“La loca tenía razón, entonces”.

Es siesta de primavera en la plaza central de Lucas González, un puñado de 4.600 habitantes, a 30 kilómetros de Nogoyá.

La plaza central es un espacio abierto y ancho, rodeado por el bulevard Soberanía, que recorre lo que hay que recorrer en Lucas González: en el medio hay un gran mástil sin bandera.

El mástil es el punto de reunión de todos.

Todo lo que pasa en Lucas González pasa en el mástil, que está en un punto equidistante, entre la plaza San Martín y el parque Sarmiento.

Unos pasacalles puestos a ras del piso anuncian que es primavera, aunque es invierno.

El cielo, ahora, es de un azul profundo. Un sol redondo.

Silvia Muñoz solloza a un costado de esa reunión de los muchos que se han concentrado en el mástil de Lucas para recibirlos. Es miércoles, es siesta de miércoles y a poco más de 100 kilómetros de acá, de este pedazo de cemento y verde, en el Tribunal de Juicios y Apelaciones de Gualeguay, se ha leído un fallo histórico: el cura del pueblo, Juan Diego Escobar Gaviria, fue condenado a la pena máxima de 25 años de cárcel por abuso y corrupción de menores.

“Me decían: ´Esa mina está loca, cómo expone así a su hijo´. Bueno, esa mina loca tenía razón”.

Eso dice Silvia Muñoz ahora, siesta de miércoles, cerca del mástil.

María Angélica Pivas había leído, un rato antes, en Gualeguay, el adelanto de sentencia, con un aplomo de otro mundo.  Usó las palabras exactas, sin tecnicismos ni ambages.

“Las conductas fueron cometidas en forma continua y repetitiva”, ilustraron los jueces en su resolución, y llegaron a una conclusión “de carácter incriminatorio y con contenido de certeza, tanto en lo que respecta a la completa ocurrencia de los mismos (los abusos), tal como fueran adjudicados, como en lo atinente a la autoría, concluyendo que Juan Diego Escobar Gaviria, sin hesitar, fue el autor material y penalmente responsable de los hechos ilícitos que se le imputaron”.

Escobar Gaviria, el párroco de Lucas González que durante tres lustros  les dijo a todos, ese puñado de 4.600 habitantes, qué hacer, qué no, con quién acostarse, con quién no, que se metió en las alcobas de todos, y que supo ser censor de vidas ajenas, fue enviado al calabozo durante un cuarto de siglo. Lo condenaron por corromper a menores.

“Escobar Gaviria actuó con intención y voluntad en todos los casos. Quiso lo que hizo, e hizo lo que quiso”, argumentó el tribunal.

Ahora, acá, alrededor del mástil de Lucas González, un cielo azul profundo, un sol redondo, están varios reunidos alrededor de Silvia Muñoz, de Nancy Ruiz Díaz, de Marcos Cabrera, de Oliverio Romero, de Alexis Endrizzi, los familiares y las víctimas que sostuvieron el juicio contra Escobar Gaviria.

Están distendidos y sonríen.

Ha pasado el temblor. Y han salido indemnes, eso parece, aunque se sabe que la procesión los recorre por dentro. Que el dolor todavía los corroe.

“Me acuesto y me despierto pensando en esto”, dice Sandra Mujica. Es la mamá de la quinta víctima que denunció a Escobar Gaviria.

Un proceso judicial puede ser a veces una herida que tarda en sanar.

“Terminó una etapa. Empieza otra”, dice Marcos Cabrera. “Hay que seguir ayudando a los chicos para que puedan salir adelante”, completa, a su lado, Nancy Ruiz Díaz.

Sus vidas estuvieron en suspenso durante los días que duró el juicio. Llegaron a Gualeguay, desde Lucas González, la fría mañana del 22 de agosto. Llegaron todos, los muchos, los que sostuvieron con sus días y sus noches la acusación contra el cura del pueblo, Escobar Gaviria, y ahí se quedaron, en las puertas del Tribunal, los dientes apretados, la angustia en la mirada, esa tensión que asfixia.

Construyeron una especie de hogar ambulante en la vereda de la Plaza Constitución, en los bancos de madera, bajo la sombra de los árboles, frente al edificio de Tribunales. Ahí lloraron, se rieron, se dieron fuerza, tuvieron miedo.

Nancy Ruiz Díaz y Marcos Cabrera abrazaron a Alexis Endrizzi, el principal testigo de cargo de la acusación contra el cura Escobar Gaviria. A Silvia Muñoz y a Oliverio Romero les correspondió abrir el camino del Gólgota: fueron los primeros que denunciaron los abusos de los que había sido víctima su hijo, R, ahora de 12 años.

Ahora, en esta siesta de miércoles, quedan todavía las lágrimas marcadas, la furia que no fue.

Se abrazan en el triunfo pero ni Silvia Muñoz, ni Oliverio Romero, ni Nancy Ruiz Díaz ni Marcos Cabrera ni Alexis Endrizzi han ganado nada. Perdieron mucho: perdieron la inocencia, perdieron alegrías, perdieron los trabajos, quedaron a la intemperie.

Pero Silvia Muñoz, Oliverio Romero, Nancy Ruiz Díaz, Marcos Cabrera, Alexis Endrizzi se han anotado un lugar en la historia judicial de Entre Ríos. Han llevado al calabozo durante un cuarto de siglo al cura del pueblo, y lo han llevado a ese lugar por abusar y corromper a nenes que no habían asomado todavía a la adolescencia.

“Es la condena más alta en el país a un cura por delitos de corrupción y abuso sexual de menores”, confirma el abogado Carlos Lombardi, asesor legal de la Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual Eclesiástico.

Ellos, Silvia Muñoz, Oliverio Romero, Nancy Ruiz Díaz, Marcos Cabrera, Alexis Endrizzi, ahora se abrazan, como se abrazaron con ese abrazo interminable en los Tribunales de Gualeguay cuando escucharon la sentencia. Un abrazo infinito. Un abrazo sanador.

 

 

Foto: Gentileza Santiago García/El Debate Pregón

Ricardo Leguizamón

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.