“El humo era espeso; mis ojos, abiertos, ardían, empeñados en no perder detalle.

“Destellos rojizos iban y venían; entre ellos, siluetas negras, monjas.

“Las llamas crecían veloces, devorando todo a su paso.

“Madera y madera vieja. Las telas acumuladas en la sacristía prometían llamaradas naranjas y altas.

“De pronto, una voz, esa voz que me generaba pavor. ¿De quién era esa voz tan ronca?”.

María Evelyn Garay fue monja carmelita de clausura entre 2002 y 2005 en el Monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora del Carmen, ubicado en la zona sur de Nogoyá, frente a barrio San Miguel.

Conoce de qué va la vida de clausura que retrata la serie éxito de este tiempo, “Cautiva” -que se ve en las plataformas TNT, Flow y HBO- y que se basa en el libro “Las torturas del convento”, de Daniel Enz, que a su vez cuenta la historia de Silvia Albarenque, una excarmelita que en 2016, junto a Roxana Peña, denunciaron en la Justicia a la priora Luisa Toledo por tormentos y privación ilegítima de la libertad.

El 5 de julio de 2019, Toledo, exprioira del convento carmelita de Nogoyá, fue condenada  a la pena de 3 años de prisión de cumplimiento efectivo en la Unidad Penal N° 6 de Paraná. El Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguay la halló culpable del delito de privación ilegítima de la libertad en perjuicio de las excarmelitas Silvia Albarenque y Roxana Peña, a quienes durante años impidió la salida del Carmelo, y a las que sometió a la aplicación de violencia, amenazas y tormentos que no estaban establecidos en las constituciones de la orden religiosa.

María Evelyn Garay cuenta lo que vivió en la clausura de Nogoyá en un libro pronto a aparecer en Amazon: “Las celdas de Dios”.

Cuando estuvo en la clausura era priora la madre María de los Ángeles, y subpriora la Madre Isabel de la Trinidad, Luisa Toledo.

Evelyn miró el primero de los seis capítulos de la serie “Cautiva” cuando habló con el programa Puro Cuento de Radio Plaza 94.7, y repite las preguntas que le repiten cada día, a toda hora sus amigos. “Todos preguntan: ¿Es igual? ¿Se vive igual? ¿Pasó así? Es preciosa la serie, pero yo tuve mi propia experiencia ahí adentro -cuenta-. Hay que tener en cuenta que esto es ficción, y está hermosamente armada”.

-¿Fuiste contemporánea en la clausura con Silvia Albarenque?

-Ella estaba ahí adentro cuando yo entré. Era novicia, la novicia mayor, y estuvimos 3 años y 3 meses juntas, viviendo, durmiendo, trabajando en la misma zona, en la misma área, y sin embargo hablamos contadas con una mano las veces que hablamos. No se nos permitía hablar. Eso es real. Se guarda silencio desde la mañana hasta la noche, con dos horas nada más de recreos, después del mediodía. Pero las profesas están separadas de las novicias. Solamente nos podíamos juntar en el recreo de la noche.  Pero aun así, no se podía hablar con la hermana que estaba al lado. Había muchísima distancia, se manejan con muchísimas reglas. Eso era lo normal, eso era lo estipulado, lo que aparece en las reglas y constituciones y era lo correcto, diríamos, para llevar ese estilo de vida, de oración y sacrificio. No teníamos comunicación. Y no se podía hacer una amistad ahí adentro.

-¿Antes de ingresar al convento, habías leído cómo era la vida ahí adentro?

