Son las diez de la noche. Un policía, en moto, se ha apostado cerca del monumento a Francisco Bertozzi, en la cabecera de la Cuesta de Izaguirre. Busca camuflarse entre las ramas de los árboles pero dos luces azules, que parpadean con una insistencia agobiante, lo descubren. Dos pibes pasan cerca, y se pierden en la oscuridad absoluta de la Boca del Tigre, escaleras hacia abajo. “Hay que tener cuidado”, dice.

Tiene el celo de un adolescente asustado -el policía tiene rostro de adolescente- aunque está parado en uno de los sectores del Parque Urquiza iluminados por luces amables. Enfrente, por la bicisenda que rodea el Parque Medio, hay un negro profundo: ninguna luz funciona y los muchos que a esta ahora practican aerobismo iluminan su andar con la linterna del celular. Una pareja intenta pasar en bicicleta pero desiste: más allá, el mundo termina en una dimensión extraña, sin luz.

La calle Acuerdo de San Nicolás -que une la Cuesta de Izaguirre (la Bajada del Rowing) con la Costanera Baja, está partida al medio: iluminada en sus extremos, una grieta profunda y negra en el medio. No se puede caminar: imposible trotar. Transitar por ahí es meterse en una road movie Clase B. Los autos que pasan encandilan al peatón, que busca, infructuosamente, seguir el sendero a tientas. Todo el sector del Anfiteatro Héctor Santángelo está en obras de modo que las veredas son una promesa incierta: mejor caminar -trotar- por la calle. Más riesgos.

Cerca del Anfiteatro hay una garita policial: está, claro, sin luz. Una cáscara inútil. Un policía está apostado en un claro que deja la maleza. que crece sin pasión.  Está obligado a estar atento, de pie, y a no distraerse: si mira el celular, y alguien lo descubre -una patrulla que pase sin avisar- supondrá un arresto seguro. Cerca de la garita hay un vehículo estacionado, y adentro del vehículo estacionado, una pareja que ultima amores urgentes.  El policía lleva seis meses adentro de un uniforme: está contento. Dice que tiene casa, auto y un matrimonio que transita entre el hastío y el aburrimiento, pero que mejor eso al abismo.

Antes fue soldado voluntario. Después, preventista. Ahora, desde hace poco, policía. Espera poder cumplir el año, y así evitar una sanción que lo podría dejar afuera: sin sueldo y en ascuas. Tiene un trato maniático con el celular y más de una vez lo han pescado en falta. Que un superior -una patrulla que fisgonea qué hace el resto- descubra que está, verbigracia, chequeando los mensajes de whatsapp, es arresto seguro. Ocho horas en un puesto, otras ocho horas haciendo nada en la Jefatura, ocho horas en casa, y así, durante cinco días. Hace una cuenta rápida, y teme quedar atrapado en el círculo de las sanciones acumuladas que suponen, como en el juego de la oca, la expulsión.

Allá abajo -detrás de la garita, una estructura esquelética que de a ratos descubren, solitaria, los faros de los autos- hay un rectángulo con sobredosis de luz blanca: la cancha del Rowing. Parece otro mundo: es otro mundo. Se escucha música, el rasguño de las suelas de las zapatillas sobre la pista de mosaico, grititos apagados, una juerga de verano.

Allá arriba, la Costanera Alta: un bloque azulado asoma por entre las copas de los árboles. El Howard Johnson es la opulencia del subdesarrollo. Hay autos -muchos, subidos a las veredas-, trapitos, taxistas, putas, luces de neón, gente que es tragada por las puertas vidriadas del casino, una señora que pasea con cuatro doberman, un restorán que balconea desde paredes transparentes hacia la noche negra que se dibuja más abajo. Cuando los comensales abandonen sus mesas y salgan a la noche quieta y húmeda de este enero, buscarán en vano El Rosedal: un manto oscuro ha cubierto todo.

Dos muchachos buscan la luz escasa que llega al Anfiteatro desde el Rowing: insisten en entrenar subiendo y bajando las escalinatas. El agua corroe la piedra: hay un olor nauseabundo. Sobre el escenario hay listones de madera, hierros, materiales de construcción. Un hombre ha puesto una silla de plástico en medio y parece que va a recitar algo. Pero no hay público: es el sereno. En un sector que podría ser el de los sanitarios se ha armado un cobertizo y de lejos se escucha el sonido de un televisor encendido. Sobre una de las terrazas, un hombre en calzoncillos tiende una manta en el piso y se acomoda como un fakir.

Se escucha el croar de las ranas, y el zumbido áspero de los mosquitos. Casi todo está a oscuras. La noche es un territorio de pocos.

 

 

 

Ricardo Leguizamón

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.