Hay ciertos encuentros, a veces, conversaciones casuales que se elevan un poco más alto en el transcurrir de los cotidiano. Puro azar o, al menos, uno piensa en eso: puro azar. Sucede también con sensaciones, así, como superiores y a la vez, de lo más corrientes. Volver a casa, por ejemplo y recibir una clase de bienestar en el cuerpo que no se puede nombrar. Que mejor ni nombrar, sino dejar que suceda y se extinga, también, por cualquier molestia pasajera. Después, a lo mejor, vuelve. Pero esto que digo es otra cosa. Creo yo, una experiencia del arte en el encuentro casual con una historia ajena, aunque no completamente ajena, en principio, por esa idea tan clara que dice que nada de lo humano me es ajeno. Pero nada.

Viajamos a Tala al cumpleaños de un amigo que no veía hace unos cinco años. En el auto, a pesar de los chicos que preferirían otra música, suena un disco de Jorge Fandermole. Son canciones que uno debe dejar andar en circunstancias así: el descubrimiento es gradual. Y vas entrando despacito, como en un parque de naturaleza desconocida que te empieza a encantar, en este caso, en la confluencia de la poesía, la guitarra y una voz que tiene tanto por decir. De camino a Tala me quedan algunas melodías y algunas letras. Una es ésta que sigue ahí, insistiendo, cuando me despierto a la mañana. Suena. Sigue ahí.

Solo/como el que desentraña algún presagio/como el único vivo del naufragio/ como todo el que pierde la razón.   

Entonces voy a un lugar donde se hace una exposición de arte. En la puerta está el Fabián. Lo conozco desde hace por lo menos 20 años, de pasada. No puedo calcular su edad. Él no está muy distinto y en cambio yo sí. Nos veíamos en algunas plazas del centro, adonde andábamos con algunos amigos pateando el tiempo, con esa incertidumbre que a veces era hermosa y a veces te daba una angustia imprecisa y desganada. Ahora el Fabián ayuda en ese lugar donde se hace la exposición, cuida los autos, guía a los visitantes. De todo un poco.

Nos saludamos, yo estoy por entrar, pero los gurises se quedan jugando en el patio exterior, donde hay una hamaca, tobogán y un millón de mosquitos. “Yo los cuido, no te hagas problemas”, me dice el Fabián. Le agradezco y entro. Después de saludar, dar un paseo, ver las obras, salgo a ver cómo van los chicos, los mosquitos y el Fabián. Todo se ve en orden.

Hay un perro negro que lo sigue a todas partes. Es un perro casi enano. Cucu, de Cucurucho se llama. “Vení, acercate, mirá”, me dice el Fabián. Yo me acercó a él y el perro se arrima y gruñe. Al Fabián le causa gracia, se ríe y se le achinan más los ojos, tanto que casi no se le ven. “No deja que se me acerque nadie, lo encontré en el arroyo todo lastimado, me lo llevé a casa, lo curé y le di de comer, me compré un hijo”, dice. El Fabián, me acuerdo, puede contar historias de casi cualquier situación, donde él esté comprometido y cuando te la cuenta parece que vuelve a sentir lo que dice. Ahí me viene a la memoria una vez que lo vi cantando Balada para un loco, en un bar, casi a los gritos: Ya sé que estoy piantaó, piantaó.

“Vos sabes que come si yo como, duerme si yo duermo y se baña si yo me baño”, dice y se explica mejor, “hace todo conmigo, si yo no como, él no quiere comer”. Y me insiste: “Vení, acercate”. Yo me arrimo y Cucu se pone en el medio y me mira mal, con unos ojos lagañosos.

“Me compré un hijo”, dice, otra vez.

Solo/ como el que logra ver todo muy claro/solo como la atenta luz de un faro/ o el último minuto del alcohol.

No pasan de eso 24 horas, cuando voy a reunirme con Adrián en una oficina pública. Lo veo más joven o más flaco o más tostado. Tiene, además, una remera moderna que reemplaza la camisa a cuadros habitual. Yo pienso en Adrián y lo veo con una camisa a cuadros de colores apagados. Le digo, en resumen, “estás más pendejo, vos”. Se ríe, pero no dice nada.

