«Gracias, Indio».

Habían pasado más de seis horas de una espera peculiar: una larga fila de 10 kilómetros para dar el último adiós a Carlos Alberto Solari, el «Indio», líder de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota, leyenda clave del rock nacional, fallecido el viernes 5, a los 77 años, de un accidente cerebro vascular.

Después de más seis horas de cola, adentro del microestadio municipal José María Gatica, dentro del Parque Domínico de Avellaneda, un gran retrato del Indio resguardaba el féretro, puesto detrás de una valla, delante de la interminable fila de seguidores. Entre los miles, un grupo que llegó desde Paraná, que exhibió una gran bandera y marcó presencia.

La larga marcha del ciudadano ilustre de Paraná. Así podría definirse el peregrinaje interminable de ricoteros, fanáticos de ocasión y curiosos de todo tipo que llegaron desde distintos rincones del país para despedir a Carlos Alberto Solari, el músico nacido en la capital entrerriana que falleció el viernes y cuya despedida pública se realizó en el Polideportivo Gatica de Avellaneda. Miles de personas formaron una fila que pareció no tener fin para darle el último adiós a uno de los artistas más influyentes de la cultura popular argentina.

Al inicio de la jornada del domingo, alrededor de las 10 de la mañana, todo transcurría con tranquilidad. Los vendedores ambulantes hacían su trabajo ofreciendo banderas, remeras y recuerdos vinculados al Indio, mientras los parlantes improvisados en cada esquina hacían sonar clásicos que acompañaban la espera. Desde Paraná, Santa Fe, Tucumán, Córdoba y distintos puntos de la provincia de Buenos Aires llegaban seguidores dispuestos a atravesar horas de caminata con tal de despedir a su ídolo.

La escena tenía algo de ceremonia religiosa. Muchos eligieron respetar la procesión en silencio, avanzando lentamente como si se dirigieran a una iglesia. Las banderas, los cánticos y las flores en las manos se mezclaban con las miradas emocionadas de quienes aguardaban pacientemente su turno para acercarse al féretro. La familia del músico había pedido precisamente eso: respeto, paciencia y unión entre los seguidores durante la despedida.

Sin embargo, alrededor de las seis de la tarde, la interminable marcha parecía congelada en el tiempo. La fila avanzaba apenas unos metros y la sensación general era que se extendía cada vez más hacia el horizonte. Delante de los asistentes aparecía una sucesión inacabable de cuerpos, banderas, gorros y rostros emocionados que parecían multiplicarse a medida que caía la tarde.

Con el paso de las horas también apareció la impaciencia. Muchos comenzaron a temer que la noche llegara antes de alcanzar el ingreso al predio. Entonces aparecieron los adelantamientos dentro de la fila, situación que provocó algunas discusiones, escaramuzas y reclamos. Aun así, predominó el silencio y el respeto. La mayoría entendía que estaba participando de un momento histórico y prefería evitar conflictos en una jornada marcada por la emoción colectiva.

Resultaba difícil no pensar en la dimensión del fenómeno. Parece irreal que un paranaense haya logrado impactar de esta manera en la cultura popular argentina. Durante más de seis kilómetros de peregrinación, los cánticos se repitieron como una oración laica, mientras miles de personas caminaban hacia el encuentro final con quien convirtió canciones en una forma de identidad para varias generaciones. La despedida del Indio terminó pareciéndose a lo que tantas veces fueron sus recitales: una verdadera misa popular.

 

 

De la Redacción de Entre Ríos Ahora