El antivacunismo no es una novedad. Los cuestionadores y detractores existieron en todo el mundo desde que se desarrollaron las primeras vacunas. En nuestro país hay registro de estas posiciones desde principios del siglo XIX, cuando empezaban a llegar dosis contra la viruela. Hoy, lo inédito está dado por su nivel de visibilidad e injerencia, que tuvo como máxima expresión su llegada al Congreso de la Nación a fines del año pasado, con aval gubernamental, para montar un show antivacunas cuyo carácter bizarro no anula su riesgo sanitario.
El ministro de Salud, Mario Lugones, busca distanciarse de ese discurso. «Se nos calificó de antivacunas, cuando las vacunas forman parte central de la política sanitaria nacional», escribió hace días en su cuenta de X. Sin embargo, el Gobierno que integra permite y hasta fomenta en algunos casos el antivacunismo. Su propia gestión decidió hace pocas semanas achicar y degradar la Comisión Nacional de Inmunizaciones, pese a los cuestionamientos de las principales sociedades científicas.
Todo esto, mientras los efectos de las caídas en las coberturas ‒no solo a nivel local‒ se manifiestan en el recrudecimiento de enfermedades que parecían cosa del pasado, como el sarampión. O la tos convulsa, que en la Argentina ya se llevó la vida de once bebés durante 2025. Este es el contexto en el que el antivacunismo avanza.
Efecto pandemia
Quienes disertaron en el evento antivacunas que se llevó a cabo en la Cámara de Diputados a fines de noviembre fueron en su mayoría exponentes de un sector que ganó visibilidad durante la pandemia de covid-19.
«No hay antecedentes de un movimiento negacionista tan notorio y con tanta difusión en los medios como el que se vio entonces en el Monumento a la Bandera. El consenso general dentro de la profesión es quitarles notoriedad. Queremos que se agote en sí mismo este movimiento que no tiene ningún sentido desde lo científico», decía por entonces Norberto Melli, del Colegio de Médicos de la Provincia de Buenos Aires.
Pero aquel movimiento no se agotó. Una de sus voceras, Chinda Brandolino, fue expositora en el encuentro organizado por la diputada del PRO Marilú Quiroz en la Cámara Baja. Aunque el título de la convocatoria era «¿Qué contienen realmente las vacunas covid-19?», los discursos apuntaron contra la vacunación en general.
Brandolino, conocida además por sus posturas contra el derecho al aborto y a favor del nazismo, dijo en el Congreso: «Es intención de este encuentro pedir la derogación de la obligatoriedad de las vacunas. Que se vacune el que quiera».
Pasado y presente
Esa premisa va en contra del efecto inmunizador de la vacuna en la comunidad. Se sabe desde el siglo XIX. «El rosismo llevó a cabo importantes campañas de vacunación contra la viruela, pero la práctica ya estaba presente desde tiempos rivadavianos», dice la historiadora Sofía Gastellu. «A mediados de la década de 1830 –repasa‒, Rosas ordenó a los jueces de paz, alcaldes y tenientes de la ciudad que “hagan entender a todos los vecinos” que, para cortar la propagación de “la peste de viruela que se siente en esta ciudad”, debían “vacunar a todos los niños que no lo estén”. El rosismo vacunó a sus niños, a su población criolla y a los indígenas».
«Los movimientos antivacunas –en plural, porque las razones por las que militan la no vacunación son diversas‒ vienen de hace rato. Pero hubo un momento clave: cuando el médico británico Andrew Wakefield relacionó el autismo con la vacunación triple viral. Dijo que la vacuna contra el sarampión provocaba autismo. Hubo una investigación y se vio que había tergiversado datos, cambiado historias clínicas donde el autismo estaba diagnosticado con anterioridad a la vacuna, incluso se supo que había sido pagado por abogados de una familia que quería demandar a una farmacéutica y que unos meses antes había patentado una vacuna que él había desarrollado contra el sarampión», relata Daniela Hozbor, doctora en Ciencias Bioquímicas y experta en vacunología. «Diez años después le sacaron la licencia para ejercer la medicina, pero todavía tenemos secuelas de ese ataque contra las vacunas», advierte.
La exposición que más se viralizó tras el encuentro en Diputados fue la de un hombre que se quitó la remera para mostrar que el celular se adhería a su cuerpo, supuestamente imantado por estar vacunado. Eso indignó al círculo antivacunas, que pretende mostrarse serio, pero esa intención de rigurosidad se diluye ante la evidencia. Por caso, la biotecnóloga Lorena Diblasi denuncia que las vacunas contra el covid-19 contienen entre otras cosas óxido de grafeno. Lo expone como resultado de su investigación, ocultando que en 2022 ella misma solicitó al Conicet –según reveló Infobae‒ un análisis para probar su tesis: los resultados la contradijeron y los ocultó.
«A veces uno dice “qué bizarro”, pero hay que prestarle atención. Hay que desmenuzarlo, entenderlo. Hay que ver cómo impacta y trabajarlo desde todo punto de vista. Las bajas coberturas no se deben al evento en el Congreso, pero sin dudas tiene impacto. Es una alerta que tenemos que tener en cuenta para mejorar las estrategias de confianza en las vacunas, pensarlo desde lo comunicacional. Valorar lo que significa la racionalidad, el método científico, la información que se sostiene con evidencia ‒señala Hozbor‒. Que el discurso antivacunas haya llegado al Congreso asusta. Que esto se normalice asusta».
Fuente: Revista Acción

