Este siglo trajo dos Mundiales que hicieron vibrar el alma. El último, en territorio norteamericano, el folclore, las hinchadas, las canciones, los banderazos que dejaron impávidos a los locales, tan saturados de calor, de azúcares, de futból americano.
Pasaron días -¿meses?, ¿años?- desde el cierre del Mundial, con abstinencia de festejos y nostalgia de lo que fue.
Paraná puso cotillón, y empeño, y mucha gente en las calles en días y en noches heladas, y había celulares con el brazo en alto, y drones, y reels y mucha cancioncita ad hoc: likes, seguidores, monetización.
Hasta que la euforia se apagó. Ese domingo aciago, de cabezas gachas, llanto contenido, bronca frente al televisor.
Ese puñado de días que transformó la ciudad, que la puso en modo mundialista: y las vidrieras, y los escaparates, y las mesas de los bares, y las pizarras de los almacenes, y las ofertas hablaban de lo mismo.
No había otro tema de conversación. Hasta que todo eso pasó.
Una Madonna de utilería, un Justin Bieber extraviado, unos coreanos con algarabía impostada, un Tom Cruise puesto en una misión imposible.
Los Mundiales son así, con mucha timba y mucho show de mediotiempo, y pausas de hidratación.
Ahora se abrió una pausa. ¿Cuándo llega el próximo?
Fotos: Mauricio Garín
De la Redacción de Entre Ríos Ahora












