Esos colores tiñeron la rutina diaria.

La Bandera, la camiseta, los días azules.

Esos días cuando se omitió la intro y se vivió Mundial.

El día empezaba y terminaba así.

Se vivió así.

Paraná cobró vida, con ritmo de hinchada.

La Patria, la camiseta, los días azules.

Como en aquel partido, como en este partido.

No fue la final, pero debió serla.

Estadio Azteca, México, 1986. Diego Maradona deja afuera en los cuartos de final a Inglaterra con un gol memorable.

Julio de 2026, invierno de este lado del mundo. Lionel Messi le tira un derechazo a Lautaro Martínez para que meta un gol de cabeza que deja afuera a Inglaterra, otra vez, en un Mundial.

No era la final, pero debió serla.

«Quiero robarle un gol al ladrón / como el Diego y el Narigón», cantó un himno de cancha, y unió esas dos historias.

El fútbol no es una religión, pero la Selección es una estampita a la que se le reza, como a la Difunta Correa, al Gauchito Gil. Es un sincretismo de este tiempo: rezos y cábalas. No. No es una religión. Pero tiene un dios. D10S.

Cada cuatro años hay peregrinaciones y promesas, la pantalla gigante es el púlplito, pero no hay agua bendita, hay birra, ni tampoco incienso, hay barritas de colores que maquillan los cachetes de celeste y blanco.

Las misas fueron este invierno, a la siesta o a la noche.

Tantas veces el corazón buscó su lugar, 19 goles, y esas remontadas, recorriendo el Norte opulento, el Norte de las razzias a los inmigrantes.

Acá, en el Sur, a un costado del Sur del Sur, se vivieron celebraciones colosales, encuentros que fueron creciendo hasta ese festejo de desahogo, el triunfo en semis frente a Inglaterra. La final. Casi.

Paraná vivió el éxtasis. ¿22 mil personas en Plaza 1° de Mayo?

Argelia, primero. Austria, después. Siguió Jordania. Cabo Verde, Suiza, Egipto, Inglaterra. Y ese pibe de 39 con el diez en la espalda que iluminó un país.

A qué altar pagano hay que ir a agradecer. Merece la canonización.

Fotos: Mauricio Garín

De la Redacción de Entre Ríos Ahora