-No. A lo único que podés tener acceso es a un libro que se llama “Historia de un alma”, de Teresita de Lisieux, que es una santa francesa. Es lo único que había leído, y, claro, es muy novela, muy novelesco, muy bello todo. Entonces te hacés una idea, pero después cuando vas y la visitás, el proceso de discernimiento que tenés con ellas es muy, pero muy corto. Y yo lo digo porque lo comparo con el proceso de discernimiento que tuve con las hermanas mercedarias, que estuve con ellas un año entero trabajando en los colegios donde ellas estaban, en Córdoba, en su casa central, donde se formaban las hermanas. Después, quise conocer el Carmelo y habré tenido tres visitas antes de entrar definitivamente. Así que no hubo ni tiempo de conocerlas ni tiempo de que me conozcan a mí tampoco. No sabía cómo iba a ser la vida ahí adentro. Vos entrás y no te queda más que asumir, porque tampoco podés tener contacto con nadie para que venga y hable por vos. No teníamos acceso a nada. Ellas no pueden hablar con alguien, llamar por teléfono, mandar una carta. Sobre las cartas, sucede algo muy particular: cuando escribíamos cartas a nuestras familias, en realidad ellas te dictaban las cartas y te corregían hasta la caligrafía. Incluso, pasó conmigo una situación en la que mi mamá me fue a visitar y se había teñido el pelo rubio, y me hicieron escribirle una carta, me dictaron una carta para que le pida, por favor, que vuelva a teñirse el cabello de su color natural, porque así a Dios no le gustaba. Y lo hice, porque no tenés otra opción más que obedecer ahí adentro.

-¿Y qué pasa con familia?

-Deja de ser tu familia natural, tu mamá, tus hermanos, ya pasan a ser parte de ese mundo que vos abandonás cuando entrás ahí adentro. Tenés que sentirte una carmelita más. Te hacen entender que el resto del mundo te perjudica. Incluso las visitas, que es solamente una vez al mes. Y en el caso del Carmelo, donde estuvimos con Silvia, la reja era tan pequeñita que no pasaba la mano de un niño. Pero, bueno, uno acepta ahí adentro todo. Entrás sin saber y después no te queda otra opción más que aceptar, bajar la cabeza. Y lo mismo sucede con los tormentos, con el silicio, con las penitencias. A su debido tiempo te enseñan cuáles son las armas de mortificación que tenés que utilizar, cuál es el tiempo, cuál es el día, cuál es horario, y y ya está. Lo único que depende de una, es, por ejemplo en el caso del silicio, que es ese alambre que te atrapa la pierna, la posibilidad de regular cuánto te aprieta. Todavía tengo marcas arriba de la rodilla de las heridas que me hice.

 

En “Cautiva”, las mortificaciones y los latigazos las monjas se los dan sobre las espaldas; en la realidad, dirá Evelyn, esos golpes se daban en las nalgas. Y lo hacían utilizando túnicas, una especie de camisón que las carmelitas jamás se quitaban.

-¿Alguna te cuestionaste el uso del silicio, la disciplina?

-Por supuesto. Por eso ellas tienen sus tiempos para enseñarte las cosas y no te la dicen antes de entrar. No te asustan con esas cosas. Vos entrás y es todo maravilloso, hermoso. Después, empezás a entender el tema de la obediencia, y un día, te están hablando del sacrificio y te enseñan cuáles son esas esas maneras de sacrificarse un poco más. También te dicen que el silencio es un sacrificio, no comer carne es un sacrificio, no ver a tu familia es un sacrificio, porque la verdad que es un sacrificio no poder abrazar a tus hermanos o a tu madre. Y encima tenés que agregar estos dolores físicos que vos misma te generás.

-¿Conociste a las dos prioras, la madre María de los Ángeles y la madre María Isabel?

-No. Yo no estuve en la transición: cuando asumió la madre Isabel yo ya había salido. Estuve 3 años y 3 meses. Y las conocí muy bien. La madre priora María de los Ángeles  se veía un espíritu muy humilde, muy tranquilo, de oración, con mucho amor, mucha paciencia, mucha caridad y empatía. No diré que era una santa porque no lo puedo decir. Y sí, lo que yo vi en la madre Isabel es que ella era mucho más dispersa. Se ocupaba mucho más del teléfono, de las llamadas, de todo el contacto que había que tener con la gente de afuera.

-¿Cómo era un día en la vida de una monja carmelita?

