El arzobispo de Paraná, Raúl Martín, designó al sacerdote Hugo Ramón Darío González como vicario de la parroquia Inmaculada Concepción, de Villaguay, desafectándolo de su antiguo destino, la parroquia San Francisco de Borja, de Paraná. En su despedida de Borja, el sacerdote dio una homilía que compartió en sus redes sociales. “Más que una homilía, una carta de amor a mi comunidad”, reflejó el clérigo.

 

“Lo primero que tendría que decir es que las despedidas no son de mi agrado, por lo tanto no sería éste un momento que estaría disfrutando demasiado. Inclusive, los más cercanos saben bien que tengo mis tácticas para desaparecer de las reuniones y eventos antes de que terminen y sin que nadie se dé cuenta. Pero no sucederá esto esta vez, ya que prometo quedarme hasta el final. Porque creo que este momento de despedida que estamos compartiendo es necesario, tanto para ustedes como para mí.

Llegué a esta comunidad hace 5 años. Y llegué con el corazón partido. Venía de La Paz, mi primera Parroquia y mi primer amor. Porque yo amaba mi primera parroquia con todo el alma y cuando me trasladaron fue como si me arrancaran el corazón.

Partido de dolor llegué hasta aquí y con una lección aprendida: cuando más se ama, más se sufre después cuando llega el momento del desprendimiento. Así que llegué a Borja dispuesto a cumplir todo lo que sea necesario en esta misión, pero tomándome las cosas con calma y tratando de no involucrarme tanto afectivamente. No sé en qué momento del camino me olvidé de mi propósito y volví a tropezar con la misma piedra: me enamoré de esta comunidad y otra vez estoy partido de dolor.

El dolor que siento en estos momentos es inmenso, no termino de asumir que a partir de mañana ya no estaré más en la Secretaría, que ya no volveré a celebrar más la Misa en este templo y que ya no me encontraré diariamente con sus rostros. Pero aunque en este presente todo es dolor para mí, sin embargo lo que más prevalece en mi corazón ahora es la gratitud. Gratitud a Dios que me trajo hasta aquí y me permitió conocerlos. Gratitud a Dios que me hizo sacerdote, porque si yo no fuera sacerdote, no nos hubiéramos encontrado en el camino de nuestra vida. Gratitud a cada uno de ustedes por cada momento compartido, por cada charla, por cada confesión, por el respeto y la cercanía, por la amistad y la fraternidad, por cada oración que ofrecieron por mi persona. Gracias a los que se preocupan por los sacerdotes, a los que nos cocinan semana a semana, a los que nos cuidan, a los que siempre se muestran disponibles a nuestras necesidades.

Gracias a cada uno y perdón por las veces en que no estuve a la altura de lo que esperaron de mí, por las veces que fui tibio y mediocre, por todas las veces que no fui auténtico testigo del Evangelio y del amor de Dios.

Siempre se recomienda en este tipo de circunstancias no hacer agradecimientos particulares sino generales, para no correr el riesgo de cometer la injusticia de algún olvido involuntario. Obviamente, correré el riesgo y haré algunos agradecimientos particulares porque es lógico que por distintas circunstancias, ya sea pastorales o afectivas, uno se vincule un poco más con algunos espacios, grupos o personas.

Mi agradecimiento, entonces, para la Comunidad de Madre Teresa, con quienes nos encontrábamos sábado a sábado para compartir y celebrar la fe, edificándome con su testimonio de humildad y servicio.

Gracias a la Comunidad de Casa Lázaro. Uno, como sacerdote, llega a conocer el corazón de las personas y en Lázaro puede acercarme a las dolorosas historias de vida de esos hermanos, logrando descubrir en ellos el rostro de Cristo que clama ser escuchado, consolado y abrazado con amor y misericordia.

Gracias a los Ministros de la Comunión con quienes compartíamos a diario las Celebraciones Eucarísticas, gracias por su generoso servicio y por ser puente para que pudiera llegar, como sacerdote, a los enfermos y ancianos que ustedes asisten y acompañan.

Gracias Cristina, la sacristana, por tu servicio y por haber soportado mi peor versión: la del Padre Darío impaciente, mal humorado, enojado… Y aún asi, seguir perseverando.

Gracias al Grupo Emaús, mi amado Emaús. Parafraseando a esa leyenda viva llamada Mirta Legrand que le dice a su público que por ellos ha dado la vida, yo les digo que por ustedes he dado la vida. Y mi tiempo y mi corazón. Pero a pesar de haberles dado tanto, tengo que decir que de ustedes he recibido muchísimo más. En amor, en entrega, en testimonios de vida. He sido testigo privilegiado de como conocieron a Jesús, como Jesús les transformó la vida y como se comprometieron en su servicio para que otros hermanos también experimentaran su amor. Se que varios están muy tristes porque yo me voy y la verdad es que también yo estoy muy mal. Por eso permitámonos estar mal ahora, que ya la amargura pasará y estaremos mejor para disfrutar de lo que vendrá.

