Miriam Farías tuvo que lidiar con dos demonios: los abusos del cura Juan Diego Escobar Gaviria a su hijo S, y la adicción a las drogas del chico desde los 14 años.

El cura advirtió la flaqueza y se acercó a la familia. Le dijo a Miriam Farías que su hijo tenía un “don”, eso le dijo, “un don que nadie tenía, aún más poderoso que el que él tenía”. Que S. tenía un don.

Miriam Farías lo supo embustero desde el vamos al cura, cuando visitó su casa y le dijo que su hermano, que se había suicidado a los 16 años, se había “olvidado algo” allí. Nada de eso: su hermano no se había suicidado en Lucas González sino en el campo.

Como fuere, el cura fue ganándose la confianza, y acercando a S. hasta la parroquia, y en la búsqueda de encuentros a solas, logró rodearlo, y avanzó sobre S., que se las ingenió para apartarlo a tiempo, para zafar de su agobio.

Pero un día estalló. No soportó más los avances de Escobar Gaviria.

Ese día S. encolerizó y le pidió a su madre hacer la denuncia, pero Miriam Farías pensó que mejor no, por “vergüenza” no quiso denunciar al cura por abusador.

El sitio de los abusos era la habitación Escobar Gaviria en la casa parroquial de San Lucas Evangelista, en Lucas González.

Alexis Endrizzi, una de las víctimas, ya mayor de edad, recuerda al detalle cómo eran los aposentos del cura párroco. “Estos hechos ocurrían en la pieza de él, de la casa parroquial. Tenía una puerta de madera, una ventana a la izquierda, otra a la derecha, que tenía la cama, un ropero metido en la pared, la mesita de luz, otra mesa, arriba de la cama un rosario, un calefactor, un perchero para colgar la ropa. Entrabas por la cocina, que era chiquita, un pasillo, el living, una mesa grande, dos computadoras, una tele, la estufa hogar, entrabas a una puerta a mano izquierda, estaba la pieza de él, a mano derecha, la pieza en donde rezaba y entre medio de las dos puertas, el baño. La casa tenía puertas de madera adentro. Se cerraban con llave y las trababa con una maderita a la madrugada para que no entrara nadie o a cualquier hora del día que él (Alexis) estaba siendo abusado”.

Pero había otro elemento, llamativo, que recordó Alexis en su declaración ante el Tribunal de Juicios y Apelaciones de Gualeguay, durante las jornadas de debate que se desarrollaron entre el 22 y el 28 de agosto, y que concluyeron el 6 de septiembre, con la condena a 25 años de prisión para el cura, acusado de abuso sexual y promoción a la corrupción de menores.

Escobar Gaviria controlaba todo lo que pasaba en la casa parroquial por medio de cámaras de video.

“Había cámaras en la casa –recordó Alexis–. Las cámaras se veían desde la pieza de él; había una computadora o tele sostenida por un fierro, (en la) que se veían las imágenes. Cuando abusaba, si estaba en la pieza de él, controlaba el sistema; si estaba donde armaba las misas, no. Lo hizo recostar, muchas veces, en la cama y lo besaba en la boca, en el cuello, le pasaba la lengua por la oreja y le hacía sexo oral y después que acababa lo corría para el lado de la pared y se acostaba al lado y se masturbaba. Que no recuerda si le digo algo que le llame la atención”.

Los abusos, recordó, ocurrían en la habitación del sacerdote, que era “donde guardaba plata y tenía la computadora. Esa pieza está desordenada en relación a cuando iba él. No estaba la silla, había un banquito. Esa era la habitación donde preparaba la misa, tenía una computadora, una impresora y el monitor donde miraba las cámaras”.

WMC, 22 años, no quiso constituirse en denunciante, a pesar de soportar los abusos del cura, pero fue testigo de parte de la acusación.  WMC contó en Tribunales que lograba “controlar la situación” ante los embates del cura cuando quedaban a solas. “Una vez, se enojó porque yo no quería, se dio vuelta y empezaron a hablar, y él (Escobar Gaviria) le dijo que era una debilidad de él. Cuando le insistía, le decía que por qué no quería. Si tenía miedo que alguien se entere y él le decía que no quería porque no le gustaba (…).Terminaron hablando de su problema, que era una debilidad de él y él le pregunto si no tenía miedo y dijo que le rezaba todos los días a Dios porque sabía que era una debilidad de él”.

WMC contó que cuando el cura lo tocaba, “estaban en la  habitación de él y si no donde tenía la computadora, que (era el lugar donde) hacía el programa para la misa. Cuando lo tocaba, no podía ver nadie porque estaba la puerta del dormitorio y más atrás otra puerta donde estaba la computadora. Eran puertas placa. La del dormitorio que daba al living trabada y de afuera no se podía abrir. La otra no recuerda, porque casi nunca estaba cerrada, estaba cejada. Cuando lo tocaba antes de la misa era rápido, entraba algún chico a saludar pero no alcanzaban a ver nada porque sacaba la mano enseguida. Él quería disimular, escondiendo que nadie vea lo que estaba haciendo. Había cámaras en la casa parroquial; alarmas, no sabe. Las cámaras se controlaban desde el lugar donde estaba el escritorio”.

Los datos son apenas una aproximación al horror que ocurría cada día en la habitación del cura Escobar Gaviria, donde abusaba de los monaguillos de la parroquia San Lucas Evangelista. La Justicia probó cuatro casos, pero ahora está en camino la apertura de una nueva investigación penal. Aunque el sacerdote ya carga con una condena del Tribunal de Juicios y Apelaciones de Gualeguay, que le impuso la pena de 25 años de prisión. La sentencia no está firme, porque puede ser apelada por la defensa.

Pero el cura sigue en la Unidad Penal de Victoria, con prisión preventiva hasta que la sentencia adquiera firmeza. Entonces, empezará a cumplir la condena a 25 años.

 
De la Redacción de Entre Ríos Ahora.