-Nos levantaban a las 5 y media de la mañana, tocando tablillas, que esto es muy antiguo, muy particular, muy de película. La monja campanera recorría las celdas con las tablillas que las hacía sonar y emite un sonido muy fuerte. A las 5 y media de la mañana el eco en los claustros te despertaba sí o sí. Se encendías las luces, y cada monja, siempre en silencio, se empezaba a preparar. En el caso de las profesas, salían directamente al coro para rezar laudes, y en el caso de las novicias nos poníamos en fila, en fila doble, de menor a mayor, atrás de la madre maestra, para salir juntas y llegar al coro y ahí rezar laudes. Después de laudes teníamos la misa. Y después de la misa, la hermana cocinera preparaba el desayuno. Cuando terminaba la misa nos dirigíamos todas al refectorio, que vendría a ser el comedor. Todo en silencio, pero ya no es absoluto. Si había que comentarse algo, lo hacías. Después del desayuno, a trabajar: en el Carmelo de Nogoyá se hacían estatuillas de yeso, rosarios con cuentas de pétalos de rosa, atender la huerta, el jardín. Todos los días era así, rezo, trabajo, rosario, rezo nuevamente, la comida, rezo, y así. Después de las dos comidas, tenías un recreo. Al mediodía, separadas novicias de las profesas. A la noche, sí, todas juntas.

-¿Por qué decidís abandonar la comunidad?

-Yo conocía el trabajo de las hermanas mercedarias y decidí salir para trabajar con ellas. Era muy devota de una advocación de la Virgen, que es la Virgen del Rosario de San Nicolás. Y justo cuando yo entré al Carmelo había una réplica viajando por por Entre Ríos y y llegó al convento de Nogoyá, y yo sentí eso como una señal de aprobación. Entendí que era mi momento ya de salir, que podía hacerlo, que podía estudiar alguna carrera afuera para trabajar con las hermanas mercedarias y esa fue la intención. La gran diferencia con Silvia es que cuando yo decido salir estaba como priora la madre María de los Ángeles. Fue algo que simplementese habló y se hizo la votación, porque esa particularidad tiene también el convento. Las monjas votan cuando vas a entrar y hacen una votación para permitirte salir o no. Y se votó que se aprobaba que yo podía salir, entonces salí, Pero salí no con pocos traumas. Ahí adentro te dejan en claro que tenes que acostumbrarte a no tener opinión, a no tener palabra, destruyen tu personalidad. Hasta la caligrafía me corregían. Cuando estás afuera, te cuesta muchísimo encontrarte nuevamente, volver a quererte también, volver a sentirte amada.

-¿Contas tu historia en un libro?

-Lo tengo casi listo. Llevo mucho tiempo trabajando en ese libro. En principio, empecé a escribir para no olvidarme nada. Igual, me olvidé muchísimas cosas. Va a estar en Amazon esa historia. Quiero que la gente se entere realmente lo que pasa ahí, cómo son las costumbres, cómo viven.

-¿El título es “Las celdas de Dios”?

-Sí, es un poquito fuerte. Pero es así, porque las celdas se llaman a las habitaciones de las hermanas. Entonces, me parece correcto decirlo así. Pero además, quise contar que ahí adentro en la celda de cada monja no entra más nadie. No entra otra persona. La palabra celda la toman como alegoría de las abejas que trabajan en sus celdas. Es así, lo hacen por eso. Así, es imposible hacer amistad ahí, tener un contacto diferente, lo anulan totalmente. Incluso, los bancos en los que te sentas en los recreos tiene grabado hasta donde poder ocupar tu espacio para que no te acerques demasiado a la otra hermana. Las monjas no se pueden tocar las manos. Ahí adentro, en un momento pensas: ¿realmente esto es lo que quiere Dios de mí? ¿Que me lastime? ¿Esto realmente es algo bueno para la iglesia? Ahí te lo empezás a cuestionar y decís, bueno, quizás puedo hacer algo mejor estando afuera o en otra comunidad también.

 

 

De la Redacción de Entre Ríos Ahora