Por Silvio Méndez (*)

 

Festejar un aniversario, una meta cumplida, celebrar una actividad, un oficio, en la gran mayoría de los casos representa un aliciente, un momento de dicha y de encuentros.

Pero resulta a veces que las celebraciones obligadas por el calendario, no siempre se presentan en un bueno momento para la festividad colectiva en torno a un quehacer, por caso, compartido.

Este, el de este 7 de junio de 2017, parece ser uno de esos momentos. Este Día del Periodista se da en un tiempo por demás dudoso en cuanto invitación a participar relajadamente de un agasajo, por cuanto el trabajo del periodista  atraviesa hoy circunstancias aciagas.

Sin caer en el melodrama, ni tampoco en esa melancolía nostalgiosa –de quienes vaciados de ideas ensalzan éste, un oficio terrestre como tantos otros–, se habrá de acordar que hoy es uno de los laburos peores pagos, que se desarrolla en condiciones por debajo de las mínimas y que se encuentra frente a un horizonte cercano poco alentador.

Tampoco es beneficioso el saldo si se piensa en un oficio atravesado por una vertiginosa transformación tecnológica y de los consumos culturales, donde se llevan puesto esto que acordábamos eran los contornos que le daban una presencia y rol en la vida social.

En una tendencia nefasta, la noticia, la producción de información de interés público, cada vez más es redefinida por tecnócratas que jerarquizan los datos noticiables según la cantidad de likes, las visualizaciones de una imagen de alto impacto o las visitas a los sitios web a fuerza de titulares incógnita o engañosos.

La provocación, los instintos básicos de reacción tan rápida como fugaz, parecen “vender” más que las propuestas de acceder a información calificada o con cierta invitación a la reflexión.

El oficio, practicado honestamente, además de no llenar la heladera, hoy parece verse sobrepasado en su métier por pautas donde el morbo se impone como un valor sobre el interés común, donde lo espectacular prevalece en la agenda de lo importante de la cuestión pública, en donde en esa mesa de editores, real o imaginaria, se presenta como un mundo sin periodistas.

Como se dice en la cancha, hoy otros juicios están ganando por goleada. Y si bien puede decirse que como forma de sustento nunca habitó una “zona de confort”, el periodismo como oficio se sostenía, con sus resistencias y tensiones, en comunicar y en hacer público lo que desde distintos sectores e intereses siempre se pretende que no se sepa nada.

Este trabajo, tal como lo conocemos, es una especie en peligro de extinción. Es una criatura en retirada que se agazapa en un territorio cada vez más hostil.

Celebremos entonces, si en un tiempo no muy lejano, no somos expuestos como dinosaurios, en maquetas a escala que sólo pueden mover sus patitas y sus ojitos articulados.

 

 

(*) Periodista. En Twitter: @silviomzen