En una organización excesivamente verticalista como la Iglesia, hay algunos miembros del clero que han hecho suya una máxima del mundo secular: es mejor pedir perdón que pedir permiso.

Roxana Andrea Peña probablemente no pensó en pedir perdón, pero sabía con certeza que no debía pedir permiso aquel lunes después de la Pascua de 2016 cuando, resuelta, escapó sin que nadie se enterara del Monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora del Carmen, de Nogoyá, de la orden de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Las carmelitas.

Salió temprano, cuando el convento no había cobrado su rutina diaria, tomó las llaves de la puerta principal y salió. No dijo adiós. Dijo: “Más tarde vuelvo”. Se lo dijo a Oscar, el hombre que ayudaba en las tareas en el patio externo de la clausura. Nunca más volvió. La hermana Rosa, como la habían rebautizado para la vida religiosa, dejó ese día atrás su vida religiosa. Acudió primero al auxilio del párroco de la Basílica Nuestra Señora del Carmen, Jorge Bonin, quien intercedió ante el entonces arzobispo Juan Alberto Puiggari.

Se abrió, así, un capítulo más en la historia tortuosa de la Iglesia Católica de Entre Ríos. La monja Luisa Toledo, la priora que manejó con mano de hierro el convento de Nogoyá, fue llevada a juicio, acusada del delito de privación ilegítima de la libertad al sumarse el testimonio de otra excarmelita, Silvia Alvarenque, que había logrado la exclaustración después de soportar malamente la rutina rígida y de tormentos que vivían las religiosas.

«La fuga» es el capítulo que abre «Las torturas del convento. Tormentos, privación de la libertad y autoritarismo en el monasterio Carmelitas Descalzas de Nogoyá», el último libro de Daniel Enz, que conoció de pé a pá el caso. La historia de la huida de la monja Peña y, antes, la expusión de Silvia Albarenque, fue contada, primero, en la revista Análisis y ese texto periodístico sirvió de base para la apertura de una causa penal en Nogoyá, que conoció el mundo.

«´Nos azotábamos en medio del rezo del salmo´»: el polémico convento en Argentina al que acusan de practicar torturas», tituló la BBC aquel 2016 para relatar lo que ocurría en la clausura carmelita de Nogoyá.

Tenía 50 años cuando Roxana decidió dejar la clausura y no sabía casi nada del mundo exterior. «Los votos son para siempre, el mundo exterior es pecado y caos, afuera te vas a condenar», cuenta Enz en su libro que era el karma que les hacían repetir a las carmelitas en la clausura.

Tres años antes que Roxaña Peña, Silvia Albarenque salió exclaustrada del convento después de una espera de tres años. La expulsaron del peor modo. Fue un lunes después de la Pascua de 2013. Su salud estaba resquebrajada. No veía a su padre desde hacía cinco años porque estaba divorciado; habían pasado cuatro años desde que había visto por última vez a su hermano Martín, padre soltero, excluido de su círculo por la priora. Los dos considerados pecadores.

Roxana y Silvia habían abrazado la vida religiosa con otras pretensiones y otra visión del mundo religioso. Adentro del convento carmelita de Nogoyá vivieron un infierno. A Silvia Alvarenque no le permitían recibir tratamiento médico por su hipotiroidismo.

La vida monástica era adoración a Dios, y castigos y tormentos. El sufrimiento extremo para alcanzar la santidad, según la teología de la condenada Luisa Toledo. Les imponían el uso del ciclicio, un anillo de alambre con las puntas hacia adentro, que perforaba la carne. Esa práctica había sido introducida por los fundadores de la orden Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, pero sólo para los viernes. Las religiosas debían sentir el sufrimiento de Jesús en la cruz. Durante una hora debían usar el cilicio.

Cuando Isabel Toledo fue votada como priora del convento dejó de lado las Constituciones de 1990 y reeditó prácticas medievales. El silicio ya no como signo de ofrecimiento a Dios, sino como elemento de disciplinamiento y castigo. «El encierro en la celda era otro de los castigos frecuentes -cuenta Enz-. Las Constituciones antiguas del carmelo mencionaban la ´cárcel´como una pena, pero las Constituciones del 90 que regían el convento de Nogoyá ya no la incluían. Estaba en desuso. Obsoleta. Pero Isabel la recuperó».