Un amigo sostiene que cuando una mujer cambia de look de forma muy radical  -especialmente se nota en el corte de pelo, aunque puede ser un tatuaje nuevo- nada más hace falta preguntarle cómo lleva la separación. En los hombres, en cambio, dice que se nota en la panza en retirada. Adelgazan, por la angustia o coquetería, pero adelgazan. Pienso en eso, mientras Adrián me dice que hace seis meses, luego de una agonía de idas y vueltas, finalmente, se separó. Una relación larga, con hijos grandes. Se terminó. Dice que se la pasó llorando durante varias semanas. Que estuvo muy mal.

“El 24 y el 31 de diciembre pasé con mi vieja, que tiene 90 años y con mi hermano, que no me hablo desde hace por lo menos cinco años. El 24 mi vieja estuvo divina y dentro de todo la zafamos, pero el 31 se descontectó, pobre, y ya a las 11 se fue a dormir. Quedamos yo y mi hermano, mirándonos media hora, sin hablarnos, hasta que él se fue. Estaba solo, me quise ir al balcón y no podía sacar una silla por la puerta, una infelicidad completa, todo estaba mal. Todo”.

Después de esa noche vino lo peor: el insomnio continuo y las ganas de no hacer mucho más que mirar el techo y llorar solo, sin lograr que resulte un desahogo o un alivio, sino una corriente continua de tristeza honda, al parecer, interminable.

“¿Sabés como salí?”, me pregunta. Claro que quiero saber.

“Pensando los muebles de mi nuevo departamento. En serio, me quedaba pensando algo que fuera práctico, que pudiera llevar de un lugar a otro si me tenía que mudar por cualquier motivo. Me puse a dibujar los muebles, a imaginarlos, me contacté con un herrero. Se me fue pasando, mientras me concentraba en eso”.

Los muebles no fueron el único remo inesperado en el naufragio. “El agua también me ayudó…de verdad, me agarré una gastroenteritis fuerte y llegué a la conclusión de que había sido el agua, pero además me di cuenta que ahora me tenía que cuidar solo, entonces empecé a hervir, todas las mañanas, el agua que tomo. Eso me ayudó”. Lo miro desconfiado: la gastroenteritis suena  psicosomática y  hervir el agua, no sé, creo que no puede defender a nadie de las bacterias pesadas del bajón.

“Y hay una cosa más”, dice Adrián.

Qué otra cosa puede ser, qué salvavidas de papel encuentra un tipo que pasa los 50 y se queda solo, tratando de esquivar el acoso de todos los sentimientos ruidosos, que van desde la sensación de abandono, a la culpa y el dolor a secas.

“Me compré un wok”, dice y sonríe. Me quedo mudo, hago un gesto, pero no sé qué decir más que “¿Un wok?”

“Claro, con el wok cocino rápido, sano, alguna carne con verduras o pollo con verduras, cosas que salen ricas y se hacen fácil, cosas que me puedo hacer”.

 Justo me envían un mensaje y me tengo que ir, mientras Adrián me dice que también fue un largo debate con él mismo adonde ubicaba el televisor y qué televisor debía comprar. ¿En el living o en el cuarto? Eligió el cuarto donde se ve el río, donde además come y lo que pasa por la pantalla, más la vista del paisaje y la comida echa al wok, lo auxilia y esconde la soledad. Por lo menos hasta que se acomode al cuerpo sin lastimar, sin hacer daño.

Me sigue hablando mientras comienzo a bajar la escalera.

“El amor es como la policía -me dice casi a los gritos- un mal necesario”.

Vuelvo a casa en auto. La guitarra de Fadermole parece que suena adentro, toca alguna cuerda entre el cuello y la cintura. Casi al final de la canción, él dice “Solo/ como el que se extravió sin darse cuenta/ como un ave ciega en la tormenta/así estoy en el mundo sin tu amor”.

Pienso en el Fabián y la compañía de Cucu; en Adrián y su wok, en volver a casa y sentir lo hermoso que es volver a casa.

Nada de lo humano me es ajeno.

Julián Stoppello

De la Redacción de Entre Ríos Ahora