Por Mariana Bolzán (*)

 “No queremos que nos cures, ni que nos analices, ni que nos expliques ni que nos toleres, ni que nos comprendas. Lo que queremos, machista, es que nos dejes de oprimir, que nos dejes decidir, que nos dejes trabajar y que nos dejes amar”.

A la expresión de la joven le sigue un murmullo, un aplauso, algunos gritos.

El centro de la Plaza de Mayo está concurrido.  Un número importante de mujeres y algunos hombres se dieron cita para la concentración que se transformará en marcha por el Día Internacional de la Mujer. El camino desde la plaza hasta Tribunales será el corolario de una jornada, que desde la Asamblea Participativa de Mujeres  se propuso como de paro, reflexión y protesta.

En la concentración toman la palabra las oradoras. Alcanzan a oírse los reclamos al gobierno nacional, el rechazo al ajuste, la necesidad de recuperar los métodos de lucha históricos de la clase obrera.

Los documentos que se leen reclaman por la igualdad de género en la remuneración de los puestos de trabajo, por la ausencia del Estado en políticas públicas que atiendan y contengan las problemáticas de salud como anticoncepción, aborto, niñez.

Y después, como rasgando la superficie de las palabras y los turnos de habla, está el hartazgo. Se dice “basta” cada tres frases, pero más que oírla, a esa palabra se la siente.

Un hartazgo marcial, activo, se levanta en el aire como consignas al pie del monumento al Libertador. Le hablan a él, a la multitud, a los hombres que las lastiman, a las otras mujeres que las oyen desde los bordes de la plaza y no quieren o no pueden marchar.

La plaza se puebla rápidamente: agrupaciones, sindicatos, mujeres solas, acompañadas con sus parejas, con sus niños, con sus madres y amigas forman parte de un paisaje que a simple vista parece un mar negro y violeta efervescente.

La consigna era llevar alguno de esos colores para identificarse, pero la complejidad de esa multitud es inmensa: “No sé si estoy de acuerdo con todo, pero acá estoy” dice una de las manifestantes, que sostiene un  cartel que reza “Ni una Menos”.

Es el basta -de nuevo- el que atraviesa ese mar: el basta genuino, arrancado verde, enojado, pero muy organizado.

Femicidio, abuso sexual, discriminación, acoso laboral y callejero, ajuste, políticas machistas en salud, desamparo y lentitud del sistema judicial: a todos los reclamos los abraza el basta.

El hartazgo las hermana, pero de ninguna manera las empareja. En la plaza están las que reclaman por el aborto legal y están a las que el aborto no les parece una salida posible. Están las que reivindican a Cristina como cuadro sobresaliente y están las que la detestan. Están las heterosexuales, las bi, las lesbianas, las trans.

Cuando la marcha comienza, puede verse con más nitidez esa diversidad que hace que el exterior se desoriente y les pida –vanamente- que coincidan.

Una mujer levanta una copa desde donde sale un humo blanco que ella mueve con una pluma de manera enérgica “Estoy quemando incienso, mirra y alcanfor para purificar y que se eleven como rezos estos pedidos”.

Una joven que acaba de llegar se anima a que su amiga le pinte sobre el hombro la frase “Arriba las lolas. Abajo las pistolas”. Un grupo de mujeres despliega una cuerda de percusión para marcar el pulso del paso y del baile que muchas otras emprenden.

La calle es una hondonada de cuerpos. Pareciera que algo explotó, que algo les explotó adentro y las juntó.

“Este es un día de lucha, no es de celebración. Sin embargo nos estamos dando cuenta de que empieza a transmitirse esa idea. Porque en definitiva es una celebración estar todas unidas luchando y reivindicando nuestros derechos”, dice Macarena, que se define como militante autónoma y que baila mientras responde las preguntas.

La marcha avanza con la potencia de lo heterogéneo. Y a medida que se abre paso, los cuerpos de hoy parecen mostrar la variación histórica que ha teñido la conmemoración del Día de la Mujer.

En poco más de cien años sentimos la opresión, la dominación y el abuso a un género, que dio lugar luego a su contracara que fueron los cartelitos con flores, las palabras lindas y la exaltación de la figura de la  mujer como sinónimo de belleza, de pureza y como “el motor de la vida” para llegar a este estadío, todavía desordenado, en el que las mujeres dicen: “¡Momento! Si me ves, mirame. No me contemples, mirame de verdad” y exigen, desde sus maternidades o sus no maternidades; desde su trabajo formal o su trabajo en casa; desde sus deseos esperados o fuera de expectativas, que las respeten.

 

(*) especial para Entre Ríos Ahora