Roxana Peña soportó la «mordaza» y los castigos físicos frente al resto de las carmelitas.»Isabel le gritaba en los Capítulos. Le decía que era una inútil, que no servía para nada, que era una carga para la comunidad», relata el capítulo «Los tormentos».

El libro alumbra también el rol que tuvo Puiggari. En 2013 Silvia Alvarenque se entrevistó con el arzobispo emérito y le contó lo que ocurría puertas adentro de la clausura en Nogoyá. Pero Puiggari no hizo ni mucho ni demasiado: no hizo nada. En 2014, ya alejada de las carmelitas, Silvia intentó suicidarse. Su mamá, María Luisa, lo contactó a Puiggari y le contó el suceso. El jefe de la Iglesia prometió visitarla. Pero no la visitó.

Un día, volvió al  carmelo de Nogoyá a recuperar objetos personales que había dejado olvidados. La acompañó el  excura Mariano Martínez. Al entonces sacerdote no lo permitieron ingresar al convento. Silvia no quiso ingresar sola, y se volvió a su pueblo, María Grande, sin llevarse consigo sus objetos personales.

Cuando se abrió la causa judicial que terminaría condenando a la priora Luisa Toledo, la excarmelita Roxana peña explicó el porqué de las mordazas.  «Por decir que quería irme. Cada vez que decía que quería abandonar el convento, ella me castigaba. La mordaza era una de sus formas favoritas. Decía que si yo no sabía usar la palabra correctamente, mejor que no hablara».

Silva Alvarenque contó de los encierros en su celda de clausura. «Tres, cuatro días seguidos. Sin salir para nada. Me dejaban pan y agua en la puerta. Perdía la noción del tiempo. No sabía si era de día o de noche. Solo escuchaba las campanas que llamaban a los rezos».

 

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El 5 de julio de 2019, la monja Luisa Ester Toledo
, expriora del convento carmelita de Nogoyá, fue condenada  a la pena de 3 años de prisión de cumplimiento efectivo en la Unidad Penal N° 6 de Paraná. La habían hallado culpable del delito de privación ilegítima de la libertad en perjuicio de las excarmelitas Silvia Albarenque y Roxana Peña, a quienes durante años impidió la salida del Carmelo, y a las que sometió a la aplicación de violencia, amenazas y tormentos que no estaban establecidos en las constituciones de la orden religiosa.

El tribunal morigeró la pena que había pedido el Ministerio Público Fiscal, 6 años y medio, por cuanto consideró la avanzada edad de Toledo, su estado de salud y el hecho de haber vivido casi toda su vida enclaustrada en un convento. En su resolución, desechó los argumentos de la defensa, y consideró probados los hechos –el convento convertido en una cárcel “inexpugnable”, con cámaras de seguridad, cerco perimetral de alambre de púa y vidrio molido, muchas puertas con llaves, la existencia de vigilancia en el “locutorio”, el lugar donde las religiosas del claustro recibían visitas-, y condenó a la monja por el delito de privación ilegítima de la libertad agravada bajo la utilización de violencia y amenazas

En su descargo, Toledo se definió como una mujer que pasó toda su vida en una casa religiosa. «Yo no viví: viví toda mi vida en un colegio donde teníamos misa todos los días y nos confesábamos toda la semana. Fue una vida muy santa la que tuve la gracia de vivir, a pesar de que no tuve a mi padre, ni a mi madre ni a mi hermana”, dijo.

“Quiero declarar. No tengo nada que ocultar”, dijo.

Negó, de plano, haber aplicado tormentos a las dos monjas que la denunciaron ante la Justicia, Roxana Peña y Silvia Albarenque, y aseguró que siempre se ciñó a lo que establecen las constituciones de la orden de las carmelitas descalzas, “aprobadas” por el extinto papa Juan Pablo II. “Nunca actué de esa manera”, aseguró, al negar la aplicación de tormentos en la casa religiosa.

“No puedo mentir delante de ustedes –les dijo a los jueces-, pero no puedo mentir delante de Dios y de mi madre del Carmen. No puedo mentir. La mentira me va a hundir al infierno. En cambio, la verdad me lleva al cielo. Perdónenme que les diga esto, pero no puedo mentir. Yo tengo que decir la verdad de lo que viví en el Carmelo y lo que hice en el Carmelo. Me desviví por cada hermana”.

 

De la Redacción de Entre Ríos Ahora