Por Silvio Méndez (*)
El presidente de la Nación mandó a la hoguera –literal– a un grupo de periodistas. Lo hizo como envalentonado, luego de una catarata de insultos contra Hugo Alconada Mon, Carlos Pagni, Paulino Rodrigues, Natalia Volosín y Luis Novaresio, quienes fueron algunos de los muchos y tantos que informaron sobre sus vínculos con la estafa que se produjo al lanzarse la criptomoneda trucha $Libra. Por este hecho delictivo se abrió una causa en la Argentina donde, ahora conocimos, se lo desvinculó por la inexistencia de un encuadre legal penal con el papel que jugó en este timo digital, entre otros puntos obscuros de un expediente que dejó muchas dudas. Es así que, en una suerte de revancha, Javier Milei cargó contra el periodismo.
Como en ocasiones que se repiten cada vez más, al Presidente se lo vio enardecido, fuera de eje y claramente desequilibrado. Y también como en otras oportunidades, el blanco de sus ataques fue la prensa y quienes trabajan en informar. La tribuna de acólitos que lo escuchó esa noche del 23 de octubre en la cena de la Fundación Faro que se realizó en la sede del Yacht Club Argentino en Puerto Madero aplaudió las barbaridades que escupía; qué más les tocaba hacer ahí. Ahora, ¿por qué el resto que se espanta nada dice al respecto?
Hubo sí algunas expresiones institucionales. La Academia Nacional de Periodismo, el Foro de Periodismo Argentino (Fopea), la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA), el Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SiPreBA), el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Amnistía Internacional, la Unión Cívica Radical (UCR), el Frente Renovador y –llamativamente o no– la senadora oficialista por CABA, Patricia Bullrich. Y acá casi ya hay que parar la cuenta.
Manifestaciones o valoraciones a nivel local, provincial –sí, podríamos decir en Entre Ríos–, de referentes o personas de perfil público, acaso la dirigencia empresarial o política, desde la Legislatura o la Universidad Pública ¿alguien la leyó o escuchó algo relevante? ¿Qué sucede ante estos episodios? Algunos dirán, bueno, ya no causan asombro. Da vergüenza ajena, es muy cringe, incomodan, ¿Qué más decir? «Es tirar margaritas a los chanchos», podría ser la frase popular usada como pretexto para sostener la abulia y el desconcierto. Pero lo claro es que estas declaraciones no dejan de ser temerarias y amenazantes, por el lugar que ocupa quien las emite, en el máximo poder de una arquitectura social, cultural y política donde es cada vez más común fingir demencia frente al respeto del Estado de derecho.
No ayuda soslayarlo y callar; tampoco aporta mucho la catarsis de WhatsApp; esto no es bueno y también vale decirlo.
«Qué peligroso. Qué triste».
(*) Periodista.

