Estamos en una iglesia, mirando hacia un altar sobrecargado de imágenes, con estructuras doradas y plateadas, que reservan sus pedestales para las figuras sagradas. Cruzamos el umbral observando las diferencias entre este templo jesuita del siglo XVIII, con la galería de iglesias que hemos visto hasta aquí y alguna vez. En mi caso no son tantas.

La iglesia de San Ignacio de Velasco, en la Chiquitania boliviana –lado opuesto de la Bolivia turística y andina, casi al límite con Brasil y Paraguay- no es la mejor versión de las restauraciones iniciadas hacia finales del siglo pasado. De camino, en Concepción, sí pudimos apreciar la magnitud de una obra que remite fielmente a las misiones jesuíticas, no ya solamente alrededor del templo, sino al pueblo en su totalidad. Las galerías con cubiertas de tejas, las columnas de madera invencible, las paredes rotundas. La visión del pasado no ya como una idea yerta y en decadencia, sino como presente continuo y testimonio de la historia que mantiene su respiración y su aura.

San Ignacio de Velasco está a unas nueve horas por tierra de Santa Cruz de la Sierra, donde aterrizó el avión que despegó en Buenos Aires. El camino, a la salida de la ciudad, tiene un corredor de tolderías. Se veía gente cocinando y venta de todo un poco. Se oía el zumbido de las motos levantando polvareda. La primera parte de la ruta está en malas condiciones y de vez en cuando hubo que frenar porque una soga sugería la interrupción, leve, pero interrupción al fin. A la soga la sostenía, generalmente, un hombre sentado bajo el sol poderoso de la mañana. Cobraba el peaje, calculado a ojo de buen cubero y según destino del coche, para luego habilitar el paso, con la soga desmayada en el asfalto.

Miguel, que vive en Santa Cruz y conoce la zona, señalaba alrededor y decía “soia”. “Todo soia”. Donde no había pobladores, ahora los hay. Menudos pueblos, organizados a raíz de la llegada de pequeños productores con parcelas modestas que en su totalidad conforman, finalmente, grandes territorios de la soja para beneficio de otros: productores poderosos, verdaderos ganadores del modelo.

Esta zona estaba completamente olvidada, decía Miguel. El oriente boliviano casi no asoma como destino en la bitácora de los visitantes, que por lo general acuden a la oferta de paisaje y la cultura del altiplano. Pero Miguel no refiere solo a los turistas. Sin embargo, a finales del siglo pasado, desde la década del 70´, comenzó a gestarse una gran obra con propósito de restituir el valor histórico protegido en el silencio de la Chiquitania.

En esa región se hallaban las últimas reducciones jesuíticas y, a diferencia de lo que había transcurrido en países hermanos donde solo quedaban ruinas de esa historia, aquí se encontraban bases más firmes y menos ruinosas como para inspirar una posible reconstrucción. Poco más de 200 años después de la expulsión de los hermanos de la Compañía de Jesús -llegados a la Chiquitania hacia finales del siglo XVII a evangelizar pueblos originarios en medio de la selva -, comenzó la restauración de los templos.

En ese proceso, que decantó en la declaración de seis pueblos y seis iglesias como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, hubo un hallazgo tan inesperado como poderoso: miles y miles de partituras de música barroca que no expresaban únicamente el universo creativo de origen europeo. Se encontró música creada por chiquitanos y un sincretismo que inauguraba otra instancia del barroco. Así se lee en las invitaciones al Festival de Música Renacentista y Barroca Americana que se realiza en la región de Chiquitos.

“Los pueblos originarios sabían de la armonía del paisaje, tenían sus propias instrumentos y a la vez aprendían con muchísima facilidad la música que venían a proponer los jesuitas. De esa mezcla viene el barroco chiquitano”, dice Miguel, ya en la iglesia de San Ignacio Velasco.

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Hay niños y adolecentes. Están vestidos íntegramente de negro. Llevan violines y violas. También hay un cello. El secretario de Cultura presenta entonces a la orquesta municipal de San Ignacio. Hay otras cuatro más en la zona. Es el orgullo de un pueblo pequeño. Algunos de estos chicos han tocado en Europa y tienen propuestas de becas para seguir una carrera de arte. Ejecutan un barroco chiquitano, después tocan Bach y antes de emprender una pieza de la película La Misión, por la puerta principal del templo entra un coro de niños, todos de blanco. El público son padres, familiares y una comitiva de unas 20 personas que están ocasionalmente en el pueblo por un encuentro con ejes ambientales y de sustentabilidad.

Los visitantes se emociones, se ponen de pie. La música viene desde las paredes, de las figuras santas con la mirada fija y de las columnas de maderas que sostienen más de 300 años de historias. La música viene de los niños que apenas abren la boca y llenan el templo de una emoción desconocida que bucea en los orígenes que no habíamos advertido, pero están allí.

La función termina con bailes típicos en la puerta de la iglesia. Vamos a cenar. Nos avisan que hay rutas cortadas. Los transportistas interrumpieron el camino que hicimos algunas horas atrás y otros más también, reclamando que las autoridades cumplan con la promesa de reparar trazas, por tramos, directamente intransitables. El Gobierno de Evo Morales envió a despejar y nos cuentan que ya  hay diez detenidos. “Esto va para largo, me parece que vamos a tener que cambiar los pasajes de vuelta”, dice uno de los organizadores del encuentro.

Un compañero de trabajo me llama desde Paraná para que escriba algo sobre la repercusión en Bolivia del conflicto que está en la tapa de los diarios argentinos: Morales no acepta atender gratis a los argentinos en los hospitales, se resume. Hay un escándalo con eso. Aquí no escucho ningún comentario al respecto, sí se habla del corte de los transportistas y lo más cerca al tema salud que tengo a mano es el paro de los médicos bolivianos que duró más de 40 días por una amenaza de sanciones fuertísimas a la mala práctica profesional. Vi que los negocios del centro en Santa Cruz tenías adhesivos con la leyenda: Yo apoyo a mi médico.

No puedo escribir de lo que piensan en Bolivia sobre Evo o Macri. Ni si quiera de lo que piensan aquí en un pequeño pueblo de la Chiquitania, alguna vez olvidada en su espíritu selvático, pero ya erguida sobre los templos de la historia y la fuerza del arte intercultural.

En la cena alguien habla de la autoestima de los pueblos y de la pérdida de confianza. De como en Sudamérica los signos de orgullo asoman, solamente, cuando se avanza en función de la meca civilizatoria europea. La identidad autóctona a veces se borra o directamente se desdeña. Aquí, mientras la música de Chiquitos sonaba en el templo, sucedía otra cosa. De eso tal vez sí puedo escribir alguna cosa. Una sensación, un síntoma de orgullo que se eleva en la expansión de las melodías y la belleza.

 

Julián Stoppello de la Redacción de Entre Ríos Ahora