro Gustavino-, no había mucho por contar en cuanto a música, salvo por un prestigioso pianista, Carlos Guastavino, primo del abuelo. Por lo demás, en casa, había una guitarra guardada en un armario que el padre desenfundaba de vez en cuando .

El primero en apostar por la música fue Pablo. Dejó la escuela y se dedicó a tocar. Después lo siguió Pedro: con un año de ahorros se compró una electroacústica. De Charly García, Fito Páez y Spinetta eran los discos que estaban a mano, algunos de Martín Gustavino, el tío entrenador de básquet y uno de los familiares que alentaba la elección de tocar y seguir por ahí.

Se sumaban los Beatles y uno de Baglietto de los ´80, agrega Mauricio, que contenía un sonido más latino y con algún tema afín al candombe.

La relación con los tambores y la batucada en realidad viene de antes, de las comparsas de Gualeguaychú. Allí nacieron los dos. Son de Gualeguaychú y aunque se mudaron a Paraná con siete y cuatro años, respectivamente, Pedro dice que recuerda el momento del carnaval, “de salir con tachos a tocar batucada”.

Hay mucha música después, una fila larga de autores, de compositores y una recomendación de Sergio Scacchi, Toots Thielemans, un belga que tocaba a los gigantes de Brasil en armónica: Chico Buarque, Caetano, Toquinho, Vinicuis, todos.

Mauricio logró su primera guitarra en cuotas de diez pesos. Se la compró a su hermano, que a su vez fue por otra. El más chico se puso a estudiar, el más grande a componer sus canciones. “Yo trataba de sacar cosas de las anotaciones de Pablo que estudiaba con Scacchi, pero además me había aprendido tantas canciones que intentaba crear otras, necesitaba cantar melodías e intentar crear algo”, define Pedro.

CAMINOS.

Mauricio estudió en la Escuela de Música y después trabajó durante dos años, ahorrando la mayor parte del dinero, para tres fines escalonados: una guitarra, un micrófono y un viaje a Brasil. Cumplió, paso a paso, y se inscribió en el Conservatorio de Tatuí, en una pequeña ciudad a pocos kilómetros de San Pablo. Quería estudiar samba y choro, quería saber todo de la música de Brasil. Él dice que aprendió a aprender.
“Si vos querés entender todo eso que está ahí y aplicarlo, parece gigante e imposible, pero hay mecanismos, yo en Brasil aprendí eso, los mecanismos para aprender”, analiza y recuerda algo que le parece, tal vez, aún más importante: “El entorno es lo que más te hace crecer como músico”. Elige, Mauricio, un ejemplo futbolero: si jugás con diez perros, lo más sencillo es que termines ladrando, si en cambio compartís la cancha con diez sabios de la pelota, en algún momento, lo vas a hacer parecido a ellos.
Le parece vital crear ámbitos de intercambio y compartir información. “En ese sentido, trato de ser abierto y dar todo lo que se pueda”.

Pedro ya había elegido en otro sentido. Se fue a Buenos Aires con el primer resultado de Todos los canales, una banda que integraba junto a Heber Schaff, Leandro Drago y su hermano mayor Pablo. Hacían sus propias canciones, las que había escrito Pedro. Primero fueron a recorrer los circuitos posibles con el disco en la mano y más tarde intentaron ampliar las posibilidades tocando en vivo por la zona de San Telmo. No funcionó, no por lo menos en los términos que habían imaginado. Las canciones que hacía en el paisaje de acá, piensa ahora Pedro, no podían encontrar un cauce allá y, especialmente, en realidad, él no encontraba su cauce allá.

Volvió Pedro y volvió Mauricio también en el intervalo de un verano, con mucha información y algunos instrumentos. Tenían ya un pandeiro, un cavaquinho. “La curiosidad es el motor del asunto”, coinciden. Mauricio dice que abrir la puerta del choro fue “entrar a un mundo” y cuando hablan de tocar esa música, como la música que hace Samba na esquina, refieren, sin decirlo, a una sensación física, probablemente, de bienestar. Algo así.

El 1° de enero de 2007 salieron a la puerta de la casa de San Martín y Victoria, los tres hermanos, novias y amigos, a tocar después de la cena de año nuevo. Fue, por decirlo así, la primera vez. Antes aún y no era nada raro, salían caminando, como rumbo al Parque, cuatro o cinco de ellos tocando pandeiro y tamborín por la calle. Cuadras y cuadras. El sonido de los instrumentos los anunciaba en casa. “Ahí viene Pedro”, se podía escuchar, porque de lejos latía en la vereda un tamborín. En la esquina, dice Mauricio, tocaban los 1° y también “empezamos a cantar medio de forma natural. Yo tocaba el cavaquinho, teníamos cuatro o cinco temas, medios sambados”.

Al poco tiempo surgió el nombre. “Samba en la esquina”. “Samba na esquina”. Se repitió todos los años, cada vez con más invitados, más amigos y ya algunos conocidos y conocidos de conocidos. Hace ya más de tres años que el grupo tiene unas 30 presentaciones anuales, en Paraná, pero también en otras ciudades, con la formación completa que alcanza diez músicos (Mauricio y Pedro Guastavino, Mauro Leyes, Diego Sánchez, Juan Costa, Sebastián Báez, Román del Prado, Jorgelina Barbiero, Guadalupe Abero, Natalia Damadian) o versiones más reducidas. Lo que comenzó como la ampliación de una sesión íntima de música para disfrutar entre pocos, se fue extendiendo hasta ofrecerse como la versión más alegre y original que tiene para dar la ciudad el primer día del año.

Este 1° de enero colmaron la última cuadra de la Peatonal y parte de plaza San Miguel. La policía llegó a eso de las 3 de la mañana para advertir que no se podían extenderse tanto, que había mucha gente en el Parque, que iban empezar a subir en algún momento y no querían esa multitud en la calle. “Ningún problema oficial, a las 4.30 cortamos”, dijo el representante de “Samba na esquina”. La policía volvió a las 5.45. “Ahora sí sargento –dijo el músico- a las 6 nos fuimos”. La lluvia pudo recién con la música pasada las 6.30. Ya habían pasado más de cuatro horas de fiesta con orquesta en vivo.

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora