Los restos del cura Félix Viviani, fallecido el último 4 de abril, serán sepultados este viernes en el cementerio del Seminario Arquidiocesano Nuestra Señora del Cenáculo, de Paraná. Serán traslados desde Gualeguay, su ciudad, y aquí llegará el féretro acompañado por el vicario general, Eduardo Tanger.
Nació el 7 de julio de 1925 en Gualeguay; murió el 4 de abril de 2020, en Gualeguay
Viviani fue párroco de la Iglesia Catedral de Paraná durante dos décadas. Había estudiado en el Seminario de Paraná, y aquí fue ordenado cura en 1956, aunque su primer destino pastoral fue en su ciudad, en la Parroquia San Antonio. En 2006 El Diario lo entrevistó y contó parte de su historia y de cómo llegar a ordenarse sacerdote ante la oposición de su padre.
Contó entonces que la primera vez que anunció a su familia que se iría a estudiar de cura no encontró eco favorable, de modo que la segunda vez fue con una trampa: «Me tocó el servicio militar. En el 46 le cuidamos las elecciones a Perón. Me tocó salir recién en la última baja. Entonces, papá me preguntó qué iba a hacer, y yo le dije que quería ser empleado de banco, pero en Buenos Aires, y allá fui. Y cuando estuve en Buenos Aires, le escribí a mi padre contándole que quería ser cura, y que me iba a Paraná, sin conocer Paraná ni el Seminario de Paraná. Era el año 1947.
-Se animó entonces, la segunda vez.
-Llegué al Puerto de noche, y me subí a la línea 1 del tranvía que me llevó hasta el Seminario, que entonces funcionaba en calle Urquiza y La Rioja. Me esperaban monseñor Herminio Vidal, que era el rector, y monseñor Zenobio Guilland, arzobispo de Paraná. A los 15 días se aparece mi padre diciéndome que me venía a buscar. Me dijo que me iba a hacer llevar con la Policía, y bueno, dije, cuando venga la Policía, me voy a ir. Nada de eso pasó. Por intercesión de mi madre, las cosas se encarrilaron, y mi padre aceptó después mi elección, y los dos se convirtieron en mi gran apoyo.
-¿Y cuál fue su primer destino?
-Empecé, ya siendo diácono, como teniente en la Catedral con el padre Pedro Tibiletti. El 7 de marzo de 1958, ya como sacerdote, me designan vicario.
En ese tiempo, fue un estrecho colaborador del entonces arzobispo de Paraná monseñor Zenobio Guilland (1935-1962) junto a quien ejerce el cargo de secretario de visitas pastorales y, años más tarde, como canónigo del cabildo catedralicio.
Por esos años, circa 1962, mientras en Roma se desarrollaba el Concilio Vaticano II, un cónclave que produciría grandes cambios en la Iglesia, fallece monseñor Guilland, aunque en vez de Adolfo Tortolo, quien en 1956 había sido designado obispo auxiliar de Paraná y luego trasladado a Catamarca, queda .al frente de la Iglesia paranaense monseñor Fortunatto Rossi. En 1963 toma el mando Tortolo, y se queda hasta el año 1986.
Aún con Tortolo la Iglesia debió aplicar los cambios que pergeñó el Concilio. La tarea no fue sencilla.
-Después del Concilio, vino toda la crisis conciliar y postconciliar. Y usted sabe lo que fueron los seminarios en esa época: crisis por todos lados. Entonces, en 1965 monseñor Tortolo me pone de Prefecto de Disciplina y vicerrector del Seminario.
-A usted le toca el período de los cambios. ¿Cómo lo afrontó?
–Fue muy difícil. Hoy no lo haría. Usted sabe que destruir es fácil, pero no es fácil volver a construir. Se tiraba abajo todo lo que hasta entonces se conocía. De todos modos, se fue encauzando todo. Monseñor Tortolo con su fe y sus peregrinaciones a la Virgen del Luján, ayudó mucho. Fue un maestro, un padre, un santo, Tortolo.
En 1974, lo designan como párroco de la Catedral y se mantuvo allí durante más de dos décadas, hasta los primeros años de monseñor Estanislao Karlic como arzobispo, quien ejerció el cargo entre 1986 y 2003.
De la Redacción de Entre Ríos Ahora

