La noche anterior había participado de un homenaje. Mario Francisco Mathieu, pasado los 80 años, estaba ciertamente habituado a ese tipo de ceremonias que le obsequiaban el centro de la escena, pero no tenía apego por eso. En 20 años de una actividad intensa y empecinada había construido algo más relevante que la historia de un ciclista consagrado. Llegaba, en su provincia, a la categoría de mito. Entre Ríos no había tenido un deportista de su potencia y alcance. No lo tuvo luego tampoco. No a ese nivel. Pero Mathieu no vivió solamente la vida de un deportista consagrado, con los condimentos que tiene además la ruta sacrificada de un ciclista, entre el polvo de los caminos, las caídas que raspan hasta el filo del hueso, las derrotas como zancadillas y la gloria de subir, muchas veces en este caso, al máximo lugar del podio, que por algo es el que está más cerca del cielo. Mathieu vivió otras vidas, varias vidas: como dirigente deportivo, como dirigente de entidades vitales de la comunidad educativa, como dirigentes de entidades de la vida social, como político, como concejal, como intendente de Paraná, como fuente de consulta y referente de una ciudad que lo nombra al modo de una autoridad indiscutible, un emblema, un símbolo.

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Esa mañana fue, como lo hacia con frecuencia, ya a los 82 años a pedalear al complejo Arnoldo Pucheta. Algún tiempo antes, el trayecto desde su casa -en calle Echagüe- hasta la pista lo recorría en bicicleta, pero a pedido de su esposa y por la crecida de accidentes y atascos en la calle, en los últimos tiempos cargaba su bici en el auto y la bajaba en el velódromo. Qué habrá pensado Mathieu mientras pedaleaba, qué tramo de los 250 mil kilómetros que recorrió en competencia le habrán venido a la mente. Cuál  de las carreras, cuál de los podios, qué caída, que traspié.

La historia que cuenta los recortes, pero que también figura en algunos portales, dice que Mario Mathieu empezó a competir a los 13 años y que apenas un lustro después ganaba su primer campeonato nacional de ruta. Valorar las victorias de un deportista que ganó tan a menudo es tan difícil como elegir una brisa entre todos los vientos, un atardecer naranja en vez de uno azulado o un día de los 365, pero solo uno.

Mathieu ganó treces veces más el argentino de ruta, infinidad de competencias y también tuvo una destacada actuación en Europa y en los EE.UU. Fue campeón americano de ruta en 1940 y en 1941, y entre tantos títulos sobresalen triunfos en la Doble Bragado, la Mar y Sierras y en la Rosario-Santa Fe. En pista ganó dos medallas doradas en los Panamericanos (1940 y 1941) en persecución y triunfó en los Seis Días en bicicleta del Luna Park, en 1943 y 1945, junto con Remigio Saavedra.

También tuvo de las otras y mordió el polvo. Después de un accidente en una carrera en Montevideo fue prácticamente desahuciado: no iba a aguantar. Estaba roto y en coma. Dicen los familiares del ciclista que fue nada menos que Eva Duarte la que envió hasta la cama donde convalecía a los mejores médicos del país: se efectuó el traslado a Buenos Aires y Mathieu no solo resistió el trance sino que volvió a la ruta seis meses después.

Tal vez pensaba en algo de eso don Mario Mathieu, ya a los 82 años, mientras largaba con su bicicleta, como tantas mañanas, sobre el complejo Arnoldo Pucheta. Tal vez no. Quizás en los discos entrelazados, símbolo de los Juegos Olímpicos, porque los pensamientos se asocian, a veces, de modo insólito y a él no se le dio competir en el año 44 en su plenitud de deportiva a causas de la segunda guerra mundial que anulo la cita y si bien se tomó revancha en Londres 48, después de ganar la primera prueba, un pedalista ignoto se lo llevó puesto, con intención y lo dejó afuera. Pero Mathieu no tenía apego a lo que salía mal. Experiencias, eran eso, experiencias.

La competencia cumplió su ciclo después de 20 años. Un deportista de elite, hoy como ayer, sabe de lo difícil que resulta volver a sentir algo parecido alguna vez. No podemos saber si Mathieu volvió a experimentar la intensidad de pedalear en la ruta escapando del pelotón con la mirada fija en la meta donde esperaba la victoria, pero sí sabemos que lo intentó todo. Que vivió otras vidas en funciones disímiles, pero siempre comprometidas: fue presidente de Patronato, de la Asociación Ciclística de Entre Ríos y de la Asociación Paranaense de Básquet; integró el Centro Comercial de Paraná, fue concejal de la ciudad ad´honerem e intendente desde 1968.

Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Mario Mathieu. Fue en un día de enero como hoy, pero de 1917. Lo que siguió a ese origen, es esta vida de película que tuvo muchas instancias o muchas vidas adentro, pero un solo final. El final que sueñan los artistas, los creadores, el final que ese guionista indescifrable que empuña el destino, solo elige para personas así, como Mario Mathieu.

Esa mañana, a los 82 años, Mario Francisco Mathieu comenzó a pedalear en el velódromo como tantas otras, pero antes de llegar a la meta se encontró con la muerte. Lúcido, sano, impecable. Mathieu murió en la bicicleta, con los pies encajados en los pedales y las manos apretando el manubrio. Un doctor amigo de la familia, les explicó que él corazón ya no latía cuando su cuerpo cayó al suelo. Por eso don Mario nunca soltó la bicicleta, sencillamente se fue así, pedaleando.

 

Julián Stoppello de la Redacción de Entre Ríos Ahora