Yo soy muy soñador y tenía muchos proyectos soñados en mi corazón para el Emaús, incluso le había dicho a Nico L “para el próximo retiro yo te quiero en tal función“. Pero hubo cambio de planes que yo no tenía previstos… Aunque a mi, Dios me hace realidad todos los sueños así que esos sueños que yo tenía pensados en Emaús para cada uno de ustedes, cuando Él quiera y a su manera, seguro se verán concretados. Y se lo dice alguien que desde chico tenía un sueño imposible que tenía que ver con un premio, el cual Jesús, a su manera y en su tiempo, lo hizo realidad.

Dentro de Emaús tengo que agradecer, de manera especial, a los Coordis por tanto amor y tanta entrega. Mi agradecimiento para Adriel, Luján, Romina y Ubaldo. Y también hago memoria agradecida con los Coordis de las gestiones anteriores con quienes he trabajado codo a codo y que han sido grandes soldados al servicio de Jesús. Gracias Adri, Walter, Fio, Martín, Luisi y Yami. Gracias Mica, Facu, Mili y Nico. Gracias Seba, Pame, Dai, Sandro, Rodri y Belén. Gracias Diego, Ana, Germán, Faty, Joaquin y Anita.

También gracias a las grandes amistades que forjé en el Emaús. Gracias a Carli, mi compañero de caminatas, lo logramos y no vamos a aflojar. Gracias Christian Q, somos familia y eso nunca va a cambiar. Gracias Sergio H, te amo amigo, lo sabés. Siempre juntos.

Padre Agustín, gracias por todo lo compartido. Me encantó que seamos tan diferentes, no porque uno sea mejor que el otro sino porque en la diferencia nos complementamos  y enriquecimos, nosotros y sobre todo se enriqueció la comunidad. Nos llevamos bien en el 99,99 % de las circunstancias. Sabemos que no sería justo que vos ni yo nos quedáramos en ese 0,01% en que no coincidimos.

Pero bueno, resulta que estamos en el momento de la homilía y en el seminario teníamos una materia que se llamaba Homotética en la que se nos enseñaba como preparar una homilía, cuanto debe durar la homilía y sobre todo se recalcaba que en la homilía se debe hacer referencia al Evangelio, algo que no hemos hecho hasta aquí. Pero tranquilos que seré fiel a mi estilo de homilías no muy extensas.

Siempre el centro el Evangelio es Jesús. En los distintos pasajes del Evangelio aparece Jesús ya sea llamando, enseñando, exhortando, corrigiendo, liberando, sanando, salvando… En el Evangelio de  hoy, de una manera especial, resuena el llamado de Jesús a no tener miedo, sobre todo a la hora de dar testimonio del Evangelio. Un llamado a animarse a proclamar con valentía la verdad de Dios y no confiando para ello en las propias fuerzas o capacidades sino en la gracia de Dios que nos sostiene, fortalece y nos impulsa.

Este es el Evangelio que se proclama en este día en la Iglesia de todo el mundo. En mi vida personal también hoy Jesús escribe su Evangelio. Lo hace llamándome. No es la primera vez que me llama. Ya no hizo una vez cuando me llamó para rescatarme del vacío y del sin sentido. Me llamó de nuevo para sacarme de mi comodidad y mis seguridades y lanzarme a la aventura de ser sacerdote. Como sacerdote me llamó a servir en la comunidad de La Paz donde viví momentos hermosos y también aquella tragedia que marcó mi vida para siempre. Luego me llamó a entregarme a esta comunidad de Borja para que escribamos juntos un capítulo más en la historia de la salvación. Y ahora me vuelve a llamar para enviarme a una nueva misión. Como Dios siempre ha sido muy bueno conmigo, sé que lo que vendrá a partir de ahora será bendición para mí y a través de mi ministerio sacerdotal, bendición para muchas personas. Aunque a todo esto, por el dolor que siento por la despedida, aun no lo pueda terminar de descubrir.

Así como a mí, a todos nos llama Jesús, a seguirlo y a anunciarlo. Y nos anima a no tener miedo. Le pedimos que en nuestro corazón esté siempre encendido ese anhelo a ser sus testigos en el mundo, para que a través nuestro, ese fuego de su amor pueda llegar al corazón de muchos hermanos.

Se lo pedimos al Señor por intercesión de nuestra Madre del cielo. Ave María Purísima, sin pecado concebida”.

 

 

De la Redacción de Entre Ríos Ahora