“Por favor, sáquenme de acá, porque acá me muero”.

Sofía vio llegar a un oficial de justicia y a un par de policías a la casa adonde había llegado en Semana Santa para pasar unos días.

Ya no era Semana Santa. No había días santos.

Los días de Sofía habían dejado de ser santos.

De un modo vertiginoso, el tiempo había pasado. Era agosto.

Sofía había marcado cada día con la dedicación de los iniciados.

Llevaba una contabilidad prolija, obsesiva: tres meses y cuatro días.

Como en “Misery”, de Stephen King, el viaje aquel de Semana Santa había virado  hacia otra cosa: algo sórdido.

Durante tres meses y cuatro días, contó después, lúcida, una hermana, una sobrina, un abogado, no mucho más, se las ingeniaron para retenerla contra su voluntad.

Sofía tiene 82 años, ningún hijo propio, un marido muerto y un lote de propiedades que, ahora cayó en la cuenta, despierta apetencias entre los propios.

Es dueña de una estancia de más de mil hectáreas en Nogoyá, varias propiedades y ningún hijo propio. Se casó, como dicen los papeles oficiales, en segundas nupcias con un hombre que ya tenía cuatro hijos de un matrimonio anterior.

Quienes la tratan con frecuencia, dicen que es muy sociable, tiene un caracter expansivo, muchas amigas.

Pero todo eso quedó entre paréntesis durante tres meses y cuatro días.

Fue aquella vez, la última Semana Santa, cuando aceptó el convite de su hermana y de una sobrina: viajar a otra ciudad, viajar un poco más de 100 kilómetros, a Paraná.

Sofía viajó, dispuesta a pasar Semana Santa en casa de su sobrina. La convenció su hermana.

–Dale, venite, pasas unos días con tu sobrina, y después volvés a tu casa –le dijo.

Sofía hizo caso. Viajó en Semana Santa.

Acá estuvo durante larguísimos tres meses y cuatro días.

Sofía contó, con la paciencia de un cartujo, cada uno de los días y las noches que pasó fuera de casa.

Dijo que primero no se dio cuenta: era una visita familiar, nada más. Después, sí, la opresión, la falta de aire, los límites próximos. No pudo volver a su casa, en Nogoyá, durante tres meses y cuatro días.

La fueron rodeando, aislándola, de muchos modos.

Empezaron a correr la versión de que estaba enferma. Eso dicen sus amigas más íntimas en Nogoyá. Esa la explicación para su ausencia tan prolongada.

–Está mal, pobre, está viejita –argumentaban.

Primero fueron por su ropa, después por sus documentos y más tarde, por los papeles de sus propiedades, todo eso que Sofía había dejado en Nogoyá cuando salió para pasar unos días de Semana Santa con su familia..

Sofía no sabe cómo pero firmó la enajenación de varias propiedades.

“En Nogoyá empezó a correr el rumor: decían que Sofía estaba muy mal de salud, que su salud se había deteriorado. En realidad, hicieron correr el rumor de que la mujer había enloquecido. Claro, alguna gente se lo creyó: es una mujer grande. Además, mostraban unos certificados médicos que decían que sí, que efectivamente estaba mal de la cabeza. Pero sus amigas, las más cercanas, las que la conocen, dudaron: les hacía ruido eso de que estaba mal de la cabeza. La sabían lúcida, muy activa, y no les cerraba eso de la enfermedad”, contó una fuente de la Justicia que abrió una investigación por presunta privación ilegal de la libertad, una causa que, sin embargo, podría ampliarse a otros delitos.

Sofía se fue apagando, y perdiendo contacto con sus amigas de Nogoyá. Los días pasaban y casi no podía ver la luz del sol. Permanecía encerrada en una habitación, dizque medicada, y la comida la recibía por un ventanuco.

Los días oscuros de Sofía, aislada de todo, de todos.

Hasta que un día, su cancerbero bajó la guardia y Sofía pudo tomar un teléfono, y avisó a una amiga qué le pasaba.

La amiga hizo una cadena de llamados.
Se enteró un fiscal, Federico Uriburu, de la Unidad Fiscal de Nogoyá.

Uriburu hizo lo que tuvo a mano en Nogoyá, pero Sofía estaba en Paraná, así que comenzó a trabajar en coordinación con Juan Francisco Ramírez Montrull, de la Unidad Fiscal de la capital provincial.

Ramírez Montrull amplió la investigación y ordenó el allanamiento en la casa donde estaba  Sofía y le permitió volver a su casa.

La liberación fue el primer viernes de agosto.

Una perito psicóloga confirmó que estaba en sus cabales Sofía. Que ni loca. Que ni enferma.

Entonces, ya liberada, Sofía volvió a su casa, en Nogoyá, conciente de que había vivido secuestrada durante tres meses y cuatro días, y que todo lo que vivió fue como una pésima telenovela de la tarde.

Pero en vivo y en directo. Aquí y ahora.

Su hermana, su sobrina, un abogado, certificados médicos, bienes enajenados, cerraduras cambiadas. Todo eso pasó mientras ella estuvo en otro lado. Aquel viaje de Semana Santa.

Sofía cree que en esos tres meses y cuatro días fue medicada, y que concretó actos de los que no fue conciente, como firmar la transferencia de parte de sus propiedades.

La Justicia, a veces, puede avanzar con pocos elementos, y poner a salvo una vida.

La de Sofía.

 

 

Ricardo Leguizamón

De la Redacción de Entre Ríos Ahora.