El festejo estuvo en la punta de la lengua hasta este partido desquiciado, este partido final. Todo estaba listo para salir a celebrar el triunfo de la Selección. Si pudo con Cabo Verde. Si pudo con Suiza. Si pudo con Egipto. Si pudo con Inglaterra. Por qué no con España.

Pero el final deseado no pudo ser.

El resultado, un amargo 1 a o de España, no desató la furia, pero tampoco aguó la inmensa ilusión que contagió esta Selección en el Mundial, y menos aún lo que hizo Messi.

Hubiera sido justa, merecida la alegría suprema, en un país desgarrado por las amarguras y las penurias.

Pero el fútbol no paga los desbarajustes ajenos.

Fueron casi dos horas en los que el país estuvo con puntos suspensivos. Un estado de angustia que no encontraba sosiego.

Se festejó, sí. Se agradeció, también. Pero sobre todo la gente lloró en las calles.

Paraná se preparó para una celebración mágica, interminable, descontrolada. Y entonces hubo operativo de seguridad, y policías, y vallas de contención.

Aunque al final del día hubo desazón. Tristeza, sí, cómo no. Y festejos, por qué no también.

El gran cronista y escritor Martín Caparros habló de las distintas necesidades futbolísticas a un lado y otro del Atlántico:  «Pero el triunfo sería, creo, muy distinto para cada una. España es un país que, aunque algunos desaforados se empeñen en negarlo, funciona y seguirá funcionando: una copa de fútbol sería una ratificación, la guinda de la torta». Caparrós sostuvo que Argentina necesitaba más esta copa que España.

No pudo ser.

Cuando el Mundial no se había definido, escribió: «España, hasta ahora, ha jugado mejor que la Argentina: con más control aunque peores delanteros. No ha jugado –como grita su prensa– extraordinario perfecto inmarcesible, pero su mejor juego le da cierta ventaja; la ventaja argentina, en cambio, está en ese fervor, la exaltación del sufrimiento, ese ardor que los hace volver cuando parece que ya no queda nada».

No bastó.

Fotos: Mauricio Garín

De la Redacción de Entre Ríos Ahora