Por Claudio Puntel (*)
Este martes, el presidente Mauricio Macri, al presentar los resultados de la evaluación Aprender, dijo una frase que repercutió negativamente. Aprender dio pobres resultados de aprendizaje en los alumnos, y según apuntó Macri, estos “pobres” resultados se agravan en la escuela estatal, lo que refleja la “terrible inequidad” entre quien puede ir a la privada, donde 2 cada 10 estudiantes de primaria tiene problemas en lengua, y el que “tiene que caer” en la pública, donde la cifra asciende a 4 de cada 10.
A propósito de caer en la escuela pública, este texto de Claudio Puntel:

Si me pusiera a repetir los dichos del presidente, tendría que decir que a mí me tiraron a una escuela pública. No fue casualidad, fue la elección de mi familia.
Agradezco a mi abuelo Guido por haber construido nuestra casa frente a la Escuela Provincial N° 141 “Genaro Berón de Astrada”. Allí transité desde el Jardín de Infantes hasta 7° grado y conocí a los más hermosos atorrantes que encontré en la vida. Gracias a mi escuela provincial, hoy puedo decir que soy amigo de toda la vida de Víctor Prigioni, Cuchi Ponce , Toco Godoy, Anibal Barros, Nelo López y los recordados Juan Aranda y Cursinho Marceñuk.
Mi escuela fue democratizándose con los cambios sociales; en 1970, un muro dividía el patio de las chicas del de los varones; a los dos años, todos jugábamos en un mismo patio.
Si a vos te parece que Villa Calma; Barrio Arroyito, la Tablada, el Cerro, el Piñeral, la Picardía, las Ranas o el Puente Andresito quedan lejos, para mí estaban al alcance de las manos porque desde esos lugares llegaban cada tarde mis compañeros en un carnaval de risotadas, pateando piedras y tocando timbres ajenos.

Aprendí muchas cosas en mi escuela. Primero de todo supe de una que “naides es más que naides”, una verdad que me rigió toda la vida. Siendo el hijo de la maestra recibía los mismos retos que el hijo del zapatero o del changarín de la esquina del correo. Nos igualaba hasta el guardapolvo que era blanco los lunes y llegaba al viernes con un furioso marrón rojizo.
Antes que a grandes filósofos aprendí a admirar la sabiduría de Catalina y Rubén Godoy, que no fueron porteros, sino una institución en la Provincial. Cruzaban las galerías con las manos cargadas de tizas de colores o con una enorme jarra de mate cocido bien espumoso. Eran los únicos autorizados a hacer tañer la campana y administrar los tiempos de ir a la fila o salir a los recreos.
Mis padres eligieron para mí esa escuela pública donde, en las clases de Ahorro aprendí con “el albañilito” de D’Amicis que “el trabajo no mancha”; en las clases de Educación Agraria aprendimos a hacer un almácigo, a transplantar la lechuga y a cuidar que la helada no dañe los tomates. Con el maestro Silva supimos trabajar la madera y usar una garlopa o un escoplo sin lastimarnos. En esa misma carpintería de mi escuela pública, saboreé los mejores tangos de Gardel en la voz de otro mocoso de nuestra edad que se trepaba a cantar sobre el banco de trabajo.
El patio de Educación Física, desierto en los recreos era el lugar donde aprendimos a dirimir pleitos a piñas; algo que sucedía muy de vez en cuando. Y fue ahí, sobre todo, donde la vida nos enseñó a arrepentirnos de la provocación injusta y que es bien de guapos abrazarnos y perdonarnos con el contrincante.
Digo que la vida volverá a ser tan justa como nos parecía en la Berón de Astrada y tendremos gobernantes formados en la escuela pública; gente que no valorará como caída el educarse ahí donde la gurisada del pueblo aprenden a leer, a escribir y sabe de memoria que el comedor escolar es para todos.
Agradezco a Patricia por su invitación a contar,en qué escuelas,nos tocó caer.

(*) Secretario general de la seccional Paraná de la Asociación Gremial del Magisterio de Entre Ríos (Agmer). La escuela pública a la que asistió Puntel está en Santo Tomé, Corrientes.