Los restos del sacerdote Luis Alfredo Anaya, quien falleció este sábado a los 73 años luego de haber sufrido una falla multiorgánica y permanecer internado en una clínica privada de calle San Martín durante dos meses, son velados en el Monasterio Abbá Padre, ubicado próximo al Seminario Arquidiocesano Nuestra Señora del Cenáculo, en Fraternidad y Gobernador López Jordán.
Este domingo, a las 7, las puertas del Monasterio se abrirán y a las 8 está prevista la celebración de la misa de despedida. Luego, el féretro será conducido a Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde será sepultado.
La sede Paraná de la Universidad Católica Argentina (UCA) despidió a Anaya, quien fuera decano, docente y capellán de esa unidad académica. “Muchas gracias por tu testimonio de fe, tu vocación de servicio y por todo lo entregado a nuestra comunidad educativa. Tu huella permanecerá siempre en nuestros corazones y en nuestras aulas”, dijo la institución.
Con una vasta trayectoria en la Arquidiócesis, Anaya estaba últimamente al frente de la Residencia Sacerdotal Jesús Buen Pastor, en Italia al 300, el lugar en el que residen los miembros del clero ya con avanzada edad o con problemas de salud.
Nacido en Buenos Aires, el 26 de marzo de 1953, Anaya fue ordenado sacerdote en Paraná el 8 de diciembre de 1985 por el fallecido arzobispo Estanislao Esteban Karlic.
Anaya era sobrino de Jorge Anaya, el almirante que impulsó la guerra de Malvinas y que integró la tercera junta militar que gobernó el país durante la última dictadura, fallecido en 2008 mientras cumplía prisión domiciliaria acusado de graves violaciones a los derechos humanos en la ESMA.
Antes de volver a Buenos Aires, donde nació, Anaya tendrá su despedida en Abbá Padre.
Se trata de una congregación religiosa fundada por una entrerriana.
Hilda María Magdalena Hergenreder, nacida hace 64 años en Aldea Santa María, un pueblito de descendientes rusoalemanes, a 60 kilómetros de Paraná, dice que siempre pensó que sería lo que ahora es: monja. Ni maestra, ni ama de casa, ni madre prolífica, ni beata viviendo en el mundo, ni viuda ni esposa ni nada de eso. Una mujer adentro de un hábito religioso: eso quiso ser. Eso es.
A los 16 años se fue de su casa para iniciarse en el noviciado en la congregación Hijas de María del Huerto, en Buenos Aires, y ya no volvería más a seguir una vida de chica de pueblo: sería, por un tiempo largo, la hermana Hilda, y después de ese tiempo largo, cuando pensó que aquello, ser una monja más, estar al frente del noviciado preparando futuras religiosas, cuando entendió que todo eso no era suficiente, entonces inició un camino propio, diferente, y ahora es la madre Hilda.
Hilda María Magadalena Hergenreder es ahora superiora de una orden religiosa propia, la Comunidad Monástica de Abbá Padre, que fundó en Los Cocos, Córdoba, dependiente de la Diócesis de Cruz del Eje. Abbá es una palabra de origen caldeo que sirve para nombrar a Dios: en el Nuevo Testamento se la utiliza en tres pasajes, una en boca de Jesús, dos, en sendas cartas del apóstol Pablo. Junto a otra palabra, Padre, se convierte en un apelativo para dirigirse, precisamente, al padre.
Contó la madre Hilda, hábito marrón, Rosario en la mano, anteojos diminutos, cara redonda, ojos clarísimos:
-Yo pertenecía a las hermanas del Huerto. Estuve 32 años con las hermanas del Huerto. Pero siempre con una nostalgia muy muy grande de la vida contemplativa en mi corazón. Siempre digo que yo no salí de las hermanas del Huerto porque estaba mal, sino porque estaba demasiado bien. Amo entrañablemente a mis hermanas, y ellas yo sé que también. Pero Dios, porque es Dios nada más quien lo puede hacer, él puede libremente irrumpir en el corazón de una mujer o de un hombre, y cambiarle sus planes, y eso fue lo que me sucedió a mí.
El Señor, dirá entonces, el Señor le pide esto:
-Mirá, ahora quiero que te dediques más a mí. Rema mar adentro.
Aquella frase, o aquel diálogo que la hermana Hilda recita sin una pizca de duda, ocurrió en el año 1995.
-En ese momento, yo era maestra de novicias. Estuve casi ocho años haciendo eso. Ahí fue precisamente donde esto fue madurando, porque en ese lugar siempre hay más silencio, más oración. No fue fácil. No fue fácil dar la respuesta, porque yo amo a mis hermanas, quiero entrañablemente la congregación. Pero pensé: o me muero con esta nostalgia en el corazón, o doy el paso y veo si realmente es de Dios. Lo que yo quería en ese momento, y lo que sigo queriendo es responderle a él, no a otra cosa. Fuimos caminando, y así el Señor nos fue mandando hermanas.
De la Redacción de Entre Ríos Ahora

