Este jueves 16 de septiembre, a las 19, en el Círculo Médico, se presentará el libro “Quirófano”, del cirujano Ramiro Ferlatti y la acompañante terapéutica Gimena Villarraza. La obra contiene unas 30 historias. Experiencias de Ferlatti en el quirófano, luego de su vasta trayectoria en el ámbito público y privado.
Ramiro se recibió de doctor en la Universidad Nacional de Córdoba y se especializó durante casi una década en el prestigioso Instituto de Oncología Angel H. Roffo de Buenos Aires. Decidió volver a su ciudad y rápidamente, por su talento y capacidad, se erigió en una referencia en su especialidad a nivel regional. Cirujano especialista en cabeza y cuello, fue noticia en más de una oportunidad por intervenciones inéditas en la provincia, como la de extirpar un tumor y reconstruir un maxilar con plenas funciones.
En 2023, a los 52 años, fue diagnosticado con Escelerosis Lateral Amiotrófica (ELA). “Hacer este libro, escribirlo, me permitió proyectarme, tener una tarea, encontrar un modo de decir sobre mí. Seguir un camino, el que me tocó”, dice al inicio.
También habla del ELA y dice “ELA es ir sintiendo cada vez más lejos lo humano….es terror”. Pero aún así, Ferlatti hizo su libro, contó su experiencia con las manos de Gimena.
A partir de ese legado, surge el texto que sigue. Lo escribí porque conozco la historia del doctor y porque siento una profunda admiración por su tarea.
Las manos hacen solas
Por Julián Stoppello
Hacer esto, ahora, que no pase un segundo más. Que los dedos hagan su trabajo. Como en el quirófano, doctor, en ese tiempo suspendido, entre la vida y la muerte, el tiempo que no existe.
Recién termino de leer el libro. Su libro, doctor.
Hoy es sábado, un sábado de septiembre al atardecer, de nubes amotinadas, el frío se ve en las plantas del balcón, el frío se escucha en el silencio de la calle. El frio sopla en mi corazón.
Ayer supe que un amigo todavía pelea con su cáncer. Y ahora estoy acá, dejando que los dedos, doctor, hagan su trabajo.
Tengo en el perchero de mi habitación sus camisas, azules, celestes, blancas y rozadas. Hermosas camisas. Obsequios suyos, una vez que la enfermedad lo sacó del quirófano. Una vez que la vida me puso a mí en un lugar donde necesitaba verme más prolijo de lo que soy.
Tengo acá su recuerdo de mesas familiares, las cosas que decía mi mamá sobre Ramirito. Había sido terrible Ramirito, como todos los amiguitos de esa generación bandida que se siguen viendo y queriendo, casi de un modo incondicional. Con la torpeza de esa generación, con un amor tosco.
Tengo su recuerdo también en otras mesas, ya sin nuestros padres, ahora como padres, rodeados de gurises. Usted recostado en la silla, de voz suave, de modos suaves, de una calidez infrecuente entre los otros sátrapas de sus amigos. Así lo guardo yo.
Le fui a hacer una entrevista, doctor, en una oportunidad. Una de sus intervenciones merecía una nota de El Diario, cuando El Diario valía la pena y fue a la tapa de la edición: Ramiro, junto a un equipo y su mentor, habían extirpado un tumor y habían reconstruido un maxilar, logrando que recuperara todas sus funciones. Un prodigio para Entre Ríos y la región.
Pero ahora termino de leer su libro, doctor. Y es sábado y tengo el frío de la calle en los huesos. Y escucho una canción, muchas veces, una canción de Pink Floyd y pienso a través de sus amigos también. Mis dedos piensan. Y valoro cada una de las historias escritas, las disfruto genuinamente. Están hechas con sencillez y profundidad. Están contadas por el doctor y yo puedo escuchar su voz suave en ellas y su modo meticuloso, pulcro, ordenado, de entrar en ese limbo, donde obra ese modo de su arte.
Para salvar a un tipo con un balazo, para extirpar un tumor gigante como un koala, para aceptar errores, para aprender, para respirar hondo, una vez, siempre, antes de empezar. Para salvar a otro médico del desastre y una vida al mismo tiempo, para darse cuenta que mejora no operar amigos. Para conocer la humildad y la pérdida, el egoísmo y la grandeza. Para rascarse la nariz con un hombro, seguir con las manos inmaculadas y volver a salvar, una y otra vez, otra vida, una vida más. Muchas vidas en más de 20 años.
Todo en ese limbo donde usted, doctor, apaga el sufrimiento propio y el ajeno, para estar ahí y solamente ahí, en el espacio infinito del presente. Donde cree en sus manos como cree en Dios, porque en ese espacio hay una sola barrera y ninguna otra: vida/muerte. Todo lo demás se funde en el hacer sin tiempo, en un hacer de manos que se hunden en la eternidad.
Usted sabe, doctor, que las manos, que los dedos hagan lo que saben hacer, que piensen solos, por nosotros.
Porque en algún momento, como dice una canción de Gabo Ferro, “la desgracia llega y se va puntual”. Las manos no obedecen, la vida no obedece y hace lo que quiere con nosotros. Hasta ese momento somos relativamente libres. Y usted, doctor, aún con las manos detenidas, con el cuerpo paralizado, con el latigazo de la desgracia en el cuero, hizo este gesto de gratitud que es escribir con Gimena este libro. Porque en este libro agradece su don, agradece su esfuerzo, agradece el amor de los suyos, también de todos los atorrantes de sus amigos que están y seguirán estando. Y agradece sobre todo haber entrado a ese lugar sagrado y sin tiempo donde hizo su magia, todas las veces que pudo.
Esa gratitud, doctor, es la que recibirán los lectores y le será devuelta, junto a la de todos sus pacientes -que ya la tiene-, porque quien lea estas páginas, sabrá un poco más que fragmentos de la historia de un gran profesional, sabrá humanamente de que se trata la pasión de curar.
De la Redacción de Entre Ríos Ahora

