Es viernes y el olor a bizcochuelo saliendo del horno es lo primero que se percibe en la puerta de entrada de la casa de calle Libertad 272, sede de Suma de Voluntades, una organización que funciona desde 2010 y que tiene como “principal objetivo socorrer a los sectores más vulnerados, sobre todo a la niñez desamparada”. Desde marzo de 2016, también se dedicó a asistir con alimentos, ropa y compañía a las personas que están en la calle.

 

Entre ese aroma a torta recién hecha y un trajín de gente preparándose para otra recorrida nocturna por la ciudad ofreciendo comida caliente, preparada los días viernes por la gente de la cárcel de varones, está Guillermo, como un integrante más de la organización, ayudando a poner a punto los últimos detalles.

 

Está con una cara distinta, “soy otro”, dice, en la charla con integrantes de la Defensoría del Pueblo de Paraná.

 

 

 

Aquí, algo de su historia.


 

Guillermo López tiene 50 años y nació en Santiago de Chile. Llegó a Argentina a los 22, “en busca de horizontes”, cuenta, y agrega que su sueño era seguir por EE.UU y alcanzar  Europa. Pero su destino fue Paraná, después de haber estado en Mar del Plata, Rosario y Santa Fe. En ese raid, hizo changas: trabajó de albañil, de pintor, cortó el pasto, entre otras cosas. Y también conoció gente y modos de vida que -comenta- lo llevaron por las adicciones. Consumió droga y pudo dejarla cuando se instaló en Paraná, no así el alcohol, que lo terminó empujando a la calle, lejos de su pareja y de su hijo.

 

Sufrió hambre, estuvo sucio y más de una vez se vio con el cuerpo duro, las manos rojas e hinchada, por el frío. Ofrecía estampitas en la parada de colectivo de la Plaza 1º de Mayo y después se dejaba caer en un banco de la Plaza con otros hombres, tan desahuciados como él, con la sola compañía de la caja de vino a cualquier hora, a toda hora en lo posible.

 

Tomó mucho alcohol, todo lo que pudo y más, hasta que una noche del año pasado, se vio sentado en un rincón del Hospital San Martín, un lugar que cobijó sin proponérselo con techo y comida a muchos desamparados. Fue hasta octubre de 2016, cuando una orden de la dirección del nosocomio prohibió que una decena o más de personas de la calle se siguieran quedando por las noches en la sala de espera.

 

Pero antes de esa decisión, recuerda Guillermo que estaba en el San Martín, una noche de frío, frente a una bandeja de comida que le había dejado la gente de Suma de Voluntades. “Me puse a comer y a leer un poco. Mientras hacía eso, miro enfrente a un viejito que se agachaba y estaba con la botella. Y yo tenía otra botella de vino, la mía. Él tomaba y tocía.  Yo lo miraba y pensaba: qué estoy haciendo acá. Pensaba en mi familia, mis hermanos, mi mamá, mi casa. Iba a tomar un trago y dije: ´no´, y pedí: ´Dios ayudame, quiero salir de esto´. Me paré, fui al baño, destapé la botella y la volqué. Algo pasó en mí, me desperté”, relata con lágrimas llenándole los ojos  y cerrando su garganta.

 

Y continúa: “Me fui, estaba oscuro y salí a caminar y caminar. Llegué a la zona del Mercado Central (el shopping), estaba apoyado, y vino un hombre  y me encargó que le cuide la moto y me dio plata. Y entonces pensé que podía trabajar de eso (cuidacoche). Nos hicimos amigos con ese hombre, nos sacamos una foto. Y después seguí trabajando y no tomé más”.

 

 

La pelea contra el alcohol.


 

“La abstinencia me la banqué solito”, afirma y describe que cómo fue: “Donde estaba yo, estaba el demonio. Es un demonio que te sigue y te dice hacelo, tomá; y entonces, te encontrás con un compañero que te dice tomate un trago, dale, que te pregunta y recrimina: ahora a vos qué te pasa, qué te comiste vos?”.

 

Entiende que su cambio fue parte de un proceso en el que se cruzó con gente, que lo ayudó a avizorar otra forma de vida.

 

En 2015, acudió a la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Paraná en busca de ayuda para tramitar la documentación referida a su situación de inmigrante. Ese primer contacto fue el puntapié de una relación que incluyó asesoramiento, conversaciones y acompañamiento por parte del equipo de la institución.

 

Paralelamente, en la calle, se encontró con gente de Suma de Voluntades, que le acercó más que un plato de comida: “Ellos me trajeron (la noche en que decidió dejar el alcohol) una sopa calentita porque sabían que a mí me gustaba. Ellos sabían que yo estaba cambiando”, aclara.

 

También, en la calle, conoció a integrantes de un grupo adventistas que le hablaron de Dios, de que iba a poder dejar de tomar, y lo llevaron al templo, a volver a creer en él, en sus fuerzas. Y cuenta una anécdota que le tocó el corazón: “Un día, yo estaba en la Plaza, como siempre, y los adventistas me llamaron y me llevaron hasta un auto. Prendieron una computadora y ahí estaba mi mamá hablándome y me decía: ‘Qué te pasó, hijo, venite para acá, acá tenés todo´. Me saltaron las lágrimas, no podía creer, ella sabía que estaba durmiendo en la calle”.

 

La emoción vuelve al cuerpo de  Guillermo ante el gesto de los integrantes del grupo religioso, quienes habían dado con su casa en Chile y habían grabado el  mensaje de su madre. Concluye que buscaban darle un sacudón para sacarlo de dónde estaba.

 

 

 

Otro.


 

Ya sin alcohol encima se sintió otro: pudo arreglar su cabello, mantenerse bien afeitado y vestido con ropa limpia y prolija. Encontró un lugar en la casa de su compadre y pudo encontrarse también con su hijo de 17 años.

 

Cuando recién estaba transitado ese cambio, le llegó la invitación de Suma de Voluntades para integrarse al grupo, para ser uno más en el trabajo de la institución. La primera propuesta fue para asistir a una reunión en la casa de calle Libertad y una vez allí, a sumarse como voluntario.

 

Desde entonces, ayuda en la cocina, en la organización de juguetes y ropa donados, en las jornadas de los sábados en el Volcadero, con los chicos de uno de los barrios más pobres de la ciudad, y en las recorridas nocturnas donde alcanza un plato de comida a quienes permanecen en la calle.

 

Guillermo dice que se siente orgulloso de sí mismo, de lo que está haciendo. Y se arrepiente de cosas que hizo: “El alcohol me mandó a hacer cosas que no debía hacer”. Y menciona la cárcel, como lo más feo que le tocó vivir. Estuvo más de un año preso por robar y dice que lo hizo para comprar alcohol o por hambre.

 

Ahora, en esta nueva etapa, donde se siente renovado, quiere estudiar, terminar la primaria y, lo urgente, encontrar un trabajo.

 

“Guille es uno más de nosotros”, reafirman Silvina Fernández y Beatriz Franco, integrantes de Suma de Voluntades, entusiasmadas por el cambio de Guillermo. Comentan que la situación de la gente que vive en la calle sigue igual, que bridan entre 60 y 70 raciones por noche y que otra vez no sabe qué pasará cuando se instale el frío. El lugar que la Municipalidad abrió el año pasado como albergue para atender la urgencia no ha funcionado en los últimos meses y todavía no hay novedades al respecto. La preocupación es compartida por la Defensoría del Pueblo, institución que viene solicitando desde hace años soluciones integrales y de fondo para la problemática, como también otras organizaciones dedicadas a tender una mano a las personas que viven en la calle.

 

 

 

Marta Marozzini